Edna Rodríguez / Proyecto Diez
*Artículo de opinión
(09 de septiembre, 2014).- Cuando mi hija tenía dos años su papá murió, ella convivía mucho con él todos los días, lo reconocía muy bien, los vecinos de arriba me decían que lo escuchaban contarle cuentos moderando la voz, la gente del barrio los identificaba plenamente, muchos vecinos sabían cómo se llamaba mi pequeña. El papá la llevaba en brazos como si cargara un trofeo. Eran bastante parecidos entre los dos, cualquiera se daba cuenta de que se trataba de su hija.
Cuando podía -una o dos veces al año- nos íbamos de vacaciones a Puebla de visita con mis papás. Mi esposo sólo fue una vez, no estaba interesado en ir de nuevo jamás. En realidad, él casi no salió de la ciudad salvo contadas veces, por eventos literarios a los que lo invitaban a participar. Cuando volvíamos a casa, mi hija hacía un gesto raro porque no reconocía de inmediato a su papá tras varios días sin verlo. Eso le hizo creer a él que su hija podría tener otro papá con sólo acostumbrarse a una cara distinta.
Para ella no había otro que no fuera él. Una larga noche estuvo esperando, pero su llanto no fue suficiente para conseguir que él estuviera con ella, ni que la arrullara como siempre lo hacía. Se durmió hasta que se cansó a pesar de que resistió esperanzada. No me imagino cómo fue para ella ese periodo de ausencia. Recuerdo que había tres cosas que le recordaban a su padre, un llavero plateado y plano con la figura de una niña que era donde traía sus llaves, una pluma que llevaba en el bolso de su camisa y su mochila negra. Mi hija hablaba muy poco, se volvió un lorito hasta después, así que se limitó a nombrar esas cosas por “papá”.
Las fotos que celosamente empecé a guardar, mi hija llegó a verlas, y sin dudarlo si quiera les daba un besito, me decía que él estaba en un jardín de flores, que ya iba a llegar, pues ella lo estaba esperando desde entonces. Al ver que el tiempo pasaba y no llegaba, comenzó a articular preguntas y juicios al respecto.
En una ocasión no quiso darle un beso a una fotografía que su abuela mantiene de recuerdo, dijo literalmente “no, no quiero, se ha portado muy mal, no viene a verme”. No viene a verte porque tu papá ya murió, le expliqué una vez estando a solas. Guardó silencio, como reflexionando el asunto, o quizá como si no hubiera oído decir nada. Después de todo qué podría significar para ella el concepto morir. Tras una pausa, continué. Morir significa que no lo volverás a ver, nunca más. Cuando dije eso sollozó un pequeño pero claro “noo” y me abrazó muy fuerte. No fue necesario decirle más nada. A su manera, había entendido.
De todas maneras, según ella, a lo mejor podría volver y por eso de vez en cuando se asomaba a la ventana esperando que regresara del jardín. No volverá, pequeña, eso significa morir… Quizás era duro recalcárselo pero era importante que entendiera que su papá no andaba por ahí sin quererla ver.
Un día me di cuenta que ella ya no lo recordaba tan vívidamente como al principio. Su pregunta entonces ya no era dónde está papá, sino cómo habría sido su papá, y desde luego -por sus propias limitantes de la edad- sospechaba que posiblemente nadie lo había conocido. ¿Tú conociste a mi papá?, me preguntó una vez. Al principio me desconcertó, porque para mí era una obviedad. Luego entendí que ese era el comienzo de la aceptación de su muerte.
Por ahora ella no relaciona a sus abuelos paternos con su papá biológico, pero los frecuenta y a su manera le explican dónde está él. Por eso ayer en la mañana me dijo antes de irse a la escuela, “mi papá que ya murió está en el cielo”… no la contradije, no está en edad para que le contradiga las creencias de sus abuelos, es mejor respetar cuando las personas se aferran en creer en el cielo (y en el infierno en la “otra” vida). En fin, una niña que ve el cielo y sabe lo que es… ¿para qué confundirla más? No asenté su dicho, pero me limité a contestar: así es, ha muerto y tú ya tienes a tu papá que es… ¡Fer!, exclamó con su vocecita.
Así es, ella muy chiquita quedó huérfana de padre pero un año después me casé otra vez. Su papá se llama igual que su padre biológico, pero eso a ella no le causa confusión, ni a mí tampoco. A su debido tiempo, conforme ella lo pregunte, habrá maneras de explicarle dónde está él, de qué murió… y quiénes la cuidan y la quieren mucho.


