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(3 de marzo, 2014).-El 21 de noviembre del año pasado el Consejo de Ministros de Ucrania emitió una orden de suspensión del proceso de preparación para el Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la Unión Europea (UE).
La propuesta de la UE consistía un pacto de asociación y libre comercio –no de integración- que contemplaba la eliminación de aranceles y de barreras comerciales a los capitales de los socios europeos. Además, Ia propuesta iba acompañada de la promesa de una“ayuda económica”, contemplada en la inyección de mil millones de euros a cambio de que Ucrania adoptara una serie de duras reformas dictadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI).
El gobierno de Ucrania tomó la decisión de no firmar el acuerdo tras sopesar que lo ofrecido por Bruselas, no era suficiente para contrarrestar las consecuencias que arrastrarían con su principal aliado comercial –Rusia- y que significaría la pérdida de empleos, el declive industrial y el deterioro de la situación económica. A su vez dio a conocer su interés por desarrollar relaciones económicas y comerciales con las ex repúblicas soviéticas. Sin embargo, propuso a la UE y a Rusia la creación de una comisión trilateral para resolver estos asuntos, propuesta que fue aceptada por Moscú pero que fue absolutamente rechazada por Bruselas, quien veía como se le escurría de las manos su deseo de interrumpir los contactos entre Ucrania y Rusia, adhiriéndola a su zona de influencia económica y política.
La decisión de suspender las negociaciones, indignó a la oposición del gobierno de Ucrania que convocó acciones multitudinarias en todo el país para protestar contra tal decisión, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos había apoyado la decisión gubernamental.
En diciembre iniciaron manifestaciones pacíficas para mostrar el desacuerdo con la negativa de la firma del pacto, pero poco a poco se fueron tornando violentas con la participación de grupos de ultraderecha – herederos de la Unión de Nacionalistas de Ucrania que colaboraron con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial- que incitaban a tomar edificios del gobierno, construir barricadas y llamaban a la dimisión del presidente de Ucrania, Víktor Yanukóvich.
A mediados de diciembre del 2013, se podía ver a políticos de Estados Unidos y Europa, apoyando las manifestaciones de la oposición en Kiev, capital de Ucrania, entre ellos al senador estadounidense John McCain, a la subsecretaria norteamericana de Estado, Victoria Nuland, y a la responsable de la política exterior europea, Catherine Aston.
A pesar de las protestas, Yanukóvich, continuó firme en su decisión e intentó explicar a los inconformes el porqué de la decisión de no firmar un acuerdo donde “solo iban hacer aceptados si el pueblo ucraniano se ponía de rodillas”.
El presidente aseguraba que no se oponía a un acuerdo con Bruselas, simplemente buscaba conseguir las mejores condiciones que estuvieran vinculadas con los intereses económicos del país. Por ello, planteó organizar un debate para que la sociedad fuera participe de lo que se pretendía lograr con la firma de un acuerdo con los socios de Europa. También criticó la intervención extranjera en los procesos políticos internos.
No obstante los llamados del presidente al diálogo fueron en vano. El lucro del “Sueño Ucraniano” por parte de la Unión Europea que promete una vida mejor –similar a búsqueda del “American Dream” de los migrantes latinoamericanos- y que ha alimentado las fantasías de la clase media pro occidental en Ucrania durante los últimos años, fue más eficiente. Ello, aunado al apoyo de Estados Unidos y la gran injerencia de los medios internacionales en el trato de la información.
Conforme pasaron los días el tono de las protestas se incrementó hasta llegar a tomar una ruta bélica: los policías fueron atacados por francotiradores y el gobierno decidió aprobar el uso de armas para su defensa, lo que ocasionó decenas de muertos y centenares de heridos en Kiev, tomada en su totalidad por los manifestantes.
Como consecuencia de la sangre derramada entre los dos bandos, el presidente y los líderes opositores firmaron un acuerdo el pasado 21 de febrero para convocar a elecciones anticipadas para el mes de diciembre de este año. Además el parlamento aprobó una la ley para limitar el poder del presidente.
Empero, el sector radical aseguró que no se irían de las calles hasta que Yanukóvich no fuera destituido, por lo que se presentó en el parlamento la propuesta de su destitución que fue aprobada inmediatamente. Asimismo, se creó un gobierno provisional que nombró a los líderes opositores Arseni Yatseniuk y Alexandr Turchínov como primer ministro y presidente interino respectivamente, mientras se realizan las elecciones presidenciales reprogramadas para el 25 de mayo.
Por su parte, Viktor Yanukóvich ese mismo día, en una entrevista televisiva, anunció que todas las decisiones tomadas por el Parlamento no eran legítimas, por lo cual no iba a firmar ninguna de ellas. Además, el mandatario de Ucrania afirmó que no iba a dimitir y calificó lo sucedido en Ucrania como un “golpe de Estado”.
El suceso generó la indignación de pobladores del sur y este de Ucrania donde decenas de miles de personas salieron a las calles de Járkov, Donetsk, Odessa y Simferópol en Crimea, para expresar su rechazo a las nuevas autoridades erigidas.
El sábado pasado el Consejo de la Federación del Parlamento de Rusia aceptó unánimemente la solicitud de Vladimir Putin, mandatario ruso, sobre el envío de números limitados de tropas a Ucrania para estabilizar la situación y proteger a los ciudadanos rusoparlantes en Crimea.
El mismo sábado, el Consejo de Seguridad de la ONU anunció que se reuniría para consultar lo ocurrido en Ucrania y el presidente de Estados Unidos Barack Obama adviertió a Moscú que cualquier intervención militar en Ucrania tendría sus costos.
De acuerdo a Russia Today, una semana después de su designación, el presidente autoproclamado de Ucrania, Alexánder Turchínov, tomó la decisión de destituir a 18 gobernadores, sustituyéndolos por “destacados” empresarios y multimillonarios de Ucrania.
Por ejemplo, el banquero y magnate petrolero Ígor Kolomoiski fue designado gobernador de la región de Dnipropetrovsk. Según la revista Forbes, es la tercera persona más rica de Ucrania, con una fortuna personal de 2.400 millones de dólares. Por su parte, Serguéi Taruta, copropietario y presidente del consejo de administración de una de las mayores corporaciones metalúrgicas de Ucrania, ISD, fue nombrado gobernador de la región de Donetsk donde se ubica la sede de su empresa. Su fortuna personal se redujo después de la crisis de 2008 de 2.650 millones de dólares a 597 millones en 2014 y está en el puesto 16 entre los ucranianos más ricos, también con información de Forbes.
Finalmente, Moscú aseguró este domingo que está dispuesto a desarrollar relaciones “multifacéticas y respetuosas” con el pueblo de Ucrania, pero no con “un grupo de personas que derramando sangre tomó el poder violando la Constitución y otras leyes de su país.”


