Marchas del ¿orgullo gay?: nada qué celebrar

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Proyecto Diez / @ProyectoDiez

(17 de junio, 2014).- Segregación. Represalias. Vanidad. Rivalidad. Protagonismo. Arrogancia. De eso y más han estado llenos los movimientos de lucha lésbico, gay, bisexual, transexual, travesti, transgénero e intersexual del México de los últimos 30 años. Avances en la materia: unas cuántas legislaciones a favor del matrimonio y uniones civiles, pero sin concretar verdaderas ganancias en el terreno de la protección de derechos ni de leyes contra la discriminación.

La mofa de la que hacen muchos políticos de la comunidad arcoíris no es para menos: las organizaciones civiles “pro-LGBT” se han limitado a ser meros satélites o bastiones de partidos políticos, que sacan las garras en coyunturas electorales y que solamente sirven de trampolín para algunos de sus líderes y lideresas. Poco o nulo ha sido el esfuerzo verdadero por crear una masa política de diversidad ordenada y con una agenda activa que presione al Estado para ganarle terreno al odioso conservadurismo doblemoral del cual todos hemos sido víctimas.

En nuestro México surreal, la lucha por los derechos civiles es, al igual que todo lo que sucede en este país, un espejismo. No tenemos la idea de organización, y cuando surgen liderazgos independientes en nuestra comunidad, tan fácil es como minimizarlos, despreciarlos, y al final del día, desterrarlos por los propios hombres y mujeres homosexuales que sienten amenazados sus liderazgos caciquiles. Así es, en la comunidad LGBT mexicana también existe este caciquismo liderado por políticos (muy underground, por supuesto), por empresarios que solo quieren maximizar sus ganancias (sin importarles un cacahuate los derechos civiles, mientras saquen sus ventas a flote), y por organizaciones “civiles” que solamente sirven para mover a las masas al mejor postor en tiempos electorales.

No me gusta retomar mis sentimientos malinchistas, pero he vivido en carne propia lo que es el primer mundo, y para nada estamos cerca de lo que han conseguido en tierras más al norte. En Canadá, por ejemplo, la sociedad civil es tan poderosa, que es la gente quién vigila al Estado para que se cumplan todas las disposiciones de derechos hacia todos por igual. El sentimiento de ciudadanía está tan arraigado en su vida diaria, que no necesitan recordarles a las autoridades para quienes trabajan. Además, su época de marchas por los derechos civiles ya pasó. Fue superada porque tomaron acciones concretas, se organizaron y no solamente se quedaron en el carnaval. Su lucha verdadera no fue solamente de brillos y lentejuela, sino que fue sangre derramada por hombres y mujeres homosexuales que querían ser libres y tenían la conciencia de que eso sería su legado para las próximas generaciones.

Lamentablemente la lucha lésbico-gay en casa se reduce a tener unas marchitas pinches cada mes del “Orgullo”, y ahora hasta compiten para ver “cuál jala más gente”. Son tan pequeñas e insignificantes, y son ejecutadas con una mentalidad reduccionista y tan carente de ambición, de foco, de aspiraciones. No hay liderazgos sino protagonismos. No existen demandas ni verdaderas acciones jurídicas ni de lobbying político, solo hay música, colores y fiesta. No existe la masificación de la lucha, sino la ceguera de la celebración. No existe el orgullo, sino la victimización avasallada: “respétame”, “mírame”, “tolérame”, y en verdad se hace apología al “ríete”, “búrlate”, “pitorréate”. Esto es un ejemplo palpable de cómo se respira y se vive el tercer mundo en nuestro Mexiquito…

La seriedad del movimiento de liberación homosexual no nos ha alcanzado como sociedad. Seguimos el mismo patrón de todas las luchas sociales en México: de la simulación y la inacción. De movimientos endebles y carentes de forma y liderazgo. Existen, sin embargo, muchos grupos independientes que aún mantienen ese sentido verdadero de lucha social: no se han apagado a pesar de los golpes de las propias organizaciones coptadas. Esto no quiere decir que necesitemos un Harvey Milk que nos reclute, ni disturbios de Stonewall para ser visibles. Lo que de verdad necesitamos es tener conciencia de que todas las marchas del orgullo venideras serán de engreimiento, pedantería y arrogancia de la comunidad LGBT mexicana, porque su cerrazón no le ha dado paso a la razón que le haga ganar las batallas que tiene pendiente con los derechos humanos. Si esto no cambia realmente, seguiremos atrapados en nuestro propio oscurantismo, reproduciendo la mala educación política que como sociedad hemos recibido.

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