Erick Ampersand / @AmpersandLitera
(25 de febrero, 2014).- Hay personalidades que no anhelan la paz, que temen al sosiego, que ven a la estabilidad como una metáfora de la resignación y a la costumbre como un traspatio de la muerte. Suelen cosechar los manjares del tiempo post-mortem, distraer al destino con un toque de azar, abrir las puertas a nuevos imposibles y evidenciar, entre guiños, el quebranto de lo establecido. Al vivir de esta manera, no sacrifican nada importante —ellos así lo creen— y, en cambio, inauguran por sí mismos al mundo.
Se llamaba Erich y durante su juventud se cambió el apellido. No es extraño que ahora quiera hablarles de él. Nació un 9 de junio de 1898, en Prato, Italia, aunque siempre quiso ser de otra parte. Murió en Roma, el 19 de julio de 1957, por complicaciones respiratorias contraídas durante su participación en la Primera Guerra Mundial. Era algo más que sólo un mal tipo y aunque yo no podría calificarlo de buen ser humano, valga decirlo, fue un gran artista. Su tumba, en el Monte Spazzavento, refleja una parte nodal de su personalidad: en lo más alto de la pendiente, las agrestes rocas que coronan sus bordes, nos recuerdan que hay ciertas almas que sólo encuentran reposo a la orilla de un peñasco.
Hijo de un estricto padre alemán —dedicado a la industria textil— y de una lombardina madre —bastante sensibilera—, el pequeño Kurt Erich Suckert confundía a sus hermanos al decirles que había perdido su juguete favorito, un velero que a continuación describía con todo detalle y precisión. Ayudaban al realismo de sus palabras un conjunto de lágrimas y súplicas con las que el niño pedía su cooperación para encontrarlo. Decía tales cosas con la seguridad de quienes sólo necesitan escuchar sus propias palabras para saber que son ciertas. Nadie nunca había visto tal velero, y es muy probable que ni siquiera el mismo Kurt lo conociera.
Toda ficción es un producto de la realidad, pero no toda realidad contiene en su interior una parte de ficción. Por lo tanto, la ficción es un conjunto más amplio e incluye a la realidad. Sofismas aparte, el joven Kurt pensaba que vivir tan sólo una vida era demasiado tacaño para la imaginación. En 1925, pocos años después del centenario de la muerte de Napoleón, decidió cambiar su apellido. Así es como nacía en el mundo Curzio Malaparte porque, decía, “Bonaparte ya hubo uno”.
En este hecho se encuentra uno de los detalles más fascinantes de su personalidad. A menudo el pratense buscaba ser el más alto, el más importante, el más atractivo y viril de todos cuantos conocía, pero si esta estrategia le fallaba, siempre estaba el plan B: ser el némesis del número uno. ¡Nunca el número dos! ¡Jamás aceptaría rebajarse a ser el segundo! Sólo se permitía ser el anti-uno, el contra-héroe. Mil veces mejor ser un rebelde que mira de frente a su enemigo que un súbdito en hinojos, mendigando complacencias. Obras como “El Volga nace en Europa” y “Kaputt” abrevan de estas experiencias límite.
En 1931, Malaparte intentaría publicar en Italia su largo ensayo “Técnica del golpe de Estado”, en el cual exponía, por un lado, a los actores políticos comunes, eternamente esperanzados con la idea de que los cambios se desatarían como por efecto de la buena fe y una suma de enorme paciencia tibetana; por el otro, estaban los golpistas, seres que actuaban con una lógica similar a la de los asaltantes de bancos: estudiar la situación, preparar el golpe, atacar y controlar el escenario posterior.
Benito Mussolini, su antiguo amigo y aliado —pero que para ese entonces ya estaba asentado en el poder—, impidió la impresión. No sólo por el tema, sino también porque atacaba a uno de sus aliados: Adolf Hitler. Por si todo lo anterior fuera poco, en una de las solapas del libro, Malaparte aseguraba que había participado en la histórica Marcha sobre Roma, lo cual, como con el velero de la infancia, nadie más podía compartir. La rencilla entre ambos estaba sembrada, era cuestión de tiempo para que explotara.
Malaparte podía permitir que otros brillaran más que él, siempre que esto le diera una oportunidad para burlarse a quijada entumida: lo que no equiparaba con talento o galanura, lomenospreciaba con burlas e insultos lacerantes. Escribió algunas obras de teatro, dos de ellas con un sesgo biográfico sobre Marcel Proust y Karl Marx. Esta última, titulada “Das Kapital” fue la más renombrada en su época, aunque no de manera positiva. En una ocasión, un crítico de teatro le propuso compartirle su opinión al respecto. La primera reacción de Malaparte fue retarlo a un duelo a muerte. La segunda, ya calmados los ánimos y viendo la reacción del crítico, fue la de dejarlo hablar.
