Por: Valentina Pérez
tw: @vpbotero3_0
(29 de marzo, 2013) Cuando se busca revestir el vacío y no proteger una protuberancia existente, el reto cambia. No existe un tamaño para dimensionar ni un límite natural para poner la barrera; es por eso que el condón femenino, a comparación del masculino, es una bolsa holgada y pálida, aparentemente exagerada en proporciones, cuando se compara con el preservativo convencional.
No se encuentra ni en supermercados ni en tiendas de autoservicio ni en sex shops ni en farmacias. El reto de conseguir uno es un trabalenguas de negaciones que sólo se compara al desafío de introducirlo.
Como una extraña paradoja, el producto sexual destinado a romper el monopolio de la protección masculina, resulta ser uno: sólo una empresa británica lo fabrica (http://www.femalecondom.org/, nota: sitio en inglés) y sólo en pocos establecimientos del DF, como condonerías y clínicas de planeación familiar, se consigue.
La funcionalidad del condón femenino y el masculino parece ser en la práctica la misma: proteger de enfermedades de transmisión sexual y embarazos, pero la naturaleza de su uso los vuelve antagónicos. El preservativo para los hombres está diseñado como aval de la excitación porque necesita la erección, sin rigidez no puede haber penetración ni se puede usar condón: su rutina asegura, casi al instante, la consagración de su propósito.
El femenino, en cambio, es una previsión. Se puede poner hasta ocho horas antes, caminar, usar el metro, correr, estudiar, trabajar, montar en bicicleta. Y cualquier otra actividad, sólo con una leve incomodidad que asegura a la portadora no olvidar la promesa de sexo que se introdujo: ponérselo equivale a querer estar preparada, inclusive antes de que haya excitación –que no es lo mismo que deseo–.
¿Cómo se usa?
La llave es una forma de ocho: oprimir por la mitad un aro flexible hasta que las paredes se toquen. Se debe introducir con el diámetro reducido y la tensión de los dedos combatiendo lo escurridizo del lubricante. No se necesita abrir exageradamente las piernas ni sentarse o acostarse. Basta una leve inclinación, incluso en el reducido espacio de un baño público, para que la entrada deje pasar la llave y todo lo que viene detrás.
Parece un vaso flexible. El aro interior sólo le da forma a una bolsa traslúcida. El ocho, por ello, debe ser impulsado hacia atrás, justo en lugar donde los tampones no son incómodos y es justo ahí, donde el aro se relaja lo suficiente para crear la tensión necesaria para mantenerlo dentro. El resto del vaso se desliza por las paredes y el último aro, la boca de la estructura, yace sobre los labios.
Elección
Los fabricantes dicen que una de las ventajas del condón femenino es el material con que está hecho, poliuretano, pues es una alternativa para las mujeres alérgicas al látex, el principal componente del condón masculino. (otros estudios)
A un costado de la caja del condón femenino dice “El placer es mío y la seguridad también” y aunque equivale a involucrar a la mujer en la responsabilidad de ambos –placer y protección en el sexo– tiene la desventaja monetaria que es, casi como en tamaño, tres veces mayor que un condón masculino, oscila entre los 50 y 60 pesos cada uno.
Y al recordar que el condón femenino es una cara promesa desechable, sólo se puede usar una vez, no hay nada peor que después de ocho horas, se tenga que tirar sin usar.