Ivonne Acuña Murillo
(20 de diciembre, 2014).- “Una espina en los tenis del padrastro de Érika ofreció indicios de que podría ser el victimario de la enfermera de 19 años”. Así comienza el relato del espantoso crimen que terminó con la vida de Erika Kassandra Bravo, joven enfermera que desapareció el 3 de diciembre cuando supuestamente salió de casa para cuidar a un par de gemelos en la colonia El Mirador, en Uruapan, Michoacán.
Su desaparición y la crueldad de su asesinato motivaron una rápida movilización en redes sociales, una amplia difusión en medios tradicionales de comunicación y una pronta respuesta de las autoridades. No podría ser de otra manera cuando su asesinato se suma al ya de por sí complicado panorama de inseguridad vivido en el Estado, a pesar de la intervención federal para bajar el índice delictivo, y el hecho de que de manera inevitable se relacionara su caso con el del joven asesinado el 26 de septiembre en Ayotzinapa, Guerrero, Julio César Mondragón, cuyo cadáver apareció sin rostro.
El cuerpo de la jovencita fue encontrado, tan sólo 3 días después de su desaparición, el 6 de diciembre, en la comunidad de Las Cocinas, municipio de Uruapan, éste presentaba múltiples golpes y también el rostro desollado. En un primer momento, esta última circunstancia llevó a enlazar un caso con otro y pensar que tal vez esto no sería una coincidencia sino el inicio de un patrón; sin embargo, los hallazgos forenses y el informe de la Procuraduría General de Justicia de Michoacán, permitieron deslindar un caso de otro y afirmar que el homicidio de Kassandra fue perpetrado por su padrastro quien, a decir de algunos vecinos, la violó cuando tenía 15 años. Él mismo arrojó el cuerpo en el sitio donde la “fauna del lugar”, según el procurador de justicia de Michoacán, destrozó el rostro.
De esta manera, el asesinato de Kassandra se inserta en un fenómeno que atraviesa todo el país hace más de dos décadas y que ha sido catalogado como “feminicidio”. Éste último es definido como “asesinato de mujeres motivado por el sexismo y la misoginia, porque implican el desprecio y el odio hacia ellas, porque ellos sienten que tienen el derecho de terminar con sus vidas, o por la suposición de propiedad sobre las mujeres (…) (son) la expresión de la violencia extrema contra las mujeres y niñas. Representa una experiencia de terror continuo, donde figuran humillación, desprecio, maltrato físico y emocional, hostigamiento, violencia sexual, incesto, abandono”.
A su vez, el feminicidio se inserta en un fenómeno más amplio, la violencia estructural en contra de las mujeres y niñas, producida como resultado de la posición subordinada asignada a las mujeres al interior de una sociedad donde la cultura masculina domina y donde el menosprecio hacia “lo femenino” se convierte en una constante.
De acuerdo con cálculos del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio fueron asesinadas 5 mujeres cada día, dando un total de 3892 víctimas, entre los años de 2012 y 2013. De este número sólo el 15.75% fueron tipificados como feminicidios y de acuerdo con el Observatorio ese porcentaje no refleja la gravedad del fenómeno del feminicidio en el país. Esto se explica porque “después de tres años de iniciado el proceso de tipificación del feminicidio en México hay dificultades para la comprensión de las características de éste por parte de los operadores de procuración y administración de justicia, además de que existen prejuicios discriminatorios contra las mujeres, que obstaculizan la ampliación de los criterios para investigar y juzgar los asesinatos de mujeres”.
A lo anterior habrá que agregar que la cifra de 3892 no necesariamente se corresponde con el número real de mujeres asesinadas, pues muchas más han sido reportadas como desaparecidas y en realidad no se sabe si están vivas o muertas.
Pero los feminicidios, expresión máxima del odio hacia las mujeres, como se apunta arriba, no son los únicos hechos preocupantes que rodean la vida de las mujeres en México, en particular de aquellas pertenecientes a los sectores medio-bajos y bajos. Las desapariciones diarias, en especial, de jovencitas cuyas edades fluctúan entre los 12 y los 16 años y cuyo número real se desconoce, son altamente preocupantes.
