(22 de enero, 2014).- En un día como hoy, nació Antonio Gramsci, pensador marxista italiano, acuñador de la categoría de hegemonía y quien pensó más que nadie la función política del intelectual. Hoy en REVOLUCIÓN TRESPUNTOCERO compartimos algunas líneas que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) escribió en torno a la vida del gran pensador marxista.
Gramsci (1891-1937) nació en Cerdeña, una de las regiones más pobres de Italia que, como suele ocurrir conlas islas, ha mantenido una fuerte identidad cultural. Cerdeña tiene su propio idioma, historia y cultura, que se diferencian considerablemente de las de los “piamonteses” que administraron el reino de Cerdeña desde Turín, en la parte septentrional de la península. Gramsci fue a estudiar a la Universidad de Turín, pero tuvo que abandonar los estudios por falta de recursos y graves problemas de salud. En aquella época Turín era el centro de la industrialización italiana y el foco de la primera organización de la clase obrera de Italia.
Gramsci empezó su aprendizaje político y educativo durante la Primera Guerra Mundial como periodista y crítico de teatro, y por las tardes solía asistir a las reuniones del sindicato “Confederazione Generale del Lavoro” y del partido socialista. Después de la guerra, incorporado plenamente al Turín “rojo” socialista, creó dos periódicos, Ordine Nuevo y Unità, con una función explícita: educar a la nueva clase obrera creada por la industria y la guerra.
El tema prevaleciente de Ordine Nuovo era la relación entre la “organización científica del trabajo” (taylorismo y fordismo) y la organización científica de la educación y la formación. Sin embargo, esta relación, en la que muchos ven hoy el inicio de las ciencias educativas, no consistía para Gramsci en un simple ejercicio intelectual. Unos pocos años antes de la guerra, la investigación científica sobre la educación en Italia había quedado totalmente marginada y reprimida por obra de los filósofos idealistas dominantes, Croce y Gentile, que consideraban que este campo de estudio era una rama de la filosofía, la ética o incluso la religión. En 1923, Giovanni Gentile, primer secretario de Estado encargado de la educación en el nuevo gobierno fascista, reformó por completo el sistema escolar italiano haciendo hincapié en la división ideológica entre la preparación técnica y profesional (para el trabajo), y la preparación cultural y científica para el desarrollo “espiritual” de la humanidad y, naturalmente, para la dirección política del país.
Gramsci tenía ideas distintas sobre estos problemas, sin caer en la arrogancia positivista de considerar que los problemas humanos podían resolverse con la ciencia y la tecnología, ni en la ilusión idealista de la “independencia” de la vida intelectual y cultural con respecto a los condicionantes económicos y políticos.
Gramsci más bien consideraba que el vínculo entre la organización del trabajo y la organización de la cultura era la nueva “cultura profesional”, la nueva preparación técnica y profesional que necesitaba la mano de obra (desde el trabajador especializado hasta el administrador) para controlar y dirigir el desarrollo industrial, así como la sociedad que este desarrollo crea inevitablemente.
A partir de 1917 la Revolución Soviética concentró la atención de los movimientos obreros, en detrimento de los problemas internos de los demás países, resultantes de una de las peores guerras que haya conocido Europa. El partido socialista de Italia, como en otros muchos países, se dividió no sólo entre “reformistas” y “comunistas”, sino también entre “reformistas” y “nacionalistas”, que más tarde se convirtieron en la sección populista del partido fascista, y, unos pocos años después, en el régimen nacional socialista (es decir nazi).
A partir de 1922 el régimen fascista en Italia abandonó toda pretensión de encontrar soluciones democráticas, no sólo a los problemas económicos sino también al progreso social, cultural y educativo de las masas. En noviembre de 1926 el Gobierno de Mussolini promulgó una “legislación especial” que disolvía el parlamento italiano y todas las organizaciones de la oposición, prohibiendo asimismo sus publicaciones. A continuación se produjo una serie masiva de detenciones, y Antonio Gramsci fue encarcelado. Tenía 35 años de edad, era miembro del Parlamento y desde 1924 ocupaba el cargo de secretario general del partido comunista italiano. En su juicio, en 1928, el fiscal terminó su requisitoria con la siguiente intimación al juez: “¡Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años!”
El régimen fascista veía claramente que la oposición más peligrosa vendría no ya de la acción política en el sentido tradicional (es decir de una organización), o de la protesta intelectual basada solamente en principios, sino más bien de la conjunción de la crítica y la acción de intelectuales y políticos.
El cerebro de Gramsci no dejó de funcionar en la cárcel; por el contrario, poco después de su detención empezó a planear una serie de investigaciones que se convertirían en lo que hoy día se considera el análisis más importante que se haya hecho jamás de la “hegemonía”, es decir, el nexo entre la política y la educación. En una carta dirigida a su cuñada Tatiana, con fecha 9 de marzo de 1927, Gramsci se refiere a un proyecto de escribir algo für ewig (para siempre), algo que sirva para concentrar su atención y le dé “un foco a su vida interna”.
La primera parte del plan consiste en una historia de los intelectuales italianos; a continuación Gramsci habla de estudios sobre la lingüística, sobre el teatro de Pirandello y sobre los folletines y los gustos literarios populares. Si bien el plan de estudio tenía que ser für ewig, lo que significa que su finalidad era el conocimiento como un fin en sí mismo, y no ningún objetivo práctico o político, en esta misma carta se observa ya un hilo conductor que une a los diferentes temas. Gramsci define la historia de los intelectuales como el proceso de “formación del espíritu público” y escribe que los diferentes temas de su plan tienen en común el “espíritu popular creador”, es decir, el modo en que la hegemonía de un determinado grupo social va creciendo, desde el núcleo del grupo hasta su organización política.
De hecho, en otra carta dirigida a Tatiana dice: “el pensamiento “desinteresado” o el estudio como un fin en sí mismo me son difíciles (…) no me gusta disparar en la oscuridad; prefiero tener un interlocutor o adversario concreto”, y habla de la “naturaleza polémica” de su entera formación intelectual.
Gramsci murió en 1937 en la cárcel fascista, luego de más de diez años de confinamiento, dos días después de que se dispusiera su libertad y sin haber tenido la posibilidad de completar su obra. Su cuñada Tatiana salvó los treinta y tres cuadernos de la cárcel y los sacó clandestinamente de Italia. Antes de su encarcelamiento había escrito mucho, pero su reputación como uno de los grandes pensadores y educadores italianos se basa en las “Cartas de la cárcel” y en los “Cuadernos de la cárcel”.


