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‘Carne de mujer’, un lucrativo negocio

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Por: Ivonne Acuña / @ivonneam

 

(30 de junio, 2013)  Rosa es una jovencita de 16 años de escasos recursos, todas las mañanas, entre las 6:00 y las 6:15 a.m., tomaba una pesera en la esquina de su casa, misma que la llevaba al metro Indios Verdes, desde donde se dirigía a la estación Tlatelolco para, una vez fuera del metro, caminar dos cuadras para llegar a la prepa pública donde estudiaba desde hacía un año.

Debía hacer sola este recorrido pues es la mayor de 4 hermanos y su madre debe ocuparse de preparar a los más pequeños para asistir a la escuela, mientras que su padre sale de casa alrededor de las 5 a.m., para poder llegar a tiempo a la fábrica en la que trabaja. El sueño de Rosa, dice su madre, es estudiar para veterinaria pues desde muy pequeña siente una simpatía especial por los animales, por lo que día a día se esfuerza por sacar las mejores calificaciones y asegurar su pase a la universidad.

Hace tres semanas que no se sabe de ella, sus padres acudieron en las primeras horas a levantar la denuncia por desaparición de persona pero la policía afirmó que había que esperar antes de comenzar a buscarla pues “con toda seguridad la chica se había ido con su novio y pronto estaría de vuelta en casa”.

La pasividad de las autoridades llevó a los padres a investigar por su cuenta estableciendo contacto con sus compañeros y compañeras de escuela, con sus amigas, con los vecinos, incluso pidieron al responsable de la línea 3 del metro les permitiera ver los videos de las estaciones por las que pasaba su hija.

Lograron averiguar que tomó la pesera y llegó al metro a la hora de siempre, incluso se le ve saliendo de la estación en la que acostumbraba bajarse. Después de eso no hay rastro que les permita seguir la pista de Rosa.

Cada día que pasa la desesperación de la familia aumenta, Juan, el padre, ha mandado a reproducir la foto más reciente de su hija, mientras que Lupita, la madre, se ha encargado de pegarla por todos aquellos lugares en los que podrían conseguir más información sobre el paradero de la adolescente. En la imagen se aprecia que Rosa es una jovencita delgada, morena, de cabello largo y que no alcanza el 1.60 m. de estatura.

Esta historia es ficticia, sin embargo, reproduce lo que cientos, miles de jovencitas y sus familias viven a diario en México, donde desafortunadamente la desaparición de mujeres de 10 a 20 años con las características de Rosa  es una lacerante realidad.  Organizaciones de mujeres calculan que de 1993, año en que comenzó la desaparición de mujeres en Ciudad Juárez, al año 2012 han desparecido alrededor de 20 mil mujeres,  sin que hasta el momento las autoridades municipales, estatales y federales hayan logrado detener este fenómeno criminal, ni siquiera llevar un registro actualizado de los casos. Por el contrario, el fenómeno se ha extendido a lugares como Baja California Norte, Chihuahua, Coahuila, Chiapas, Durango, Estado de México, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Nuevo León, Puebla, Oaxaca, Quintana Roo, San Luis Potosí, Tamaulipas, Tabasco, Tlaxcala, Veracruz y Zacatecas.

Tan sólo en el Estado de México, en lo que va del año 2013, se reportan 2 desapariciones diarias.

Sin embargo, los distintos niveles de gobierno no son los únicos que parecen prestar menos atención de la requerida a una cuestión tan urgente, la sociedad en su conjunto permanece pasiva, ya porque no se entera, ya porque de hacerlo prefiere cerrar los ojos pensando que eso sólo le pasa a cierto tipo de personas y que sus hijas se encuentran libres de tal amenaza, ya porque las mujeres desaparecidas eran poco menos que invisibles antes de su secuestro.

Se puede sostener que dicha invisibilidad está condicionada por el hecho de ser mujer, pobre o de clase media baja, joven y, en muchos de los casos, con poca preparación formal. Estas variables colocan a una parte importante de la población femenina en por lo menos cuatro grados de vulnerabilidad; es decir, en riesgo por cuestión de sexo, edad, clase social y preparación, lo que les impide o dificulta un desarrollo adecuado y aún enfrentar con éxito amenazas externas o presiones sobre sus medios de subsistencia, bienestar e integridad física.

Es importante señalar que ninguna mujer es vulnerable “por naturaleza”, que su “situación de vulnerabilidad” es producto de formas de organización social concreta, propias de sociedades donde predomina una cultura machista y misógina, en la cual las mujeres comparten una condición de subordinación que se traduce en pobreza, discriminación, trato inequitativo, violaciones, acoso, explotación laboral y sexual, desapariciones, feminicidios.

El ser mujer en estas condiciones supone el primer grado de vulnerabilidad.  La pobreza y la poca preparación se convierten en dos grados más de vulnerabilidad en una sociedad clasista que desprecia a los grupos sociales cuyo hacer en el mundo no les permite llegar al éxito tasado en la acumulación de bienes materiales. Por su parte, ser niña o joven conlleva desventajas asociadas no sólo a la poca experiencia sino a la falta de recursos mentales, morales, económicos, incluso de fuerza física para defenderse.

En este contexto, la desaparición de mujeres adquiere un carácter machista, misógino y clasista, pues en su gran mayoría son niñas y jovencitas pobres las que son vistas como “objeto-mercancía”, listas para ser “llevadas”, vendidas, violadas, prostituidas, mutiladas, asesinadas, todo en el contexto de un mercado donde la demanda por niñas y mujeres jóvenes aumenta día con día en el marco del fenómeno denominado “trata de personas”, delito por el que miles de mujeres son forzadas a prostituirse, siendo éste el tercer “negocio” más lucrativo en el mundo,  ocupando México el nada honroso quinto lugar mundial en trata de personas.

Asociado a este fenómeno se encuentra otro igualmente preocupante, muchas de estas jovencitas que son secuestradas, aparecen asesinadas tan sólo unos días después de su desaparición. Sus cuerpos muestran señas de violaciones múltiples y de un terrible abuso, con la columna y las pelvis fracturadas y las piernas dislocadas. Esto induce a pensar que son “utilizadas” en algún tipo de “acción comercial rápida” y después “desechadas”; esto es, no todas las jóvenes que tienen la desgracia de caer en manos de las redes delincuenciales son secuestradas para explotación sexual por meses o años.

En ambos casos, se combinan el odio y el desprecio hacia las mujeres con una posición clasista en la que se considera a los pobres como una especie de humanos de segunda, cuyas necesidades, deseos, derechos, sueños y esperanzas son subordinados a un “interés superior”, como la satisfacción del deseo sexual morboso y criminal, incluso de poder, de cierto tipo de hombres sin escrúpulos y con alto poder adquisitivo que pagan por violar o ver violar, mutilar y asesinar a quien consideran inferior a ellos. Así, las mujeres pobres, niñas y jovencitas, son tratadas como “carne de mujer joven”, “producto” altamente demandado por un cada vez más lucrativo negocio y un mercado en expansión.

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