(18 de marzo del 2014).- La mañana pareció ser un poco más larga para Enedina que para el resto de los asistentes. Desde las diez de la mañana, ella, junto a otras centenas de militantes del PRD en el Estado de México, arribó al Monumento a la Revolución sobre varios camiones que su comité local rentó para escuchar al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.
Entonces ya se advertía la premura entre las caras morenas o rojizas que perecían de deshidratación bajo los rayos del sol. Una ansiada espera se alargaba ya, a las 11 de la mañana, el mentado mitin por el que había venido a la Ciudad de México.
La celebración del 76 aniversario de la expropiación petrolera tuvo, para entonces, algo menos de solemne que en otras ocasiones: el 18 aniversario estaba atravesado por una “privatización” del crudo. Apenas tres meses antes, diputados y senadores del PRI y el PAN, aprobaron la reforma energética que abrirá el sector a la competencia privada.
Sin embargo, paro para Enedina, una mujer humilde, la pregunta sobre el futuro se resumía en algo más terrenal e inmediato que el “futuro de la nación”: “Me muero de sed, alguien páseme un vaso de agua”. Sin comer y sin otra protección para el sol que una chamarra a la cabeza, la deshidratación y el hambre abrían las puertas para la desesperación; sólo la música aliviaba su angustia.
La banda La Tempestiva de Texcoco, susurraba refritos de tambora, trompeta y bombo, canciones de la Arrolladora, Juan Gabriel, el Recodo y MS. Así, una y otra vez cantaban, a gritos, el arribo de la balada romántica mezclada con la lucha por el petróleo: Entre más te miro yo más me convenzo, que estar a tu lado me siento completo. Eres brisa fresca que baña mi cuerpo, eres un regalo bajado del cielo, me gustas bastante me fui hasta las nubes, por eso te quieroooo… (Hermosa experiencia, Banda MS de Sergio Lizárraga).
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Del otro lado del tumulto, bajo el inmenso coloso que sostiene los cuatro pilares de la Revolución (¿o el PRI?), o sea, la familia, los campesinos, los obreros y la educación, el excandidato a la presidencia de la república, Cuauhtémoc Cárdenas, colocaba un arreglo floral a su padre, el general Lázaro Cárdenas. Toda la plaza estaba tapada para el acto. Sólo la prensa y la izquierda trajeada podían atravesar el umbral de la solemnidad y el pueblo.
Ahí se encontraban el silencio del tumulto ausente, aderezado, por la banda de viento que armonizaba los apapachos y las fotografías de políticos con sus admiradores. Eso sí, nada de romances; más bien, un sonido triunfal como las épicas sinfonías de Silvestre Revueltas.
Poses y fotos
Por allí Miguel Barbosa, coordinador de los senadores perredistas, quien fue el más solicitado para el selfie grupal. Luego Dante Delgado, quien no sonrió por ningún momento. Aquí y allá, un René Bejarano sin un menor reparo de humor que el saludo lejano. Manuel Camacho Solís, siempre arreglándose la corbata. Dolores Padierna, arreglándose los chinos para la prensa, esa inmensa melena. Alejandro Sánchez Camacho, ignorado por casi todos.
Doble luto: se murió Cárdenas y la expropiación petrolera. Doble luto: en la aparente unidad, una elección en el PRD que puede venirse dura.
¿Ingeniero Cuauhtémoc, hasta cuándo dará postura si se postula o no a la candidatura de unidad para dirigir al PRD?
“No es momento para ello, ahora es el momento de las causas”.
Fue entonces, cuando rodeado de camarógrafos, se fue abriendo paso del cerco mediático. Caminaba a pasos lentos. Quebrándose. El hombre de la “unidad” sólo se detuvo unos instantes para dar muestras de la moral que aún impera: cuando los fotógrafos se lo solicitaron, accedió a tomarse la placa con Jesús Zambrano. “Nada de sectarismos”, alguien decía. “La izquierda debe de comportarse a las alturas para iniciar la Consulta Popular.”
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Hora y media después de lo programado, por fin comenzó el mitin.
Para esas alturas, Enedina ya se había perdido entre unas cinco mil personas que aguadaban, hacía tiempo, el llamado a conformar un Frente Patriótico para revertir la reforma energética. Cientos de banderas ondeando el logo del sol azteca. “¡Cuauhtémoc, amigo, el pueblo está contigo!”. Un vaho melancólico emergió del cerco, quizá la nostalgia del 88.
Una ronda de oradores sucedió tras otro. En primer orden, Alejandro Sánchez Camacho, Secretario General del PRD; luego, Juan Hugo de la Rosa, dirigente del PRD en el Estado de México; y así le llegó el turno a Jesús Zambrano…
“Compañeras y compañeros. Amigos y amigas todos aquí presentes. Me da mucho gusto que el día de hoy nos hayamos congregado aquí una buena cantidad de mujeres y de hombres mujeres comprometidos por un futuro mejor, por nuestro país, para nuestras familias, para nuestros hijos. Nos reunimos en un día complicado, en una mañana… La verdad, mi reconocimiento para todos los que estamos acá, porque con la presencia de ustedes, será la única manera en que será posible que salgamos adelante…”
Adelante se escuchaba muy bien. Muy limpio el mensaje. Pero atrás, pitidos anunciaban la distancia entre el templete y los asistentes. Separados, por lo menos, unos veinte metros.“Pinche puñalada por la espalda”, gritó una mujer. “Culero”, al unísono desembuchaban los Panchos Villas. Altavoces pitaban, se cobran las cuentas. “Pinche traidor”, terciaron algunas voces más. Por momentos, la “unidad” se resquebrajaba.
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Apenas quince minutos duró su melodiosa voz. Cuauhtémoc Cárdenas arrulló los corazones de miles de perredistas congregados en los alrededores del Monumento a la Revolución. Fue, quizá, el único que no levantó sorna en esa mañana donde lo único dulce, fue el canto de la música banda que derritió corazones e hizo desgañitar a mujeres despechadas.
¡Llamado a defender la patria! ¡Unidad nacional! ¡Frente Patriótico! ¡El petróleo es de todos los mexicanos…!
Después, el silencio nuevamente. Ni una palabra más. Siempre el petróleo, nunca las otras reformas. Ni una mención siquiera.
Algunos resabios del espectáculo matutino quedaron presentantes, y entonces, cuando nuevamente encontré a Enedina entre la gente que se retiraba, se pudo hacer el balance la mañana: “¿Ya tomaste agua?”, le pregunté. “Si.” “¿Qué fue lo que más te gustó del evento?”, arremetí de nuevo. “Hay, pues la verdad estuvo bonita la banda.” “¿Ya te regresas a Texcoco?” “Sí.” “¿Y ahora qué sigue en la lucha?” “Nos van a dar un desayuno”, se esfumó.
Que se te quite, ese orgullo mujer que tienes. Que se te quite, vivir entre las flores. Que hoy te digo, que ya tengo nuevos amores… (Cuatro meses, Banda el Recodo)


