Mauricio Patrón Rivera/@PatronMau
(12 de abril, 2014).- A más de tres años de existencia, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) ha confrontado a la necropolítica en México. Con una multitud de acciones este movimiento multigeneracional y que atraviesa distintas clases y culturas ha sabido construir nuevas formas de representación frente a este Capitalismo Gore.
La necropolítica administra la muerte en el cuerpo mismo del asesinado, del desaparecido. Pero a su vez, reproduce esa muerte, creando gobierno con la repetición de esa imagen representada. La política de la muerte se impone en buena medida a través de su discurso y sus formas de representación. Para combatir esta máquina necesitamos crear nuevas formas de representarla, por ejemplo convirtiendo a una persona muerta en una historia perdida y no solo en una cifra mal contada.
En abril de 2011, una indignación acumulada nos llevó a miles a las calles bajo el “estamos hasta la madre”. Tras la marcha del 6 de abril y la primer caravana Cuernavaca-DF, surgió una gran duda: ¿qué diablos tenemos que hacer para detener una guerra que a muchos, por ejemplo en el DF, nos resultaba incluso lejana, a pesar de que era quizá lo más real que nos había pasado?
Meses después, asistiendo a una conferencia sobre estética y violencia en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo me volví a encontrar con la pregunta, ahora mucho más certera: “¿Cómo convertir la representación revictimizante en autorepresentación reivindicativa?”.
La respuesta llegó a cuentagotas, con cada acción de todas y todos aquellos que convergieron y unieron esfuerzos en este movimiento, y hasta hoy con todas las iniciativas, prácticas y colectivos que nacieron en la incubadora que es el MPJD.
Araceli, por ejemplo, respondió a esta pregunta sin pensárselo mucho. José Ángel, su hijo, era un policía Federal. Fue desaparecido en el camino a cumplir una misión junto con 7 personas más en noviembre de 2009. A pesar de la denuncia de su desaparición y de que la institución le rindiera un homenaje, la propia policía abrió un proceso en su contra por “abandono de trabajo”. Hace un año, en mayo de 2013, José Ángel fue citado por el órgano de control porque no presentó su declaración de impuestos de 2010. A la cita se presentó su madre-defensora-investigadora quién colocó en una de las sillas su fotografía. Convirtiendo un espacio de anquilosada y revictimizante burocracia en el escenario de la memoria y la exigencia de presentación con vida.
Más allá del logro de objetivos políticos frente a todos los poderes y niveles de gobierno, que en esencia no han modificado las políticas de muerte, el MPJD ha sido clave para crear nuevas formas de representación. A lo largo de tres años, los símbolos se acumularon junto con las reflexiones que provocaban sobre la violencia, creando todo un mundo de micropolíticas con la que muchos mexicanos y mexicanas se incorporaron por primera vez a las calles, a la creación colectiva, a la práctica de microautonomías.
La reconstrucción de la memoria inició desde el primer momento en que se colocaron placas en el palacio de gobierno de Cuernavaca inaugurando un muro de las víctimas de esta guerra. La siguiente placa se colocó meses después, afuera del gobierno de Chihuahua, justo donde Maricela Escobedo había caído asesinada mientras exigía justicia para su hija Marisol Freyre Escobedo, también víctima de feminicidio. De ahí siguieron muchas más hasta el pasado 27 de marzo cuando se instalaron placas conmemorativas en la renombrada Estela de la Paz (antes Estela de Luz, apodada también como la Estafa de Luz o la Suavicrema, por su parecido con la galleta).
La importancia de volver a nombrar monumentos es clave, porque, como dice el camerunes Achille Mbebe, ayuda a entender a quienes “no ven que un país donde los muertos ‘no importan’ es incapaz de alimentar una política de la vida: sólo puede promover una vida mutilada, una vida en suspenso”.
Estas acciones han llevado también a renombrar las calles. Nombrar como “28 de marzo” a la vía que hasta ahora honraba a un represor (el ex presidente Díaz Ordaz, responsable máximo del 68), o colocar mensajes producidos en la Imprenta Móvil, de Nuria Montiel, son ejemplos de acciones que transforman el espacio donde se desenvuelven. La re simbolización de espacios públicos como referentes de memoria permite por un lado hacer una reparación simbólica del daño; y, por otro lado, devuelven al espacio público estos episodios fundamentales de la historia contemporánea en México.
A ello se suman políticas visuales de los familiares de víctimas que portan con orgullo fotos y nombres relacionados con sus caídos. Por tres años en cada acto, entrevista, caminata, caravana, encuentro, los y las desaparecidas y asesinados de esta guerra han formado parte de la resistencia civil pacífica.