Originalmente, Malaparte pensó en escribir una sátira titulada “La gata” en honor a una vieja tradición de guerra en la cual, al borde de las ciudades en conflicto, se ataba a una gata en un muro y se retaba al oponente a cantarle de tal forma que la felina se acercara. Tras muchas reescrituras, el escritor cambiaría el nombre por el de “El gran imbécil”, puesto que en ella aparecía caricaturizado su viejo conocido Benito Mussolini. El arte puede ser más terapéutico que cualquier retiro.
Y si de retiro hablamos, hay recordar que fue el propio Duce quien mandó al exilio en la isla de Lipari al dramaturgo Malaparte. Este permaneció sentenciado durante cinco meses pero, al regresar, su rencor fue tan grande que cada vez que alguien le preguntaba al respecto él les decía que habían sido cinco años. Por supuesto, nunca se tomaba la molestia de decir que estaba hablando en sentido figurado.
La editorial Sexto Piso ha publicado la sátira “El gran imbécil” junto al ensayo “Muss”, en el cual el autor elabora un análisis sobre lo que le esperaría al pueblo italiano si mantuviera las mismas condiciones de la época y perpetuara al gobierno de Mussolini, esto partiendo de una comparación que hace de las condiciones de vida en Alemania durante el nazismo. Cuando, en 1950, la Segunda Guerra Mundial ha terminado y el dictador italiano ha sido colgado en la plaza pública, Malaparte tiene una serie de textos dispersos sobre el asunto. Lleva 20 años pensando el tema y reescribiendo de manera fragmentaria lo que hoy encontramos compilado como dos libros en uno.
En “El gran imbécil” y “Muss” el autor no sólo ocupa la sátira para evidenciar los errores del máximo líder, sino que pone especial énfasis en la idea de que un pueblo que acepta a un dictador merecería también ser llevado a juicio tras la revolución, puesto que el lacayo es un criminal en tanto que da soporte al gobernante (a diferencia del rebelde que trabaja en la lógica del contra-uno).
“Muss / El gran imbécil” resulta llamativo por tres elementos que quisiera destacar: 1) algunos de estos textos no aparecen ni siquiera en las “Obras completas” del autor, y otros más permanecen aún inéditos en la lengua italiana, 2) pienso que la exploración crítica que Malaparte hizo del fascismo en “Muss” fue, en su momento, visionaria mientras que hoy resulta indispensable, 3) los cambios de pensamiento en la escritura del autor aparecen retratados en esta obra de una manera más evidente que en otras puesto que en ella se integran escrituras en apariencia similares pero que están tamizadas por los distintos periodos de tiempo, las experiencias y, en general, los cambios en la forma de adjetivar lo que diariamente se vive.
El punto 1 le interesará a los que ya conocen al autor, el 2 a los investigadores de lo social y el 3 a quienes aún están por descubrir al autor. Es por ello que me extenderé en éste último.
Pocos autores cosecharon tantas contradicciones como Malaparte: pasó de fascistoide a comunistoide y terminó siendo tercermundoide; fue admirador de Bonaparte y espía en París; apelaba por los derechos de los pobres en el mundo al tiempo que sopesaba una propuesta de recorrer en bicicleta los Estados Unidos patrocinado por… Coca Cola; se quejaba de Stalin y adoraba a Mao; era homófobo y se pintaba las uñas con laca transparente; tuvo novias hermosas (Virginia Agnelli, Bianca Maria Fabbi, Rebequita Yañez), novias muy cultas (Silvana Manjeno, Oriana Fallaci) y otras que se suicidaron por él, pero nunca compartió cama con ninguna, dormía solo, totalmente solo; realizó una sola película, “Cristo Prohibido”, pero fue todo un éxito en EE. UU.; por las mañanas se rasuraba los brazos y el pecho antes de salir a combatir en la trinchera europea; odiaba a Mussolini pero su madre amaba a Mussolini —ella de cariño le decía “Muss”, ahí el origen del título—; durante casi toda su vida, mantuvo un férreo ateísmo y su novela “La piel” (1949) fue criticada por el Vaticano por su contenido erótico, sin embargo, ya en los últimos días, Malaparte se declaró fiel creyente de Dios y así obtuvo cuidados médicos gratuitos por parte de la Democracia Cristiana.
¿Qué más se puede decir sobre un personaje como éste?
Diré que vale la pena leerlo por su alto sentido del humor, por su capacidad única para desglosar el culto a la personalidad que todo fascismo necesita para sostenerse, pero también, leerlo a pesar de sus expresiones sobre los animales, o a pesar de su machismo desmedido.
“Muss / El gran imbécil” expone de manera velada la contraescritura de Malaparte, toda esa serie de dubitaciones que aparecen al crear, la reescritura sin tapujos, los intermedios entre cada párrafo que normalmente un lector no vería en la publicación pero que tanto cuestan enlazar a quien escribe. En el intermedio siempre aparecen los vacíos en la mente del autor.
Curzio Malaparte era algo más que sólo una mala persona, era un artista… Esto por desgracia para él y sus coetáneos, pero por suerte para nosotros, sus lectores.
Agradezco el apoyo de Lluïsa Matarrodona y de la editorial Sexto Piso para la realización de este artículo.


