Transmigrantes, del dolor a la esperanza (Fotos)

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(26 de junio, 2014).- Es la una de la mañana. La alegría de llegar al destino se diluye con el cansancio. El convoy escoltado por la Policía Federal (PF) llega a la periferia de Apizaco, Tlaxcala, urbe con historia ferrocarrilera. La policía por esta vez no pide “papeles” a los más de sesenta centroamerican@s del autobús que forma parte de la Caravana, por el contrario, la escolta; “sirven a la comunidad”, como reza la inscripción en sus camionetotas. Increíble.

Este contingente viajero se llama Caravana-peregrinación por el Diálogo, en cada parada exige lo mínimo: seguridad, trato digno, diálogo para atender las razones del éxodo migrante.

Trans, mujeres, hombres, niños y niñas, madres solas o con hij@s, padres solitarios, familias completas, compañer@s de dolor de cuatro nacionalidades, pernoctan en el Albergue La Sagrada Familia que esta noche se encuentra rebasado. Llegaron casi cien personas y sólo se dispone de dos cuartos con media docena de literas para cada sexo.

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Las seis transgénera que viajan en la Caravana, duermen con las mujeres. “Nuestra lucha es también por ser mujeres”, comentará Barbie Brigitte días después. Otros pasan la noche en la explanada, una cancha de basquetbol alumbrada por la luna.

La Sagrada Familia se encuentra al pie del paso del tren de carga Ferrosur, empresa que dispuso pilares de concreto para impedir que l@s viajer@s ascienden o desciendan del tren de carga justo frente al Albergue. Quienes sostienen  el modesto refugio que recibe de treinta a cuarenta migrantes a la semana, son voluntari@s laicos o afines a la parroquia católica de Cristo Rey, de la que destaca su cúpula como burbuja en el desierto.

Además de las dos habitaciones, el Albergue cuenta con cocina y un pequeño consultorio de lámina donde atienden a los viajantes  frecuentemente heridos por las barras de concreto de Ferrosur o por enfermedades respiratorias y digestivas contraídas en el camino.

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Para quienes viajan en el lomo de la Bestia (el tren de carga que va de Sur a Norte), llegar hasta Apizaco sin haber sido víctima o testigo de algún abuso es sinónimo de bastante fortuna, de suerte. Únicamente el peregrino/a conoce realmente cuánto ha padecido durante los kilómetros recorridos desde que salió de su tierra; las fronteras esquivadas o cuántos días debió caminar a pie o sin comer.

Hambre, frío, miedo, extorsión, accidente, horror; “maras” “Zetas”, se vuelve a escuchar de las bocas secas de los protagonistas de los relatos, cansados ya de repetirlos, a petición, l@s viajeros comparten su testimonio una vez más, hasta nombrar el terror con naturalidad, con el dolor casi  indoloro.

Una vez montado en la Bestia que se toma en Arriaga, Chiapas, la meta es llegar con bien a Ixtepec. Un viaje que en automóvil se puede hacer en cuatro horas, en el tren puede tomar un día completo. En el Albergue Hermanos en el Camino, habrá alimento para el cuerpo y para el espíritu, se sabe de oídas que un hombre religioso que siempre viste de blanco les ayudará, aunque él también es viajero y no se encuentre siempre en el Albergue, habrá alguien con quien compartir sus desgracias.

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Las historias se parecen: dejar el lugar de origen a causa de la miseria, la violencia, la discriminación; buscar una mejor vida, huir de la persecución, dejar atrás, dejar, buscar. El camino se vuelve una guerra por la sobrevivencia. Tan sólo en el recorrido entre la frontera de Guatemala para llegar a Ixtepec, Oaxaca ya han sido víctimas de extorsión, asalto, abuso sexual o testigos de muerte.

Pero el camino que sigue también es duro; por ejemplo a la altura de Medias Aguas en Veracruz, continuar con vida en La Bestia  cuesta por lo menos 100 dólares y depende de la coyuntura puede subir a 200. No se distingue cuando las autoridades actúan como criminales o viceversa, lo cierto es que en los últimos diez años estos abusos han sido sistemáticamente denunciados  y continúan.

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