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Día mundial de la libertad de prensa, ¿celebrar desde la represión?

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Redacción / @Revolucion3_0

 

Aprobado en 1993 por las Asamblea General de la Organizaciones de las Naciones Unidas, el 3 de mayo se instituyó como el día mundial de la libertad de prensa: un innecesario aviso de que existe el libre discurso y que toda sociedad necesita de profesionales que, de manera ética, investiguen e informen sobre lo que acontece.

En México, quienes usualmente están detrás de las noticias -reporteros, fotógrafos, editores- se han convertido en protagonistas de los encabezados. La razón no amerita ningún orgullo patriotero: en manos de criminales y gobiernos represivos, al menos 129 periodistas han muerto desde el año 2000.

El 3 de mayo llega como recordatorio de una labor inconclusa: los asesinatos de periodistas, los ataques a oficinas de diarios, las desapariciones, no se detienen. Mientras que el discurso apunta a un supuesto respeto a la labor periodística, la realidad obliga a robarle al calendario un día para celebrar -mejor dicho, hacer una llamada de atención- un derecho que toda ciudadanía debería ejercer en libertad.

Nos alarma que México se encuentre a la cabeza de una lista que usualmente nombra países considerados casi salvajes por su lejanía geográfica y cultural, y por sus constantes conflictos bélicos -financiados por ¿quién?-. Pero esa alarma sirve sólo para vender el noticiero en prime time. En la vida real, no importa el hecho de que el nombre de un país se repita en una lista negra. La información relevante viene detrás de ello: decenas de hombres y mujeres han muerto por dedicarse a revelar verdades que incomodan al poder (legítimo o criminal).  Criticar se convierte en disidencia. Estar en desacuerdo se vuelve razón para perder la vida.

Las historias se repiten en Siria, Arabia Saudí, Egipto, China, Pakistán, aunque no se limitan a estos países. Gobiernos de derecha e izquierda, de países desarrollados o en vías de desarollo, recurren a la intimidación, amenazas, espionaje y ataques físicos para silenciar a quienes aún creen en la importancia de exponer la verdad.

¿Hay algo que celebrar? Entre los periodistas que se han vendido a los gobiernos represores, que  han callado ante las intimidaciones, que han preferido mirar hacia otro lado, se alzan cientos de voces en contra del silencio que tanto cosechan quienes sueñan con tergiversar la historia, que pasen desapercibidos sus crímenes,  intentan vender una imagen falsa de sí mismos o, simplemente, desdeñan aquello que para muchos vale tanto o más que una vida: la verdad.

Que no llegue ese silencio anhelado por los poderosos es un signo de esperanza. Periodistas de todo el mundo continúan su trabajo entre la presión social, el miedo, la inevitable realidad sangrienta. Los medios libres se reproducen para dejar en claro que las palabras pesan más que las balas.

 

 

 

 

 

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