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Diario de la clase media

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Ivonne Acuña Murillo

(24 de octubre, 2013).- El despertador suena a las 4:45 a.m., el día comienza temprano para ella, después de bañarse y vestirse tiene que preparar el desayuno de la familia y el almuerzo de su hijo e hija para que coman en el recreo. Para no perder tiempo desayuna de pie y apura los últimos detalles antes de salir de casa pues, si no alcanza la pesera de las 6:20, llegará tarde a su trabajo.

Ya en la pesera, trata de relajarse aunque el tránsito a esa hora es infernal. No lo logra, al contrario, su estrés aumenta cuando oye decir al chofer que su hermano le acaba de avisar por radio que unos tipos malencarados, con gruesas chamarras, pelones por cierto, están asaltando al pasaje de esa ruta y que vienen armados

Antes, esa era una zona bastante tranquila, comprende una serie de colonias de ingresos medios y altos, a una de las cuales se fue a vivir cuando se casó y dejó la casa de su padre y madre. Le pareció un avance pues, aunque su infancia y adolescencia las pasó en una colonia residencial de clase media, el nuevo lugar tenía un estatus más alto.

En un principio tenía un buen nivel de vida. Éste incluía coche, electrodomésticos, ropa de moda, vacaciones, diversiones, una cava bien surtida, comidas exóticas, etcétera, todo lo que un buen salario puede comprar. Y una vez que tuvo familia pudo enviar a sus vástagos a escuelas privadas.

En menos de una década, todo cambió. Las crisis económicas comenzaron a hacer mella en su economía, el trabajo escaseó y no importó el alto nivel de estudios que había alcanzado. Pasó por etapas muy difíciles, tuvo que vender todo lo que había adquirido en los buenos años, comenzando por los coches. Cuando las cosas empeoraron, puso a la venta sus libros, discos, ropa, zapatos, para poder cubrir las necesidades más elementales de la familia.

A pesar de todo, logró mantener a su hijo e hija en escuelas particulares, era lo único que podía ofrecerles. Para lograrlo, hubo que sacrificar vacaciones, diversiones, reuniones con amigos y todo aquello que supusiera un gasto extra, dado que había que pagar las altas mensualidades escolares y todas las exigencias de los dueños de los colegios privados que, desde el sexenio de Vicente Fox Quesada, se sirven con la cuchara grande y cobran por todo, a sabiendas de que el amor que los padres y las madres sienten por sus retoños los hace víctimas idóneas y no dejaran de cumplir sus excesivas peticiones.

Así que, cuando se enteró de la intención del gobierno federal de gravar con impuestos las colegiaturas, vio amenazadas sus esperanzas de mantenerlos en la escuela privada. Afortunadamente, gracias a la presión social esa medida se vino abajo; también la de cobrar impuestos en ventas y rentas de inmuebles. No se salvaron las mascotas y su alimento, lo buen es que ya ni mascota tiene, pues sale caro.

Con el paso del tiempo, las cosas mejoraron pero no logró alcanzar el nivel de bienestar que tenía antes de una de tantas crisis, por eso tenía que viajar en transporte público, arriesgándose cotidianamente a sufrir un asalto o algo peor. Junto con el deterioro de la situación económica, la cuestión de la seguridad se volvió un asunto que atender y a pesar de los supuestos esfuerzos hechos por los distintos gobiernos, la inseguridad en las calles, en el transporte, dentro del auto y la casa incluso se volvió una constante.

De vuelta a la combi, ella pensó que por un tiempo pudo superar el nivel económico de sus padres pero que, ahora, estaba por debajo de éste. No alcanzaba a comprender del todo las razones de tal retroceso. Estudió más años que ellos, llegó hasta nivel de posgrado, aprendió computación e inglés, tuvo menos hijos, planificó su futuro, pulió sus modales, su manera de vestir y de hablar. Buscó desarrollar todas la inteligencias descubiertas hasta ahora, todo con el fin de realizar sus sueños y ascender socialmente. ¿Qué pasó entonces?

Sus preguntas se encaminan a descifrar las necesidades del actual mercado laboral y evitar caer de nuevo en el desempleo y con él en la exclusión, el rechazo, el abandono, los autoreproches, el desasosiego que provoca saberse sobre calificada y a la vez inútil, con la conciencia de que lo aprendido no sirve para colocarse de nuevo en un buen trabajo.

A estas reflexiones se sumó el enojo de saberse estafada por los monopolios a los que pagaba precios desmedidos por los productos que no valen lo que se cobra por ellos, por las altas tasas de interés que le cobran los bancos por los créditos y servicios que ofrecen, por los altos cobros de  empresas de servicios como electricidad, telefonía, internet, etcétera.

Cuando llegó al Metro, ya estaba bastante enojada. Ella, la clase media, pensó: por un lado el gobierno me cobra excesivos impuestos (lo de las colegiaturas no habrá pasado, pero se queda la tasa de al menos 30% de impuesto sobre la renta, el IVA, etcétera), mismos que no cobra a los que realmente tienen más en México. Por otro lado, las élites económicas dueñas de los grandes monopolios, de los centros comerciales, de los bancos, de las escuelas privadas me sacan lo que quieren sin que el gobierno proteja mis derechos, ni aún con todas sus procuradurías especializadas.

Por si fuera poco, cuando no intentan extorsionarme por teléfono, me hacen un secuestro express, o me retienen por semanas para cobrar un rescate. En eso estaba cuando…. “carajo, me acaban de asaltar antes de entrar al Metro”.

La clase media siguió con sus reflexiones sin reponerse aún del susto y el coraje. Para acabar pronto, lo que no me quita el gobierno en impuestos o las grandes y medianas empresas con sus descarados precios, me lo quitan éstos menos afortunados que yo y que, organizados o no, acaban por dibujar el cuadro de la clase que sí está en medio, manteniendo el nivel de vida de los de arriba y soportando la desgracia de aquellos de abajo, no todos por supuesto, que no encontrando salidas a su desesperada situación me quitan lo que los otros no han podido: el celular, la lap top, el iPhone, el iPod, el iPad, la cartelera, y lo peor, la tranquilidad.

Acabáramos, pensó la clase media, me friega el de arriba y me friega el de abajo, creo que estoy jodida.

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