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Continúan las víctimas del crímen organizado en Edomex

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Por Alejandro Melgoza/@RHashtag

(22 de marzo, 2014).- Homerito, conocido así por su baja estatura y su simpatía, impartía matemáticas, una de las materias más temidas por los alumnos de primaria y secundaria, no obstante, implementaba día tras día una fórmula que permaneció grabada en múltiples generaciones: mostrar interés por sus aprendices para que continuaran adelante, fuera cual fuera su sueño.

Como otros docentes, Homerito entendía que el rigor educativo sin un toque humano no tenía sentido. “Su forma de ser te dejaba la puerta abierta para verlo como un amigo y no sólo como un maestro. No te regañaba. Te hablaba. Buscaba que cualquier problema escolar o no, lo solventaras de la mejor manera”, comenta entristecido su alumno Hugo –hoy universitario egresado, cuyo apellido no será revelado por seguridad–, luego de que el pasado 19 de marzo se enterara de que lo intentaron asaltar y al resistirse fue asesinado con dos tiros en la cabeza, en la Colonia San Martín, Naucalpan, Estado de México.

Dicha entidad, cabe resaltar, gobernada por Eruviel Ávila Villegas, ha devorado millares de ciudadanos, ha destruido miles de sueños, ha provocado inmensos dolores en familias completas que el gobierno ha pretendido silenciar con inservibles indemnizaciones. Y sólo queda el recuerdo, las anécdotas, las enseñanzas… fotos de las víctimas sonriendo en otros tiempos, y ahora escondidos tras un montón de velas derritiéndose al mismo tiempo que los cercanos lanzan de su boca oraciones, según sean las creencias.

Sólo queda la memoria, como aquella que invoca Hugo, perturbado por la noticia que recibió de su amigo, cuando éste le marcó y le narró lo sucedido. Él no lo podía creer, quedó atónito mientras recorría las instalaciones de su escuela, consternado, con los ojos mirando en el vacío. Sin embargo, días después rememora: “Se notaba que le apasionaba dar clases. Tenía tacto para cada alumno. Y le latía cotorrear”. Aclara: “Era un profesor que no regalaba la calificación. Hacía que te esforzaras”.

Homero Solano tenía 45 años de edad y viajaba en su vehículo modelo Ford Focus aquel miércoles a las 14:00 horas, cuando fue interceptado  por tres delincuentes sobre la calle Prolongación Camino a las Minas, esto a tan sólo 50 metros de la escuela. El modus operandi consistió en que una mujer que cargaba a un niño de 11 meses distrajo al docente ubicándose frente al auto, por lo cual los otros dos lo apuntaron con un arma de fuego exigiéndole el carro. Él se negó, razón por la que jaló uno de ellos el gatillo de la calibre 9 milímetros, sembrándole dos balazos mortales, entonces se llevó a cabo un operativo.

Los aprehendidos fueron  José Samuel Martínez Camacho, de 28 años de edad; Fermín Villalba Zúñiga, de 31, y Tania Manzano Ramírez, de 22 años de edad. El otro está acusado de matar al maestro, llamado Juan Pablo N, de 16 años de edad.

Ahora, Homerito, injustamente pertenece a la lista estadística de homicidios dolosos calculada cada año. En la última generada por el semanario tijuanense Zeta, se colocaba al Estado de México en la segunda posición con 2 mil 367 ejecuciones en tan sólo 14 meses desde que inició el peñanietismo. La demarcación mexiquense ya puede ser equiparada delincuencialmente a otros estados del norte, pues las dinámicas son similares en municipios como Naucalpan, Cuautitlán Izcalli, Tultepec, Ecatepec, Neza y Chalco.

Estado de México: tierra sin ley, reinado de plomo y sangre, demarcación donde el crimen en connivencia con las autoridades sofoca cada día más el ejercicio honesto de los ciudadanos. Y la respuesta sigue siendo la misma desde hace décadas: El silencio. Aquel decibel comúnmente ejecutado sistemáticamente en las estructuras políticas que no tienen ninguna solución, porque el problema continúa como carcinoma incrustado en el corazón de sus administraciones. El caos ha resultado más complejo que el narcotráfico, es la mismísima corrupción e impunidad aferrada en toda la cadena de servidores públicos, sean bajos o altos. Con una estrategia de seguridad ineficaz que lejos de reconstruir el tejido social, lo extingue de una manera demencial.

El sexenio pasado fue Enrique Peña Nieto quien exacerbó la inseguridad en plena “guerra” contra el narcotráfico declarada por Felipe Calderón Hinojosa. Hoy está Eruviel Ávila Villegas, quien ha pretendido someter a los medios locales y nacionales que lo apuntan críticamente, mediante tácticas antiguas: compra masiva, chayo (soborno, de acuerdo con la jerga periodística) o amenazas. Quiere evitar a toda costa establecer al Estado de México como prioridad en la seguridad nacional.

Pero todo se está desbordando, cada año termina siendo más violento. Siguen sorprendiendo. Tan sólo ayer en esta misma entidad, durante un enfrentamiento entre secuestradores y policías estatales, resultaron dos fallecidos: una niña de 14 años y un adulto de 50. Así como un varón de 16 años lesionado con una bala en la cabeza, al parecer con posibles daños cerebrales en adelante.

La muerte es dolorosa, pero la muerte en México es aún más, puesto que en este país está implícito un arrebato violento rompiendo el orden natural. Como prueba de esto, se encuentran los más de 60 mil muertos por la guerra contra el crimen organizado. El recuerdo no es suficiente, tampoco la justicia, la venganza menos, ni otra cosa, más que el anhelo de volver a ver, tocar, hablar y convivir con esa persona que fue devorada  por una situación caótica, propiciada en mayor medida por quienes administran las decisiones de la República.

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