Por Rodrigo Araiza P.
(15 de junio, 2014).- Después de 23 años, Jodorowsky estrena una nueva cinta en la pantalla grande, se trata de “La Danza de la Realidad”, basada en su libro del mismo nombre donde el propio escritor chileno plasma su autobiografía.
Polémico por su filosofía de psicomagia basada en la sanación espiritual, Alejandro Jodorowsky Prullansky es considerado dentro de los cinéfilos como un autor importante por sus obras, como “Fando y Lis”, “La Montaña Sagrada”, “Santa Sangre” o “El Ladrón del Arcoiris”; por lo cual, el cineasta chileno deja claro que su manera de ver el séptimo arte no es convencional.
En “La Danza de la Realidad”, Jodorowsky se reencuentra con un pasado doloroso, con una figura paterna autoritaria pero también con una madre amorosa. El filme no sólo ayudó a que el psicomago se reconciliara con su pasado, “exalté a mi madre, perdoné a mi padre, curé las llagas de mi memoria infantil, hice que me amara el pueblo que en mi infancia me había rechazado, establecí lazos profundos de amor con mis hijos, y colaboré pleno de éxtasis con mi adorada esposa”, escribe el autor de “Los Evangelios para Sanar”.
Muchos nos preguntamos por qué Jodorowsky tardó más de dos décadas en estrenar una cinta; él simplemente responde: “Un verdadero artista no calcula. Vive, se llena de experiencias, y tal como una mujer encinta, sin pensar en fechas ni circunstancias, se pone a parir su obra. Una obra que no podía nacer ni antes ni después, sino justo ahora, por motivos que sólo el Cosmos conoce”.
A lo largo de su trayectoria como cineasta y escritor, su obra ha llevado un toque de psicomagia, y “La Danza de la Realidad” no es la excepción.
“El film entero es un acto de psicomagia, más efectivo que 20 años de psicoanálisis, una verdadera bomba emocional. Viajé hasta el remoto puerto de Tocopilla, pueblo olvidado casi, abandonado casi, agonizante casi, que ya ha sido borrado de los mapas de Chile. Pequeña ciudad comprimida entre océano envenenado y muy altos cerros estériles, que no ha cambiado en 100 años. Encontré las mismas casas, las mismas calles, la misma plaza, el mismo cuartel de bomberos, la misma peluquería, el mismo muelle. Caminé con mis pies adultos por la misma vereda por la que marché con mis pies de niño. Lo único que había cambiado era el negocio de mi padre: un incendio lo convirtió en hoyo negro. Realicé el acto psicomágico de reconstruir la “Casa Ukrania” exactamente como había sido antes. Curé mi infantil miedo a la oscuridad con una escena donde a Alejandrito lo pinta mi madre de negro con betún para zapatos, vencí mi complejo de castración por haber sido circuncidado, y tantas otras escenas que son psicomagia pura”, comparte para Revista Hashtag el también autor de “El niño del jueves negro”.
En éste, su séptimo trabajo cinematográfico como director, Jodorowsky trabajó nuevamente con sus hijos, Cristóbal, Brontis y Adán, una experiencia que el cineasta describe como enriquecedora y placentera.
“Impresionante que mi hijo Brontis se convirtiera en mi padre, impresionante que mi hijo Cristóbal se convirtiera en mi maestro, impresionante ver morir a mi hijo Adán, tal cual como murió su hermano Teo. Impresionante para ellos ver de dónde yo salí, ver el sufriente niño que yo fui, ver los problemas de sus abuelos paternos. Todo esto nos unió más que nunca. Nos pudimos dar cuenta que la verdadera misión del arte es sanar, y sanar es descubrir la belleza de nuestra alma”, añade el autor de “El Topo”.
Jodorowsky, en su nueva cinta, refleja una relación complicada con su padre, algo que quizás en la infancia era difícil de entender; pero ahora que ya es progenitor de tres hijos, es capaz de externar que “les di a mis hijos todo lo que mi padre no me dio. Fui para ellos un padre presente, un aliado pleno de amor. No los eduqué a punta de órdenes y prohibiciones, no les inyecté en la mente prejuicios idiotas, les di la libertad de creer lo que se les antojara, les enseñé lo que era la libertad espiritual, por sobre todo, les comuniqué, no con palabras sino con actos, el amor a un arte puro, exento de la miserable prostitución industrial. Por todo ello, nuestra relación es paradisíaca”.
Fundador junto con Roland Topor y Fernando Arrabal del Grupo Pánico, expresión artística que pretende anunciar la locura controlada como supervivencia dentro de una sociedad posmoderna con crisis de valores, Alejandro Jodorowsky ha sido polémico por su obra, tanto que durante la presentación de “Fando y Lis” en el festival de Acapulco de 1968, el cineasta con doble nacionalidad –chilena y francesa– presenció cómo Emilio “El Indio” Fernández desenfundó su pistola, tras haberse sentido ofendido por dicha cinta.
Pero para Jodorowsky, crear polémica no es su principal objetivo, pues asegura que: “Creo motivado por un intenso placer. Soy lo que soy interiormente. Me molesta un poco el fracaso, me agrada un poco el éxito, pero eso no es lo esencial. Toda verdadera obra de arte debe imponerse, nadie la acepta fácilmente, porque nadie quiere cambiar… El arte, como los milagros, obliga al espectador a aceptar que su mundo está incompleto y que hay mucho más de lo que siempre había imaginado. Este público discute, se ofende, protesta, pero admira y sabe en lo profundo que está viendo, sintiendo, algo que le cambiará la vida. El arte es esencial para las civilizaciones. Al desplomarse los imperios, lo único que queda como huella son las obras artísticas. Una sociedad de psico-burros que se cagan en el arte está condenada al derrumbe”.
Y si bien, en “La Danza de la Realidad”, Jodorowsky tiene un acercamiento con la muerte, él mismo declara: “Todo periodista cree ser muy profundo, audaz, interesante, cuando con cierta saña le pregunta a un viejo por su relación con la muerte, insinuándole, como lo haces tú conmigo, ´ya vas pronto a morir, no lo olvides, te lo recuerdo. Anda, disimula tu terror, dime que la muerte no te afecta, y yo haré como que te creo, grozando con el alfilerazo que te di´. No te daré ese gusto. No tengo ningún deseo de morir. Amo la vida y quiero vivir lo más posible, 120, 150, 2000 años… Como sé que es imposible, acepto espiritualmente convertirme en nada, esfumarme, quedar vibrando en algunas mentes convertido en caricatura. Sin embargo eso no me impide gozar de cada segundo de esta maravillosa vida, de este maravilloso ser esencial, Dios interior, Buda interior, que soy yo, tal como tú lo eres, como todos los seres humanos lo son. Morir es un momento sublime, un intenso y fabuloso adiós. Así como me sucederá a mí, le sucederá a todos los seres que en este mismo instante leen mi respuesta”.
Alejandro Jodorowsky tiene 85 años y ayer se estrenó “La Danza de la Realidad”, cuánto más habrá que esperar para ver una próxima cinta del cineasta chileno si es que la habrá, o es que ésta cinta marca su regreso y retiro del cine. La respuesta quizás ni él la sepa. “No soy un rompecabezas reuniendo piezas para completarse. Soy un ser total, nací completo y seguiré completo hasta el último segundo de una existencia que probablemente se integrará a la existencia eterna”, finaliza Jodorowsky.


