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Benito Juárez, un político moderno

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(21 de marzo, 2014).- Juárez, como Madero y como Hidalgo, es un personaje de unidad: izquierda y derecha le han rendido culto durante el último siglo y medio sin tener que morderse la lengua. Artífice de la modernización de México que habría de concluir su paisano Porfirio Díaz, Benito Juárez puede ser recordado por su defensa de las leyes que inauguraron el capitalismo mexicano tanto como por su inquebrantable defensa de la Nación frente al imperio de Maximiliano.

Juárez encarna también la modernidad al ser la imagen ideal del liberalismo, el self made man que no lucha para cambiar el mundo sino para triunfar en él. Indígena de nacimiento, Juárez no se convierte en el líder de los suyos en la lucha contra la opresión. Su proyecto de vida es personal: abandona su pueblo remoto, aprende el idioma del opresor, se viste de hombre blanco y triunfa siguiendo las reglas de la ciudad.

Un indígena antiindigenista que cree ciegamente en la fe liberal: como todos los hombres deben ser iguales ante la ley, Juárez destruye los derechos que la Corona española había dado a los pueblos indígenas, abriendo paso al proceso de despojo masivo por parte de las haciendas, que declaraban como terrenos baldíos las tierras comunales para luego apropiárselas. En esto, la Revolución habría de enmendarle la plana con la (re)creación del ejido y el siempre incompleto reparto agrario.

Carlos Salinas de Gortari habría de rescatar y destruir a la vez la obra de Juárez: por una parte, mandó el campo mexicano al siglo XIX con su reforma al artículo 27 constitucional, mediante la cual las tierras agrícolas volvieron a la propiedad privada, como el Benemérito quería. Por otra, Salinas deshizo el que quizá sea el más celebrado de los legados de Juárez al levantar la prohibición de que la Iglesia poseyera bienes raíces y restablecer las relaciones diplomáticas con el Vaticano.

En la época de Juárez no existían derecha e izquierda, sino únicamente derecha liberal y derecha conservadora. Para que surgiera la izquierda primero tenía que darse la irrupción del pueblo en la vida política nacional, lo que llegaría con la Revolución. Antes, la política fue cuestión de élites y el pueblo fungió sólo como telón de fondo. Quizá por eso el Partido Revolucionario Institucional nunca necesitó renegar de Juárez, mientras el Partido Acción Nacional lo sigue viendo como un demonio: derechas liberal y conservadora que pasan del siglo XIX al XXI.

Pero ni una ni otra de las derechas pueden reivindicar la figura de Juárez en lo que toca a dos de sus rasgos perennes, la dignidad inflexible de su política exterior y su defensa férrea del imperio de la ley. Quizá por ello en nuestros tiempos sólo un político mexicano reivindique el juarismo como guía para la vida política y la regeneración nacional: Andrés Manuel López Obrador, quien ha manifestado reiteradamente su admiración al político oaxaqueño y su convicción de que el gobierno debe estar regido por los principios juaristas de legalidad, tolerancia, austeridad, patriotismo y justicia.

 

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