(27 de marzo, 2014).- El 18 de marzo de 1871, la Guardia Nacional parisina resistió un intento de desarme emprendido por Louis Adolphe Thiers, presidente provisional de la República. La captura y fusilamiento, por sus propios soldados, de dos generales enviados por Thiers dará inicio a la resistencia heroica de poco más de dos meses que pasaría a la historia como la Comuna de París.
El 28 de mayo siguiente, las tropas de Thiers tomaban el último barrio de la ciudad que aún resistía el asalto. Se declaró criminal a todo el que hubiera apoyado a la Comuna e inició una persecución implacable que sólo en las primeras semanas llevaría al fusilamiento de más de 30 mil personas. París mantendría la ley marcial durante cinco años y las persecuciones se extenderían por una década.
Las intenciones de la carnicería desatada sobre los parisinos fueron aclaradas por el propio Thiers: “Yo seré despiadado; la expiación será completa y la justicia inflexible… Hemos alcanzado el objetivo. El orden, la justicia, la civilización obtuvieron al fin la victoria… El suelo está cubierto de sus cadáveres; ese espectáculo horroroso servirá de lección”.
En julio del año anterior, Francia había sido invadida por Prusia en una guerra deseada por ambas partes: tanto el II Imperio francés como el Reino de Prusia esperaban obtener ventajas políticas internas de una guerra. Sin embargo, la estrepitosa derrota que las tropas de los estados alemanes infligieron al ejército imperial provocó el desmoronamiento del imperio francés, llevando a que el 4 de septiembre del mismo 1870 se proclamara la República y se nombrara un Gobierno Provisional de la Defensa Nacional.
Este Gobierno de la Defensa Nacional fue una reacción de la burguesía francesa y los sectores que deseaban el regreso de la monarquía borbónica ante la fuerza creciente de la Guardia Nacional, un cuerpo armado del pueblo francés que funcionaba como milicia en tiempos de guerra. Sólo en París, la Guardia Nacional contaba con 200 mil miembros, abrumadoramente inclinados hacia el radicalismo político y contrarios al Gobierno de la Defensa Nacional.
Aunque este gobierno fue conformado con la única misión de dirigir la resistencia contra las tropas prusianas, antes de que transcurrieran dos meses se encontraba ya negociando la paz a cambio de grandes concesiones monetarias y territoriales. Al enterarse de esto, los trabajadores de París deciden rebelarse, desconocer al gobierno y tomar en sus manos la defensa de la ciudad. La Guardia Nacional se les une.
El Gobierno de la Defensa Nacional pasa entonces de combatir a Prusia a hacer su trabajo sucio: las tropas regulares francesas asaltan París y despejan el camino para que el ejército ocupante pueda hacer su entrada triunfal en la capital. Prusia, que para entonces se había transformado en la capital del recién proclamado Imperio Alemán, sólo deseaba cobrar su botín de guerra –las provincias francesas de Alsacia y Lorena oriental más una indemnización de 5 mil millones de francos–, así que se limita a hacer presencia simbólica en unos pocos barrios de París del 1 al 3 de marzo.
Thiers, que había firmado el armisticio con Prusia aduciendo que las tropas francesas no podían seguir combatiendo, decide usarlas para aplastar a los defensores de París. Para esto llega incluso a pedir a Otto von Bismarck, general del ejército ocupante, que libere a los soldados hechos prisioneros tras la derrota en la batalla de Metz, “favor” que Bismarck le concede a cambio de los 5 mil millones de indemnización.
Así se revela el verdadero carácter de los acontecimientos. No se trataba ya de una guerra entre Francia y Prusia, sino de una alianza entre las clases dominantes de ambas naciones para aplastar a los trabajadores franceses. El gobierno francés prefirió usar 5 mil millones en sobornar a su enemigo para que le permitiera masacrar al pueblo parisino, decidido a combatir al invasor hasta la muerte, antes que en unirse a la resistencia de ese pueblo.
