Je suis le saint, en prière sur la terrase,
comme les bêtes pacifiques paissent
jusqu’à la mer de Palestine…
-Arthur Rimbaud-
Andrés Piña / @AndresLP2
(9 de mayo, 2014).- Mahmud Darwish (1942-2008) es un poeta que nos habla desde Jerusalén, desde Palestina, con cierto misticismo en sus versos, un misticismo increíble y al mismo tiempo fascinante, es decir cada palabra vertida en su poesía guarda un misterio, algo no dicho, algo que no vemos y que lógicamente se nos escapa.
En la literatura árabe eso pasa mucho, la búsqueda poética también se transforma en una búsqueda espiritual. La realidad viene siendo entonces sólo un escenario en donde todo transcurre, el poeta pasa a vivir en un mundo íntimo, en donde todas las cosas se nombran mediante los versos y la naturaleza estética de las palabras bellas pasa a formar una realidad que sólo se traduce en el poeta, como poesía y vida, como acción y amor.
Por eso las palabras en Darwish se vuelven trascendentales y al mismo tiempo revolucionarias, palabras como: “justica, amor, libertad, exilio y mujer”, son otras en la boca del poeta y activista. “En el lecho de una extraña” (Ed- Hiperión, Trad. Maria Luisa Prieto. Edición Bilingüe) nos encontramos con una poesía totalmente nueva y original.
Es bien sabido que en el misticismo árabe, existen los grandes proverbios sufíes, que cumplen con una cierta religiosidad en las palabras. Por ejemplo, las flores que nosotros observamos en un jardín, tienden a brillar de una manera peculiar en el día, pero hay flores cuya belleza se despierta en la sombra, como las violetas. Su naturaleza entonces está vedada a la forma típica de crecimiento, en donde el sol juega un papel importante.
Sin embargo esto no quiere decir en ningún momento, que por eso sean menos hermosas que una rosa que brilla a la luz del sol. A su manera, también esconden cosas, silencios que andan por ahí y que cuesta trabajo interpretar, pero que sin embargo son poéticamente creadores. Así es la metáfora en la poesía árabe, no se queda en un simple juego de lenguaje, sino que pretende buscar algo que está más allá de lo que vemos, la poesía no se conforma con lo que está en el mundo, ella quiere vivir en la experiencia continúa de la sensación. Si se escribe en un verso: “mar”, se pretende que moje, que sea azul, que haya mujeres bañándose a la luz de la luna.
Todas esas imágenes se buscan, cuando se usa una palabra, de ahí que las metáforas que manejan la mayoría de los poetas árabes, como es el caso de Ghiyath al-Din Abu l-Fath Omar ibn Ibrahim Al-Nishaburi al-Jayyam, mejor conocido como Omar Khayyám, tengan tanta fuerza. Octavio Paz solía decir que “antes de la metáfora, la palabra”. Y tenía razón, para manejar la metáfora, se debe de conocer la palabra a la perfección. En la poesía las cosas siempre continúan viajando, ya sea como alegorías o como imágenes. “The ball I threw while playing in the park / has not yet reached the ground” dice Dylan Thomas, quien fuera un gran lector de Omar Khayyám, en su poema “Should Lanterns Shine”.
Por eso en “El lecho de una extraña” de Darwish, aparecen todas estas formas antiguas de la poesía árabe, aparecen como pequeños rayos de luz y se mezclan continuamente con formas modernas, uniendo de esta manera dos mundos, dos maneras de presentarse y ver la realidad, una espiritual y la otra revolucionaria. Aquí la naturaleza poética se transforma en cantos de amor, pero no cualquier amor. El amor para Darwish tiene que estar empapado, como ya lo hemos dicho antes de misticismo y erotismo, de realidad y nostalgia, de lucha y deber. Todo parece suceder dentro del lecho de una mujer extraña, todo parte de ella, es el universo mismo. Ella nos juzga, nos pide paciencia, ella gobierna los designios de la “physis”.
Y es que los poemas que contiene el libro tienen esa fuerza extraordinaria, como es el caso de “Caminamos por el puente” en donde el poeta nos dice: “Éste es un amor pobre y correspondido”. También encontramos poemas de la talla de “El collar damasceno de la paloma” en donde la poesía nace, se crea y existe en Damasco.
En “El extraño se reconoce en otro extraño” apreciamos la palabra como unidad, “uno en dos” nos dice la voz del poeta. De dos nace poesía, solamente se necesita comenzar a crear, aquí la muerte de la poesía es sólo un mal recuerdo, una triste visión, un sueño absurdo. La lucha, que se convierte en resistencia, que nace y se plasma. Está ahí, en el fondo original de las palabras. Porque amar también es ver la realidad, amar para Darwish es desear, es necesitar una vida.
Al final sólo queda decir las palabras que dice Darwish: “hasta que la noche te diga: / no quedáis más que vosotros dos en el mundo. / Entonces llévala con dulzura a tu muerte deseada y espérala”. Y mientras leemos esto, en nuestros ojos aparece la imagen del poeta palestino recitando poesía en plena época de guerra, en la noche, justo cuando los bombardeos comienzan. Los poemas de Darwish son flores que nacen entre aromas y gritos, entre batallas y muerte. Nacen como queriendo encontrar una paz que no llega, que nunca termina de llegar.
Y así va creciendo continuamente la literatura, guardando secretos, lindos secretos. Que no se pierden, que no se agotan. La poesía árabe y sobre todo la poesía moderna, nos cuenta de manera humilde, como suele hablar la poesía. Diciéndonos a la manera de Darwish, que no hay extraños, los versos y la belleza están en lecho de una extraña, están en nuestras grandes tristezas, en nuestros grandes amores.
El poema no es en sí mismo, es para sí mismo. Dicho con otras palabras, es una creación que se sigue construyendo, se sigue desenvolviendo. No se termina ni se agota. Darwish murió, pero su poesía sigue estando allí, con todos los extranjeros, con los eternamente enamorados, con los que exigen y piden justicia, está ahí en la mística de la primavera árabe, en la mirada de hombres y mujeres. Escuchemos entonces, la lectura de los poemas de Darwish, que la noche ya cayó.


