(20 de febrero, 2014).-“Nuestra gente siempre ha migrado, el coyote o el pollero se ha vuelto más rapaz, ahora te secuestran, a nuestras mujeres las violan o el crimen organizado te obliga a trabajar para ellos. El fenómeno del migrante se ha vuelto más carnicero, ahora no solo pierden las manos o pierden los pies en la bestia, sino que la travesía del migrante se ha convertido en una lucha férrea por la vida desde el momento que se deja el hogar.”
Las palabras anteriores nos las expresa Julio Antonio Lemus, artesano salvadoreño que migró a México hace más de 20 años y que ahora utiliza el arte de la madera, la pintura y el recuerdo de su país para ayudar a sus hermanos migrantes en su travesía hacia los Estados Unidos.
Julio Lemus junto a su familia y un grupo pequeño de personas, entre ellas dos madres solteras, tiene un taller de artesanías decorativas salvadoreñas basadas en el arte y la técnica “naif” -el niño-, que consiste en representar momentos de la vida rural cotidiana sobre madera de pino.
Julio nos platica que la técnica “naif” surge de un artista de su país llamado Fernando Llort, quien se propuso visitar diferentes comunidades para ayudar a los pobladores a desarrollar el arte y que de esa manera, además del trabajo del campo, también pudieran vivir de su creatividad a través de las artesanías.
Tal vez, a partir de esa historia y de su fuerte compromiso con la teología de la liberación Julio utiliza su taller artesanal como una manera de apoyar a los migrantes salvadoreños que mes con mes –más de 300, nos comenta- llegan a la Ciudad de México buscando recursos o algún tipo de apoyo para poder llegar a los Estados Unidos.
“La artesanía nos ha dado la subsistencia y la posibilidad de ser nuestros propios patrones. Esto nos permite abrir puertas a otros hermanos, a otros compañeros migrantes que vienen con muchas necesidades […] Nos permite integrarlos al taller para darles cursos a los compañeros, que aprendiendo la técnica de la artesanía salvadoreña les da herramientas para obtener más recursos durante su travesía”, señala Julio.
Nos platica que como consecuencia de la situación económica de El Salvador, el desempleo y la pobreza, muchos de sus compatriotas desesperados por la situación insostenible, salen de su país en búsqueda de una vida mejor.
Asegura que la situación en El Salvador, después de la firma de los acuerdos de paz, que puso fin a la lucha armada en su país, no ha mejorado; y aunque es crítico con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) -actual gobierno de izquierda que llegó al poder en el 2009 después de 20 años de gobiernos de derecha- tiene la esperanza que con el paso del tiempo los problemas se irán resolviendo.
“Se pueden hacer cosas, pero con la efervescencia política y al calor de la alegría, el gobierno a veces se olvida del pueblo. Mientras tanto la situación de la gente empeora, sobretodo la situación de los más pobres. El que seas pobre no te limita a que desarrolles tu vida como tiene que ser: nacer, vivir, crecer y morir. Pero en El Salvador siempre estamos en constante lucha por la subsistencia. Y es ahí donde la pobreza nos obliga a ser creativos.”
Además de su trabajo con los migrantes, a través del taller de artesanía que Julio realiza con su familia se da cursos a personas de la tercera edad, mujeres maltratadas, personas con capacidades diferentes y han participado en concursos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) para ayudar a niños con cáncer y a niños con sida.
Sin embargo, en la labor que se realiza en cada espacio donde son invitados siempre están presentes los migrantes salvadoreños: “Lo que nosotros hacemos es abrir puertas, pues en donde nos invitan ya sea para vender artesanías, ya sea para dar pláticas sobre lo que es el proyecto salvadoreño, siempre apoyamos en lo que podemos a nuestros hermanos”, asegura el artesano.
Para Julio, el trabajo social y artesanal que realiza con los migrantes es una manera de regresar a su Patria, pues a pesar de que todos los días extraña un sol rojizo, las palmeras, comer pupusas calientes y el olor a la tierra mojada que lo vio nacer, el trabajo “con su gente”, lo hace sentir cerca de su país: “con cada uno que viene, viene un pedacito de El Salvador.”
Se estima que por la frontera sur de nuestro país en los últimos seis años han pasado más de un millón de migrantes centroamericanos, siendo entre el 92 y 95 por ciento ciudadanos de Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador.


