Por Luis F. Alcántara
(9 de julio, 2014).- Primero, una confesión: ante la necesidad biológica de jamás dejar una historia a medias (sabemos, según decía el poeta argentino Roberto Juarroz, que Dios inventó el mundo porque le gustan las historias), me senté en un sillón de paciencia, bien mentalizado, y puse play para ver la segunda parte deNymphomaniac (sí, la segunda parte: piratería, divino tesoro), tal cual había jurado no hacer. Me arrepiento infinitamente de mi debilidad. Mea culpa.
Ahora sí, les cuento, eximios lectores, que, antes de sentarme a escribir estas letras, le pregunté a veinticinco personas que habían visto la primera parte cuál pensaban que sería el final. Veintitrés respondieron: la chica y el viejito acabarán teniendo sexo. En seguida les di un pequeño dato y sucedió lo siguiente:
-Al principio de la segunda, el viejito le declara a la chica que es virgen y se considera a sí mismo como asexual.
-Ah, entonces al final él se la va a querer coger.
Todos de acuerdo.
Sin duda, las dos partes de Nymphomaniac son películas distintas. La segunda, mucho mejor que la primera, pues se nota un germen o un indicio del pensamiento que Lars von Trier había mostrado en otras ocasiones. Pero esta vez se queda muy corto. Sí, mejora. Sin embargo, no logra articular un constructo intelectual convincente. Parece que quiso abarcar demasiados temas (sólo con pensar que la producción original duraba más de cinco horas podemos intuirlo) y no logró insertarlos en una misma historia. Además, las maneja en un orden aleatorio, sin darles un seguimiento lógico. El complicado sistema de referencias construye una secuencia débil, inestable que en ocasiones pierde o desconcierta al espectador. De cualquier modo, el acercamiento a temas filosóficos, sociológicos y literarios se queda muy corto. Su exploración de la psique resulta demasiado superficial, sobre todo, insisto, si lo comparamos con anteriores intentos, más logrados, y que no merecen más que el calificativo de genialidades, dígase Dogville, Dancer in the dark, Anti Crist. El cineasta danés quiso, en esta ocasión, resumir al Marqués de Sade, a Schopenhauer y a Freud en cuarenta y cinco minutos. Intento inútil: si no es Gorostiza (quien podía hacerlo en tres versos).
De nuevo ensaya cierta crítica social aderezada con mínimas pulsiones de humor negro, pero ni esto logra. La creación de una especie de anti-heroína posmoderna no le ayuda para ahondar en los temas propuestos. La narración tiene toda la estructura de una sesión de psicoanálisis, lo cual no justifica el angustioso desorden y la falta de argumentación de la historia. No es lo mismo que las cosas pasen una después de otra a que sucedan una debido a la otra, lo sabemos desde Aristóteles. Una película que no piensa y no hace pensar. Su intención pareciera ser mostrar la infinita gama de perversiones humanas, reducidas sólo a la sexualidad y llevadas hasta lo absurdo. Un rompecabezas que no encaja. Un collage ridículo, carente por completo de uniformidad y ritmo. Una trama demasiado parchada. Una estructura bastante convencional. La sesión de psicoanálisis termina y el final resulta absolutamente predecible: Seligman intenta cogerse a Joe, pero ella no se deja. Así de pueril.
Al más puro estilo de la Selección Mexicana, Lars, tras darnos un primer tiempo de espanto, mejora bastante en el segundo, pero eso no le alcanza para ganar el partido.

