spot_img

Crónica Godinez del metro de la Ciudad de México: Todo por 5 pesitos

- Anuncio -

Como parte del sistema de transporte colectivo de la Ciudad de México, con ustedes: el Metro. Un lugar que en su tiempo fue una de las novedades que permitía que la población del entonces Distrito Federal de los años 60’s se transportara de manera ágil y eficiente. Hoy uno de los transportes más lentos y menos efectivos de la ciudad.

Al metro lo podemos definir de muchas maneras:  tianguis ambulante, una mini central de abastos, por aquello de los olores, biblioteca, restaurante ambulante, ¿quién no se ha “echado unos tacos sudados” en el  metro la Raza justo antes de empezar el largo transborde?, ring de box de puño limpio, incubadora de fluidos y bacterias de todo tipo, etc.  

Hoy pasadas las 6 de la tarde abordé el metro Sevilla de la Línea 1,  una de las más asediadas por los “godinez” y al ver el reloj al entrar solo pude decir: “ya chingue”. Metro lleno, mil godinez “arrejuntados” unos sobre otros, mujeres quitándose los tacones para ponerse los cómodos “flats”, las señoras con 20 bolsas estorbando el paso, los niños gritando  por el calor que poco a poco nos ahoga y es que nunca falta el señor que suda como si estuviera en el vapor y parece que acaba de salir de la ducha sin dejar de mencionar el olor que emana de sus poros. En fin, me resigné a que me  esperaban unas horas de incomodidad y muerte lenta. Me acerqué al grupo de personas que se empujan para lograr un “cachito” de piso para entrar a algún metro que cada vez es más tardado en pasar.

Meme tomado de la red.

Por fin logré entrar, bueno no fue consensuado, me metieron a la fuerza, a empujones y con un codo que casi me atraviesa, traspasando el pulmón y rompiendo mis costillas para lograr que yo y el de atrás entráramos.  Una vez adentro y aguantando la respiración, sintiendo el brazo de uno, la mochila del otro, y la “cosa” de otro, si, la “cosa”, no cabía ni una aguja en ese vagón, o sea había una cercanía muy exagerada, es natural que al sentir fricción y cercanía de otros cuerpos, este reaccione de alguna manera, y más cuando son reacciones que el cuerpo no puede controlar. Y es que cuando hay emoción en un cuerpo, este siempre lo hace notar. Los hombres que lean esto lo entenderán. Algo incómodo, pero más que pena el dueño de la “cosa” parecía feliz.

No podía mover ni la mano para bajarle a mi música y es que comenzó uno de esos “gustos culposos” y por la cercanía me dio pena que escucharan que traía nada más y nada menos que  “la guarapera”,una cumbia guarachera de esas como para “rumbear” en los lugares más bajos de la calle de Cuba, Eje central o Garibaldi. Al no poder alcanzar el manos libres del celular me resigné a que todos oyeran los 5 minutos de “sonidero extended” que traía en mi iPhone 7.

Durante el recorrido no falta el cínico que grita que se va a caer justo cuando ni un fantasma podría atravesar de puerta a puerta, muchos se ríen otros solo lo ven con cara de lastima y es que tal vez nos hace falta reír más, aceptar que por $5 pesitos viajamos de norte a sur, con un sin fin de olores, sabores e historias, sin comodidades, un poco violados, pero hasta hoy es la opción más económica.

El miedo me recorre, se acerca la estación Pino Suárez, los godinez se preguntan entre sí, ¿bajas en la que sigue? y así repiten varias veces pero aunque muchos hacen el esfuerzo en abrirse camino es imposible, así que en sus rostros se dibuja un toro dispuesto a embestir a cuantos estén dentro y no bajen y aun así los bajen a empujones.  Un juego que  al principio da risa, por la impotencia de no querer bajar y te empujen hacia fuera y de querer subir y no dejes que bajen los que desde dentro empujan. Empieza la “empujadera”, la guerra de los de adentro que quieren salir, contra los de afuera que quieren entrar y los de adentro que no quieren salir y que los sacan y que quieren volver a subir.

Meme extraído de la red

Al fin se logran cerrar las puertas, volvimos a quedar ojo con ojo pero ahora, por el movimiento, estás frente a otro y tienes detrás al que estaba delante y así sucesivamente, es cuestión de suerte.

Llegamos a Zaragoza una estación antes de mi meta, Pantitlan. Y es cuando me siento casi en casa. Llegando casi a la meta es donde una mano mágica baja la palanca rojita, esa que bajan cuando hay una emergencia, cuando hay un robo, una pelea, un incendio, algo que de verdad a merite que la seguridad del metro ponga atención. Una señora peleaba con un señor porque según la señora, el señor la venía tocando, el señor le replicaba que se fuera a la sección de mujeres o en taxi si quería ir segura o cómoda.  Una discusión que duró más de 20 minutos, y que mantuvo al metro inmóvil en medio de las estaciones Zaragoza y Pantitlan.

Decidí volver el audífono a mi oreja, que por  curiosidad de la pelea me quité, y seguí con mi reproducción aleatoria hasta que ahí en medio de la nada sonreí y pensé, tal vez mañana la gente se bañe y esto huela mejor, tal vez mañana el amor de mi vida sea quien me empuje o quizá mañana deba cambiar las canciones que escucho mientras viajo a casa, esos gustos culposos me pueden delatar y si es verdad que el amor está por llegar como dice mi horóscopo desde hace meses, no quiero que se espante con semejante sonidero del “peñon de los baños”.

- Anuncio -spot_img

MÁS RECIENTE

NO DEJES DE LEER