El regocijo que aquella pareja de amigos encontraba en sus debates no era por el simple placer de entender nuevas cosas, sino por la extraña necesidad de convencer al otro a toda costa.
Esa tarde, sin falta, como cada miércoles desde hace varios años, se reunieron en el acostumbrado café, pero ese día las cosas fueron diferentes para los dos. El aroma del expreso doble con el que solían comenzar sus reuniones —aunque era el mismo— no surtió el efecto placentero que siempre había conseguido, ni siquiera el primer cigarro logró transformar la ansiedad que ambos llevaban a cuestas.
Después de haberse saludado se gestó un silencio prolongado e incómodo, eran muy conscientes de que al abrir la boca podría desatarse una verdadera riña intelectual, pero al mismo tiempo la necesidad era tan grande que rogaban porque el otro comenzara, pues sabían muy bien que la pauta no es del que empieza sino del que refuta.
En el tercer cigarro, Miguel Ángel no aguanto más, —es obvio que te enteraste sobre los visitantes— dijo con un esbozo de sonrisa. Juan rio, nervioso, y aclaró que era obvio que lo sabía, pero que estaba en total desacuerdo con llamarlos visitantes, —Es muy ingenuo pensar que acaban de llegar, es más que evidente que ellos ya estaban aquí desde hace mucho—, pronunció con severidad su postura.
Los alegatos subían de tono en cada intervención: que si tenían poderes psíquicos, que si su inteligencia iba más allá de lo conocido, que si querían conquistar el planeta o bien crear una nueva especie, que eran ángeles, que eran demonios, en fin, los últimos gritos terminaron en amenazas y acusaciones de ser infiltrados de estos seres, y los dos se fueron vociferando sin siquiera despedirse o tratar de calmar la situación.
Dos días después de este altercado, la mayoría de los gobiernos en el mundo salieron a aclarar el extraño avistamiento que había acontecido varios días antes, sobre unos supuestos alienígenas que bajaron en naves espaciales: —Lo que vivieron en muchas partes del mundo fue un experimento fallido de realidad aumentada por parte de algunos países que sería imprudente mencionar, nada de lo que vieron fue real, aunque todo pareciera indicar que lo era.— Esa fue la explicación en la que los voceros internacionales coincidieron, claro, con una disculpa escueta al final de sus comunicados. Miguel Ángel y Juan nunca más volvieron a tomar café juntos, nunca más se volvieron a ver.
La “verdad”, según Aristóteles, surge a partir de una opinión verdadera del alma acompañada de acciones éticas o rectas. Según Kant es “la adecuación entre el entendimiento y la cosa”, y a diferencia de Kant quien plantea a la verdad como algo relativo, Hegel dice que la verdad debe ser absoluta y de no serlo, no es verdad. Y así podría seguir por días e incluso años, estudiando y reflexionando con la interpretación de cada filósofo o persona con conciencia en este mundo, pero lo único cierto es que “la verdad” es inexistente en singular y la única aplicación correcta para referirse a ella es en plural.
Lo que hace más complejo al entendimiento de “las verdades” como un grupo singular de interpretación subjetiva es la mentira, pues ella sí puede escabullirse como singular o plural entre la retórica social, además, tiene la facultad de disfrazarse como verdad, aunque sea por un tiempo, y no se diga de su poder para generar verdades torcidas o a medias cuando se utiliza en la generación de suposiciones y opiniones.
Este es el mundo de extrañas “no verdades” donde han vivido y siguen viviendo la gran mayoría de los medios de comunicación hegemónicos. Esto debido a muchas causas, pero principalmente a que forman parte del ciclo capitalista, esta entraña generadora de capital simplemente deja fuera cualquier búsqueda ética sobre “las verdades” y los encierra en un sistema productivo donde comunicar se convierte en un método para obtener ganancias de cualquier índole.
Es muy común en estos momentos oír sobre la cantidad de noticias falsas que vivimos, sobre cómo los medios conservadores nos inundan día con día de especulación, mentira y distorsión, creando una grave sensación de incertidumbre y desamparo, por esta razón yo pregunto: ¿por qué a pesar de tener un gobierno de libertades, un gobierno que aunque no es perfecto (perfección que no existe en ningún gobierno), que desde el día uno ha buscado con absoluto ahínco reducir la desigualdad y las injusticias, todas estas empresas comunicadoras se empeñan en mentir, en inundarnos con falsedades en pervertir el criterio del espectador, escucha o receptor? Es muy fácil responder: siempre lo han hecho, ¡siempre!, lo que pareciera una tranquilidad en su forma de comunicar en el pasado era únicamente una alineación con el poder, y esto por simple lógica nos enseña que el poder de antes basaba todo en la mentira y el engaño.
El ejercicio de la búsqueda de las verdades muchas veces se dificulta por culpa de la nebulosa creada por estos entes dedicados al agravio, nos suelen confundir con batallas que sí están en el plano de las verdades, como es el caso del “Astillero” en el que su búsqueda tiene una legítima pero propia verdad. Aunque sus formas de especulación y comparativas generaron discusiones y desconcierto porque en su acostumbrado ejercicio comparativo llega a rozar prácticas malintencionadas de los verdaderos carroñeros de la información, aunque sinceramente prefiero por mucho el tipo de oposición que ejercen “Astillero” y Álvaro Delgado, por mencionar algunos (que no son muchos), al tipo de oposición embustera y simplista de las gárgolas ya muy mencionadas en este espacio.
El problema de comparar tan a la ligera a este gobierno con algunos de los inmediatos anteriores es que definitivamente no son lo mismo, aunque compartan prácticas de algunos funcionarios por la evidente transición en la que estamos viviendo. Sin embargo, la ligereza que pudieran contener estas comparativas no impiden que hagamos un análisis más profundo, en el cual nos daríamos cuenta de que “Astillero” tiene más un fin de llamado de atención que de ataque visceral, pero los tiempos aparentemente están muy revueltos como para tener espacio de reflexión, lo cual es lamentable por donde se vea, ya que genera enemistades sociales que siguen restando en lugar de sumar al entendimiento de las verdades.
El llamado urgente a todos los actores políticos —que incluye a los periodistas, aunque no quieran asumirse como tales— es a entender que el cambio en todas sus vertientes de “la verdad” no solo le corresponde al gobierno sino a todos: sociedad, los poderes del Estado y al periodismo. Urge un análisis y una reflexión autocrítica de parte de todos los actores para que, en esencia, busquemos cambiar las prácticas que pretenden equipararnos a otros a pesar de no ser lo mismo, con lo que lograremos, sin temor a equivocarme, que nuestras verdades sean cada vez más cercanas.
Twitter: @bastianbila