Más preocupante es el hecho de que las autoridades estatales y federales se nieguen a activar la “Alerta de género”, ya no sólo en espacios locales sino en todo el territorio nacional o que, en su caso, sea un mecanismo discrecional y de aplicación arbitraria. Aunque ciertamente, dada la edad de las víctimas, la llamada “alerta AMBER” permite la coordinación entre las asociaciones dedicadas a buscar niños y niñas desparecidas, las autoridades y los medios de comunicación de masas, y es una herramienta que apoya la restitución de menores a sus casas, no es suficiente en el caso de las mujeres, pues su desaparición obedece a un bien establecido patrón delincuencial cuyo objetivo último es la prostitución forzada de miles de mujeres en México y otros lugares del mundo, lucrativa actividad basada en la esclavitud sexual.
Un indicador de este patrón es el perfil de un gran número de niñas y jovencitas desaparecidas en los últimos años, cuyas características son: morenas, delgadas, de rasgos finos y cabello largo.
De esta forma, al homicidio de mujeres se suma la desaparición de miles de ellas, la cual ha alcanzado en México niveles alarmantes a juzgar por las cifras que se manejan. Tan sólo en el Estado de México, entidad reportada como la de más alta incidencia en violencia hacia las mujeres, el fenómeno adquiere dimensiones inquietantes con la desaparición de 138 jovencitas, cuyas edades fluctúan entre los 11 y los 19 años, además de otras 34 con edades de entre 20 y 23 años, tan sólo en lo que va del año.
Los municipios donde se reportan estas desapariciones son: Atlacomulco, Calimaya, Chimalhuacán, Chalco, Ecatepec, Lerma, Metepec, Nezahualcóyotl, San Mateo Atenco, Tlalnepantla, Toluca, Zinacantepec.
Por supuesto no son las mujeres y niñas las únicas víctimas de desaparición y en el Estado de México se muestra un incremento en el número de desaparición de personas de ambos sexos y de todas edades. En 2007 fueron 170 personas reportadas como extraviadas; para 2008 fueron 183; en 2009 se contabilizaron 249; al tiempo que en 2010 fueron 44. Para 2011, las desapariciones generales se incrementaron notablemente al reportar mil 250 personas en dicha situación; un año después en 2012 fueron mil 554, y mil 527 para 2013.
Muchas son las preguntas obligadas en lo que respecta a las mujeres: ¿Qué pasa con el gobierno y la sociedad que observan cotidianamente como se ejerce violencia en contra de miles de mujeres y no hacen nada? ¿Qué tiene que suceder para que, como en el caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa, la gente salga a las calles a exigir la aparición con vida de LAS ADOLESCENTES Y MUJERES JÓVENES QUE DESAPARECEN TODOS LOS DÍAS EN MÉXICO? ¿Qué tiene que ocurrir para que la gente alce su voz en todo el país y fuera de éste? ¿Qué tiene que pasar para que exijan a los embajadores mexicanos una toma de postura al respecto? ¿Qué tiene que acontecer para que las autoridades responsables, en especial el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, el secretario de gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, todos los gobernadores y presidentes municipales, den cuenta de estos terribles hechos y pongan fin al sufrimiento de las mujeres y sus familias? ¿Es acaso que en México las mujeres no tienen el mismo valor que los hombres? ¿Es acaso que en México las mujeres son invisibles, en especial las niñas que pertenecen a los sectores populares y la clase media baja? ¿Es acaso que la sociedad se movilizará y el gobierno comenzará a actuar cuando las desaparecidas pertenezcan a sectores medios altos y altos?
Sin restar importancia al caso de los normalistas desaparecidos a “quienes vivos se llevaron y vivos los queremos”, cabe preguntarse por qué la sociedad mexicana no ha iniciado una movilización de la misma magnitud que la realizada en torno a los, ahora, 42 estudiantes desaparecidos y permanece impávida frente al grave problema social que representa la violencia en contra de las mujeres en su modalidad de feminicidio, desaparición y prostitución forzada, por mencionar sólo las formas más visibles. ¿Es que la escasa respuesta de las autoridades es sólo el reflejo de una sociedad que desprecia a sus mujeres y más si éstas son pobres? Cada quien sabe la respuesta a esta pregunta.