El 2 de abril comenzaría la embestida del ejército francés contra su propia capital, mientras los prusianos miraban todo desde las fortalezas de las afueras de París. La ciudad era bombardeada por órdenes de los mismos hombres que meses antes llamaron “sacrilegio” al bombardeo realizado por el ejército de Bismarck. Pero entretanto ocurrían cosas interesantes en las calles parisinas: los trabajadores organizados construían en medio de las bombas una efímera pero imborrable sociedad.
Unidos por la emergencia, revolucionarios de las más diversas tendencias se unieron para conformar la Comuna. Aunque la ciudad era controlada desde el año anterior por el Comité Central de la Guardia Nacional, éste decidió disolverse y dar lugar a una auténtica autogestión con delegados elegidos en cada barrio, los cuales podían ser removidos por las asambleas barriales en cualquier momento –una valiosa lección en estos tiempos en que, una vez elegido un funcionario, resulta inamovible e intocable por el tiempo que dure su mandato.
La Comuna tomó medidas que hoy serían calificadas de populistas, como la abolición de todas las deudas de alquileres desde octubre de 1870 y hasta que terminara la guerra. Ciertamente la derecha siempre ha puesto los más furibundos epítetos a decisiones como ésa, aunque sería difícil calificar a los arrendadores, quienes subieron continuamente el costo de la vivienda en medio del hundimiento de su patria.
La declaración del Estado laico, la separación entre Iglesia y Estado, la fijación de topes salariales estrictos a los funcionarios públicos, la organización en cooperativas de las fábricas abandonadas por sus dueños, la supresión de las casas de empeño y la devolución gratuita a los trabajadores de sus herramientas que se encontraran empeñadas, así como una diversidad de medidas que 70 años después serían consideradas parte fundamental del Estado de bienestar europeo, fueron algunas de las disposiciones tomadas por el pueblo parisino.
Hay otra que resalta por haberse adelantado en más de un siglo al Estado francés: la abolición de la guillotina. Este método de ejecución usado masivamente por todos los bandos –contra la leyenda negra reaccionaria, fue el moderado y burgués régimen girondino y no Robespierre quien ejecutó a más personas– de la Revolución Francesa un siglo atrás, fue abolido por la Comuna el 6 de abril de 1871. Tras la destrucción de la Comuna, Francia seguiría usando la guillotina para ejecutar prisioneros hasta 1977, tres años antes de que se aboliera la pena de muerte.
Quizá más sorprendente para aquellos cuyas mentes no pueden disociar “revolución” y “saqueo”, la Comuna dejó intacto el Banco de Francia, en el cual se encontraba depositado el tesoro nacional. Menos escrupuloso con los bienes públicos, Thiers sacó el dinero y lo usó para el asalto de París.
Pero más allá de su carácter efímero y de su limitado alcance, desde el primer instante la Comuna de París era ya inmortal. Su ejemplo inspiraría a revolucionarios de todas las tendencias, ya que quienes después serían enemigos irreconciliables fueron ahí una sola voz.
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El esbozo de la historia y el significado de la Comuna de París que he trazado es, me temo, tan apretado y sintético que no pretende ser sino la más superficial de las introducciones a este episodio histórico de importancia incuantificable para la comprensión de los movimientos sociales en el siglo XX. Sin duda, la entrada de Wikipedia aporta mucha más información.
Para quienes deseen realizar lecturas más comprehensivas de la Comuna de París, su contexto, su significado histórico y su interpretación desde la izquierda, recomiendo tres excelentes textos que se encuentran disponibles en línea.
La Guerra Civil en Francia, libro escrito por Karl Marx al calor de los acontecimientos y que constituye un sentido homenaje tanto como un vibrante estudio de los días de la Comuna.
La Comuna de París, de la editorial militante Klinamen. Esta antología recoge interpretaciones de la Comuna desde diversas –y opuestas– corrientes de la izquierda. Incluye desde la introducción de Engels a La Guerra Civil en Francia hasta un cómic (o “novela gráfica”, para quienes prefieran el término) sobre la insurrección del pueblo parisino.
“Insurrecciones, barricadas y haussmannización de París en el Libro de los pasajes, de Walter Benjamin”, ensayo del filósofo Michael Löwy en el que se analiza la Comuna desde la perspectiva de la “modernización” antipopular que vivió París bajo el imperio de Napoleón III.


