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Comida, no bombas: el colectivo que quiere alimentar a México (GALERÍA)

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Valentina Pérez Botero / @vpbotero3_0

 

(12 de mayo, 2013) Una acción, dar comida gratis, sirve para demostrar que el hambre, la desnutrición y sus contrapartes, la obesidad y la diabetes, son deformaciones del mercado de la comida: México produce alimentos suficientes para abastecer a sus habitantes. El problema radica en la distribución, mientras en los almacenes de ciudades como el DF, frutas y verduras de buena calidad se tiran, grandes porcentajes de la población mueren de hambre.

“Comida, No bombas” es un colectivo de jóvenes que busca que las prioridades del gobierno se reviertan ¿Es más importante la inversión en guerra que dignificar la cotidianidad de sus habitantes al asegurarles un sustento diario? Ellos dicen que no, las manos deben empuñar –hacer, cocinar- comida y no armas.

Jackie lo sintetiza mientras sirve un plato de comida vegana gratis frente a la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) “Nosotros demostramos que comida hay –mientras señala ollas llenas-, lo que falta es voluntad”.

La mesa donde se sostienen los alimentos es plegable, la condición de hacerla transportable radica en la operación del colectivo, desde que empezó hace un año han repartido comida en lugares itinerantes –Monumento de la Revolución, Ciudad Universitaria, estaciones de metro- y ahora están frente a la Sedesol para que su acto sea doble: de protesta contra la Cruzada contra el Hambre y de oposición.

El colectivo tiene su raíz en el Martes Vegano que se hacía en el mercado de Medellín, en la colonia Roma de la Ciudad de México. El grupo se reunía en las afueras y empezaba un peregrinar por los puestos pidiéndole a los comerciantes que les dieran las frutas y verduras que ya no venderían: mangos un poco magullados, plátanos negros, cilantro, un poco café; todo en buen estado pero ya no deseable para los compradores habituales.

La comida, en lugar de terminar en la basura, se reciclaba, servía para cocinar y alimentar. Después Alle y dos amigas atrajeron la idea de “Comida, No Bombas” de Estados Unidos y la aterrizaron a México. La dinámica era la misma: recolección-reciclaje de comida, transporte, cocina, y entrega de alimentos.

En México existe el colectivo en ciudades como Monterrey, Puebla y en el DF hay en el centro, sur y en  Iztapalapa.

Un señor pasa con el plato de comida a reventar –sopa, ensalada, pan-. Tiene un poco de risa nerviosa que delata que no lo puede creer, fue gratis “¡Ataque al hambre!” grita mientras se escabulle entre la gente que se acerca a la mesa.

La gratuidad de la comida es una irreverencia en sí: no importa cuánto dinero haya de por medio, todos tendrán acceso a los mismos cubiertos, platos y comida; el colectivo no acepta donaciones de dinero porque lo que más le cuesta a la gente, dice Alle es “invertir cinco horas de su vida en algo como esto”.

Gratis, sano y consciente, cada 15 días, los siete miembros estables de “Comida, No Bombas” volverán a atacar la ciudad con el cariño que saben cocer: comida, para que la gente pueda concientizarse mientras mastica; el colectivo lo resume “ Porque no se puede luchar con el estómago vacío”.

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