Por: Zazil Carreras
Twitter: @Zazil3_0
México es un país de jóvenes: al menos 29 millones 706 mil 560 mexicanos tienen entre 15 y 29 años, lo cual conforma la mitad de la población total del país. De éstos, el Partido Revolucionario Institucional, en su modalidad de Nuevo PRI, solamente tomó en cuenta a 6 jóvenes que participan en la vida legislativa del Congreso de la Unión.
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos fija como requisito para ser Diputado o Senador una edad mínima de 21 y 25 años, respectivamente.
Sin embargo, a pesar de los cientos de jóvenes que existen en la estructura del Frente Juvenil Revolucionario (FJR) a nivel nacional, solo 6 de ellos lograron obtener una diputación, de los cuales sólo una es menor de 26 años y ninguno ocupa una curul en el Senado.
En comparación, la mayoría de los diputados o senadores de más de 60 años que integran los escaños del Congreso son pertenecientes a dicho partido.
El nuevo PRI no es nuevo en lo absoluto, se trata del viejo PRI, pero abiertamente derechista, que impulsa sin recelo sus políticas de aumento de impuestos y privatizaciones pero que, además, sigue siendo dirigido por los mismos políticos de siempre, porque no hay nuevos políticos dentro del PRI.
Así lo demuestra la misma estructura del partido, que dentro de sus Secretarías oficiales no incluye una Secretaría de Jóvenes, a pesar de la existencia del Frente Juvenil Revolucionario (FJR) que, durante la campaña electoral rumbo a las elecciones presidenciales pasadas, funcionara como un gran equipo de difusión y propaganda de Enrique Peña Nieto.
Sin embargo, a pesar de la gran labor que esto significó, fue poco fructífero en responsabilidades y cargos, a pesar de la labor de “formación de cuadros” que impulsa el FJR.
Pero, ¿de dónde surgen entonces los 6 diputados federales que representan al partido y a sus jóvenes? Provenientes de cargos minoritarios en sus estados, sin experiencia legislativa previa e incluso candidateados por compadrazgos y amiguismos, los diputados juveniles del Revolucionario Institucional no tienen en su haber grandes logros que sobrepasen lo que diversos integrantes del FJR han conseguido, quienes incluso se volvieron figuras representativas de su partido durante las elecciones federales pasadas.
Además, los jóvenes priistas replican el modelo de legislación de los diputados y senadores de antaño.
Un caso claro es el del diputado Fernando Charleston, legislador veracruzano que en días recientes hizo declaraciones poco claras sobre el futuro inmediato de su partido en lo relacionado a la compra de votos -por medio de programas sociales- en los estados en los que se acercan elecciones locales. “Lo mismo seguirá pasando en otras entidades”, aseguró, en medio de un discurso demagógico y eufemista que se encargó de enaltecer las supuestas alianzas políticas impulsadas por el PRI y los que considera avances “a pasos acelerados”.
El Partido Revolucionario Institucional ha sido, desde su fundación en 1929 y su refundación en 1938, un partido de Estado, hecho desde el Estado y para servir como instrumento en manos del Estado para gobernar a la sociedad.
La estructura del PRI nunca se ha parecido a la de ningún otro partido, pues no es una organización ciudadana, fundada por ciudadanos y manejada por ellos, sin embargo, tiene la misma finalidad: lograr el poder a través de elecciones. El PRI nunca ha sido una organización independiente del Estado, ni siquiera en el periodo en el que no estuvo en la Presidencia de la República, ya que aun cuando el Partido Acción Nacional (PAN) gobernaba desde Los Pinos, los gobernadores priístas seguían gobernando en sus entidades e incluso llenaron el vacío de los presidentes Fox y Calderón en diversas ocasiones.
A partir del 2012, cuando el panorama electoral ya era claro y se sabía que Enrique Peña Nieto sería el candidato presidencial del PRI, se comenzó a publicitar la idea de un Nuevo PRI, idea por la que él y su equipo comenzaron a trabajar desde que era gobernador del Estado de México.
El nuevo PRI es el ideal de un partido depurado de viejos vicios autoritarios, de costosa demagogia que ya no está acorde con los tiempos modernos pero, sobre todo, un PRI que pudiera ser de nuevo la gran maquinaria de poder que fue antes, sin peleas internas con corrientes ideológicas antagónicas. Un PRI que produzca nuevos liderazgos que logren volver al partido el instrumento que pueda responderle sin reservas a Peña Nieto.
Por tanto, los órganos de dirección del PRI siguen en manos de los dirigentes que han ocupado esos puestos desde hace años. Lo más nuevo en la estructura del PRI es la inclusión de Enrique Peña Nieto en el Consejo Político Nacional y la Comisión Política Permanente. En los más altos órganos de dirección, y en la estructura de altos mandos del PRI tampoco figura ningún joven.
Por supuesto que no se trata de una vuelta al pasado, la forma en la que trabaja el PRI actualmente no es tampoco una copia de antaño. La vida actual del PRI es la reproducción de un modelo de dominación, de presidencialismo autoritario en el que lo que menos significado tiene es precisamente el partido o sus jóvenes.
El partido seguirá siendo la máquina electoral y parlamentaria en manos del presidente, sin autonomía, sin vida propia, sin intereses propios y sin futuro para los jóvenes que ayudaron a que dicho partido regresara al poder, quienes forman parte de esa mitad de la población que sigue sin representación en el partido que gobierna actualmente el país.


