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Los superhéroes también invierten en la bolsa: Iron Man, Batman y la ideología neoliberal

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Ricardo Bernal / @FPMagonista

(28 de marzo, 2014).- Los Ángeles, año 2029. Imágenes de destrucción y caos. Una nave sobrevuela la tierra. Relámpagos azules  -provenientes de un armamento hipersofisticado- surgen de la esquina inferior izquierda de la escena. En la pantalla aparece la siguiente frase:

“Las máquinas emergieron del incendio nuclear. Por décadas trataron furiosamente de exterminar a la humanidad”.

Así comienza una de las películas más emblemáticas del cine de Hollywood: The Terminator. La producción norteamericana de principios de la década de 1980 materializaba, ante los ojos de un público expectante, el temor de toda una generación. Años después, este miedo retornará al cine con un impulso novedoso. La taquillera película The Matrix de los hermanos Wachowski reelabora, visual y conceptualmente, la percepción popular del conflicto entre la máquina y el hombre. A pesar de sus múltiples diferencias, ambos filmes comparten una misma fuente temática: el riesgo que corre la humanidad debido al incontrolable desarrollo de la máquina.

Si bien The Matrix incorpora una crítica social más o menos elaborada (el hombre virtual de las sociedades de consumo ha llegado a tal punto de alienación y mecanización que se ha vuelto incapaz de distinguir lo real de lo virtual), en el fondo, su desarrollo temático no es otra cosa que una versión de un problema que, desde Asimov, ha acompañado todo el avance tecno-científico: ¿acaso la máquina puede adquirir conciencia y suplantar al hombre?, y, si esto es así, ¿no es el ser humano un mero engranaje cuyo único mérito es la precisión y sofisticación de sus junturas? Pregunta filosófica sí las hay. En tanto industria de la conciencia (la expresión es de Enzesberger), Hollywood ha ensayado distintas respuestas que, en mayor o menor medida, refuerzan ciertas  líneas ideológicas. Sin lugar a dudas los contenidos que vierte ese emporio norteamericano del entretenimiento sirven para afianzar y reforzar los valores culturales que los poderes políticos y económicos requieren para lograr aceptabilidad.         .

De la monstruosidad a la bolsa de valores

A finales del siglo XIX el diccionario teratológico comenzaba en la letra “F”. Frankenstein es el ejemplo perfecto del horror decimonónico: a la vez encarnación del error humano, lección universal de antiestética y castigo de la propia naturaleza ante nuestros soberbios arrebatos de divinidad. Los griegos tenían una palabra para ello: hybris. En los albores del siglo XXI el imaginario cultural es absolutamente distinto. Per se, el intento de crear vida no es sinónimo de la osadía más despreciable y mucho menos merece reprimenda: ¿acaso ese objeto cultural moderno llamado Iron Man no representa la fusión perfecta entre la máquina y el hombre?, ¿su cuerpo metálico no es prueba innegable de la irremisible unión entre natura y artificio? Todo en él es perfección: dólares ataviados de músculos, éxito metalúrgico de chispeante seducción. Menos hombre que ideal, menos ser humano que aspiración de las sociedades de consumo, Iron Man es -qué duda cabe- el representante moral del capitalismo post-industrial, el estandarte de los ideales libertarios y el bastión de la ideología neoliberal. Rico, sensual, exitoso, atractivo y con millones invertidos en la bolsa; a la vez, belicoso defensor de Norteamérica y bondadoso filántropo anti-estatista. ¿Cómo no admirar cada uno de sus movimientos?, ¿cómo no angustiarse cuando se encuentra al borde de la muerte en la macropantalla?

Si los superhéroes son los dioses de las sociedades de consumo, el Olimpo está poblado por el gadget, la red y el armamento nuclear. En la trilogía de Batman, dirigida por Christopher Nolan, la tecnología también posee un papel protagónico. Por sí misma ella es concebida como instrumento neutro, de ahí que sus repercusiones negativas se deban menos a su propia naturaleza que a la maldad de quienes hacen uso de ella. Esta idea se puede reconocer en otras películas de superhéroes de nuestra novel década, desde Iron Man hasta The Avengers. En términos políticos, ese discurso se adecua a la crítica norteamericana contra el programa nuclear de Irán. El subtexto puede leerse de la siguiente manera: si la tecnología nuclear se encuentra en buenas manos (EE.UU.-Bruce Wayne) no representa peligro alguno, pero si cae en las manos incorrectas (Irán-Bane) se convierte en una amenaza que pone en riesgo el universo de acción de los sujetos. No es gratuito que, como en todos estos casos, la amenaza radical, el mal extremo (representado por Bane), provenga de un lejanísimo lugar y no de los intestinos de Ciudad Gótica, como sucedía en la segunda entrega de la trilogía de Batman.

En su conjunto las últimas películas del hombre murciélago resultan sorprendentemente a-políticas. La “política” (entendida como la construcción de acuerdos para desterrar las amenazas sociales) culmina en un fracaso colosal. Desde el segundo filme el espectador se convence de que, por su propia naturaleza, todo lo que tenga que ver con ella  terminará en corrupción y abuso. Síntoma de síntomas: el joven alcalde que viene a restaurar la podredumbre del sistema a través de los cauces “políticos” culmina como un sanguinario delincuente: “Dos caras”. The dark night rises vuelve a mostrar el fracaso del orden político, pero no ya ante las amenazas internas, sino ante la presencia de una entidad exterior que desestabiliza el sistema.  En suma, el orden político institucional siempre es insuficiente.

Pero la trilogía de Nolan va más allá. No sólo es el orden institucional el que termina tambaleándose, otras alternativas de construcción política como los movimientos populares son ridiculizadas y emparentadas con el caos. En la tercera película el pueblo llano, movido por un resentimiento colectivo hacia los ricos, sólo se organiza para la destrucción. Los movimientos populares no son manifestaciones de un deseo de justicia, sino de venganza. Nolan presenta los alzamientos sociales como estallidos violentos llenos de desorden y anarquía, estallidos que, por su desorganización e irracionalidad, terminan siendo manipulados por entes malvados como Bane.

La idea de fondo puede presentarse de la siguiente manera: cuando el pueblo se erige como depositario del poder popular no es capaz de gobernarse a sí mismo, pero tampoco son capaces las instituciones políticas, ya que son corruptas y delincuenciales. ¿Quién, entonces, puede regular los conflictos y desterrar las amenazas? La respuesta simbólica de la película es bastante evidente: la salvación y estabilización social pasa por la mediación de los grandes emporios capitalistas filantrópicos (igual que en Iron Man). En esencia, la reproducción idealizada del buen empresario capitalista: filantrópico, responsable con el mundo y la naturaleza, etcétera, es el factor que puede salvar la ciudad.

No sólo eso, la legitimación de la inversión en tecnología armamentística es la cereza en el pastel. El subtexto es sencillo: la maldad ha adquirido tales medios tecnológicos que sólo la inversión armamentística es capaz de enfrentarla, pero esta tecnología de punta debe estar en las manos adecuadas o, lo que es lo mismo, en las manos de los empresarios filantrópicos.

Siéntase usted feliz. Ya no hace falta ahorrar durante años para tomar un curso de economía en la escuela de Chicago, tampoco leer esos insultos a la literatura escritos por Ayn Rand o revisar con circunspección toda la obra de Milton Friedman; por el módico precio de un boleto del cine, una renta en el Blockbuster o, si su buena conciencia liberal se lo permite, una película pirata, usted puede conocer los fundamentos ideológicos de esa forma de gubernamentalidad llamada neoliberalismo.

Foto: Deviant Art

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