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El Sol vuelve a brillar en Tepeque por la gesta de sus autodefensas

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(15 de marzo, 2014).- María  suspira y llora por los tiempos de paz idos en su natal Tepalcatepec, hace 35 años.  Se transporta a los trayectos de su casa a la escuela primaria, cuando caminaba por la carretera y por los plantíos de algodón, pepino, cacahuate, melon, plátano y mangos . Esos tiempos los instaló fijamente en el mobiliario mental de sus recuerdos gratos. Nunca pasaba el menor incidente.
La población vivía tranquila. Cada fin de semana se hacían bailes en el centro. La gente cerraba las calles para festejar las fiestas de diciembre y también para velorios. La relación entre los vecinos era cordial y llena de calor humano. Cuando hacían una fiesta, los anfitriones mataban puercos y regalaban a los vecinos carnitas, manteca, chorizo y pozole. “Todos eramos una familia. Cocinar y no compartir con otros nos hacía sentir mal”, cita.
Eran tiempos en los que el cultivo del algodón hizo ricos a muchos. En ese entonces, se acostumbraba que los lugareños iban a la cima de los cerros, a los campos, para efectuar misas a fin de pedirle a Dios que lloviera para que las siembras fueran buenas.  “Eso lo tengo mucho en el corazón, porque me encanta que llueva”, dice, a sus 45 abriles.
 Nada se sabía de drogas. Si acaso la gente fumaba cigarros Alas y tomaba alcohol. Desde las 6:00 de la mañana, antes de irse a los campos, los labriegos pasaban al mercado a comer pan caliente, tortas y tacos de brria y tomaban licuados con jerez y té de canela con alcohol. Era, decían, fuente de vitalidad, su energy drink.  Los ganaderos tomaban los palomos o pajaretes, una bebida de lecha recién ordeñada con azúcar, chocolate molido y alcohol.
María  empezó a escuchar la palabra mariguana a los 16 años. Era cuando  personas de Jalisco que sembraban sus tierras con el enervante e iban a Tepeque de compras. Luego adquirieron casas y se fueron quedando. Más tarde llegaron personas de Guerrero a vivir y vender drogas.
Y así empezó el deterioro de esa población.
A sus 13 años vivió otro episodio, para ella más que traumático, porque empezó a conocer el perverso rostro de la criminalidad: a su padre, cuenta, le robaron sus cinco caballos y un burro. Se los llevaron en un trailer. Lo mismo ocurrió con los animales de otros campesinos.
Hace 18 años, cuando ella y familiares llevaban a su madre enferma a un doctor en Uruapan, fueron detenidos en un retén de criminales disfrazados de policías.  Luego de ruegos, de súplicas, los dejaron ir, sobre todo porque en la cara de su progenitora se veían las huellas de la enfermedad.
A partir de ese momento, ella empezó a ver como la inseguridad fue entrando paulatinamente a esa comunidad. Atracos, sobre todo nocturnos,  a autobuses Paricuni – que viajan de Morelia Tepalcatepec- fueron otros hechos que cimbraron a esa comunidad. Y vinieron las alertas: ¡Cuidado, los hurtos son en cada momento y en todo lugar!”. La voz empezó a correrse y la inseguridad a enseñorearse.
La María que se solazó con la seguridad y disfrutó de la campiña y la relación profundamente humana entre los pobladores, entonces, optó por emigrar a EU con sus hijos.  Fue de las primeras en huir de esa violencia. Otros fueron a Colima.
Ya en Los Angeles, al enterarse a diario lo que ocurre en Tepalcatepec y en Tierra Caliente, la asalta el sobresalto. Le duele que su natal Tepeque se haya hecho famoso por la criminalidad. Le aterra el saber que aún allá está mucha de su familia.
“Antes, el gobierno nos tenía en el olvido. Lo único que salía en los mapas era el río Tepalcatepec. Nuestra gente prácticamente no existía. Los campesinos, como mi padre, carecieron de beneficios, pese que trabajaban la tierra hasta 12 horas diarias. Éramos 13 hermanos. La pobreza, el analfabetismo, el machismo, nos golpearon sin piedad”, asegura.
Y desde los 17 años conoció al doctor José Manuel Mireles, uno de los más importantes líderes de las autodefensas michoacanas, quien es pariente lejano de ella. Acá volvió a relacionarse con él cuando a principios del 2013 el galeno  empezó a hacer sus primeras entrevistas para medios extranjeros. En diveras ocasiones fue entrevistado en el programa La Educación, que se conducían el periodista Francisco Mendoza y Juan Ramírez, vicepresidente del sindicato de maestros de Los Angeles, en la W Radio 690 AM. Eran las primeras veces que la voz de Mireles consternaba a los oyentes por la crueldad de las acciones de los templarios, algunos salidos del propio Tepeque.
Contó Mireles que decidieron alzarse en armas por una larga estela de hechos criminales de los templarios. Empezaron extorsionando a todos, a comerciantes, a campesinos, a ganaderos, a empresarios, a tenderos. Pero la gota que derramó el vaso fue cuando maleantes llegaron a las casas, exigieron a los padres cuotas por cada miembro de la familia. Y lo peor: cuando les gustaba alguna dama, fuera esposa, hija o de cualquier otro parentezco, se la llevaban, la violaban y a las que mejor les iba las abandonaban, pero a las de peor suerte, las asesinaban.
Por eso se armaron y controlaron ya la situación en Tepalcatepec y en otras zonas flageladas por los templarios. Hay a diario, 3 mil vigilantes armadas, pero en una emergencia, en menos de 8 minutos llegan a ser hasta 10 mil.
El vehemente relato de Mireles conmovía al auditorio. Y ahora alcanzó los reflectores internacionales y sigue sacudiendo a la opinion pública.
“El doctor que ha doblegado al narco”, tituló el diario español al país.
Para María, este episodio de la historia de Tepeque es una pesadilla. Apenas y lo puede creer.
El arrojo de sus habitantes ha hecho que Tepeque vuelva a ver la luz del Sol. María cuenta que en contacto diario con sus parientes, le dicen que aquello pareció una larga noche siniestra. Hoy, con dosis de temor aún, los vecinos, sin embargo, empiezan a remover los escombros emocionales y el miedo. Ya dan las primeras bocanadas de seguridad.  Señal que han reiniciado el camino por esas arboledas que María tiene en la película de su vida infantil.
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