La Imprenta Móvil, es un trabajo de fraseo colectivo de principios de oposición y alternativa a la violencia en el país, que fueron colocados como carteles en la vía pública, generando una cartografía o mapeo de las plazas, calles, avenidas y ciudades por donde las Caravanas por la Paz pasaron, marcando la geografía del dolor: “Salida de emergencia nacional”, “Ni un muerto más”, “no más impunidad”, “sacúdete”.
Cuando parecía imposible responder ante la emergencia, la acción más urgente de todas surgió con la paciencia de las y los tejedores. Bordados por la paz es una iniciativa que ha recorrido el mundo entero. Al insertar la aguja seguida del hilo y volverla a atravesar se inaugura un ciclo de tiempo nuevo. Es el tiempo de lo inamovible. Bordar en comunidad suspende el tiempo de la guerra en ese espacio donde se borda y trae el tiempo de la labor artesanal que permite pensar en otras formas de hacer. Igual que con los movimientos Ocuppy y Acampadas, la estrategia clave de este colectivo es que ocupan el tiempo de la guerra oponiendo a esta hilos y tela. La memoria vuelta pañuelo le da cuerpo bordado al desaparecido y al mismo tiempo impide que nadie sea asesinado ahí, en el espacio tejido en conjunto.
Esta técnica también es la que llevó a Laura Valencia a hacer Cuenda, una pieza construida también en colectivo donde familiares de víctimas e integrantes del MPJD rodearon a estatuas, y después también sus propios cuerpos, de un mecate grueso negro. Emulando al siluetazo que resistía a la dictadura en Argentina, Cuenda cubre el cuerpo para convertirlo en presencia de la ausencia.
Es desde la creatividad para pensar en nuevas formas de representación donde se pueden hacer mayores modificaciones en el plano de lo político. Usar la estética para modificar la política. También las podemos entender como estrategias que convierten a la representación estética (simulacro de la realidad) en formas genuinas de representación política (tomar la voz del otro). Y, siguiendo a Walter Benjamin, hay que señalar que su fortaleza no está en el resultado final sino en el proceso de producción.
El MPJD, incluso, propició en su interior el surgimiento de colectivos como EmergenciaMX, cineastas que han levantado toda la memoria audiovisual y cuyo trabajo ha desbordado hacia la cobertura de otros movimientos. Su acervo es ya parte fundamental de los archivos históricos de nuestro país.
Lo mismo pasa con toda la producción de medios alternativos, por ejemplo Agencia Subversiones o RompevientoTv; del colectivo de actores y actrices, El Grito Más Fuerte; de toda la Red Global por la Paz con acciones coordinadas en decenas de ciudades de América, Europa y Asia; el Comité para la liberación de Alberto Patishtán, los procesos de autonomías indígenas de Santa María Ostula y Cherán en Michoacán; el fortalecimiento del trabajo de la red de albergues de migrantes por ejemplo con el trabajo del padre Alejandro Solalinde, el de Fray Tomás y el de Raúl Vera; las redes de familiares buscando a desaparecidos en Coahuila, Nuevo León e incluso la Caravana de Madres Centroamericanas; las madres y padres de la Guardería ABC; el trabajo de Jóvenes ante la Emergencia Nacional…
Yo no creo que el MPJD tenga que acabar un día cuando se logren sus objetivos. Más bien su forma de hacer debe permanecer y prolongarse en nuestra forma de hacer política. Representa formas de hacer de las multitudes empoderadas como reacción al despojo. No hay grandes programas políticos por detrás, se trata de un “mejor morir luchando que morir de hambre”, como dijo la Comandanta Ramona, que deviene en un quehacer colectivo a futuro.
Más que un movimiento, es un momento. Espacio y tiempo que convergen para cristalizar cientos de voces denunciando la injusticia, en el cual se fundieron movimientos anteriores, colectivos, ONGs, madres y padres hasta entonces aislados, que juntos convergen ahora en una nueva generación de luchas y ciudadanos más preparados en las acciones de desobediencia civil, en la democracia de calle y en la resistencia no violenta. Es este momento, por ejemplo, el que da cuerpo al #YoSoy132 y a nuevas formas de representación reivindicativa. Incluso podríamos ver en el MPJD una escala en el vuelo de ya 20 años de inspiración zapatista, que hoy resulta fortalecida.
Para mi, las acciones del MPJD para organizar al “pueblo que aún no existe” –cómo llamaba Felix Guattari a los autores de la revolución… tal vez esa tribu que busca Javier Sicilia con su voz de poeta recordando a Mallarmé–, son las que han significado puntos sin retorno, nuevas escaleras. Hechos, símbolos, trabajo colectivo, rabia que converge en afectividad, son las micropolíticas que permiten seguir respirando en ese país tan enterrado llamado México.


