“Tengo en la memoria el último momento cuando vi a mi carnal, el difunto Gasparín, se encontraba adentro del ataúd y siempre me pregunté qué fue lo que lo mató (…) Se debió a la pinche droga”, cuenta Óscar Yahir, quien es un joven de 19 años, sin registro civil y sin apellidos, de complexión delgada, muy alto, de tez oscura y uñas largas.
Su rostro es amable aunque su situación diga lo contrario, aún así, él nunca anda con los tenis rotos ni ropa agujereada, sólo en ocasiones un poco sucia, “soy feliz así, aunque dicen que el que está en la calle es mugroso porque quiere. Yo al rato me baño, me corto el pelo y me cambio el pantalón.”
Él lleva viviendo 8 años en la calle a causa del maltrato que le daba su propia madre, quien es mesera de los bares de Garibaldi, y siempre que estaba alcoholizada, solía golpear y encerrar a Yahir junto con su hermano menor Aldahir.
“Al chile ahorita no ha habido persona que le tenga más miedo, ni a policías, como a mi jefa; porque mi jefa, como es de Garibaldi y ha estado en Tepito conoce todos esos barrios y pus (sic.) está tronada; además es bien alcohólica, ora (sic.) entiendo de donde viene mi alcoholismo”.
Esos fueron los motivos que orillaron, en un principio, a Yahir a abandonar su hogar y cambiarlo por una cama en el piso con algunas cobijas y establecer una rutina para pedir comida a la hora en que el metro abre sus rejas, una rutina a la par de los puestos ambulantes que rodean el recinto y que en ocasiones “le hacen el paro”.
A pesar de la discriminación y extorsión que sufren los llamados “niños rata” por las autoridades, en la calle Yahir encontró su libertad, sin rejas y sin encierros que suelen deprimirlo, pues Yahir sufrió cuando su madre lo dejaba en un cuarto de hotel, para pasar detrás de las paredes de varios internados como Casa Cuna Coyoacán.
“Aquí puedo tomar mis propias decisiones, aquí me puedo expresar como yo quiero, porque toda mi vida he estado encerrado. A pesar de que veas una pradera siempre va haber una reja y aquí eso no lo he visto, soy libre de ir allá o acá, si quiero recorrer el mundo, bueno, no el mundo pero si nuestro Distrito”, comentó.
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Por las mañanas, mientras los taqueros comienzan a freír el bistec y llegan sus primeros clientes a desayunar, Yahir se levanta e intenta conseguir algo para comer, arma el puesto de celulares, barre, a veces se va a “palabriar” (sic.) o a recostarse en los vidrios como hacen los faquires; en otras ocasiones se dirige a los mercados para ofrecer sus servicios: Tirar la basura, “o lo que se les ofrezca” para que le den “tantito corte”.
Sin embargo, algunos de los niños de la calle que viven con Yahir, al despertar lo primero que buscan es el tinher o resistol para inhalar, después comienzan a laborar y ganarse algunos pesos a cambio de quehaceres, como barrer el puesto de dulces de Doña María, con la escoba y la “mona” en mano, o como José alias “La Chepina” que, va cojeando a causa de que años atrás, lo atropellaron pero siempre saca las bolsas de basura del puesto de periódicos.
“Es así como a veces conseguimos de comer, otros chavos se cooperan para el chesco (sic.), aquí está muy el dicho, primero lo que llena y después lo que apendeja”.
Lo más consumido por los niños y niñas de la calle es el alcohol con el 44% en total, le siguen los solventes en un 23% y el tabaco con un 19%, todas ellas drogas legales.Sólo el 39% de la gente en situación de calle, asegura no consumir drogas regularmente, de acuerdo con datos recabados por el Gobierno del Distrito Federal.
Tan sólo el Distrito Federal alberga la mayor población de individuos en situación de calle en México, el último censo realizado a esta población, indica que de por lo menos 4014 personas, el 36% son niños y adolescentes.
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Yahir lleva un año sin la “mona” tras la muerte de Gasparín y, aunque ha estado anexado 3 veces, suele alcoholizarse por las noches, “cuando vienen las cosas pesadas”, es decir, las peleas con otros jóvenes de la calle, pero eso no afecta su percepción de haber encontrado ahí una hermandad, “porque todos pasamos por lo mismo y en la calle somos igual. Me han tocado casos que son idénticos a los míos, me platican de ellos y yo me reflejo, estando en la calle todos somos hermanos, aunque muchos no lo vean así, pero los que sí, son los hermanos de calle”.
Y continúa: “Si no te aceptaron en tu casa aquí está la segunda familia y no lo digo porque queramos otros valedores, cada quien su rollo, pero a los que no quieren en su casa, nadie se pasa de verga, aquí hay apoyo”.
Cuando el joven defeño llegó al metro Barranca del Muerto con el fin de encontrar un refugio, luego de varios días de haberse ido de pinta, y por miedo a ser reprendido ya no regresó a casa. Allí conoció a Gasparín, un joven que siempre lo apoyó, él me dijo: “aquí ya no vas a huir, aquí vas a estar, ya tocaste la puerta de cuarto seguro”. Después le enseñó las reglas para poderse quedar, es decir, no robar y respetarse entre ellos y a la gente que circula por el metro y las vialidades aledañas.
“Él me quitó muchas mañas, como robar, que me perdone Dios y mi San Judas pero al chile me gustaba un putero robar, llegué a robar en sucursales, Gasparín me enseñó que lo que se quiere se consigue, me dijo: ponte a chambear. (sic)”, señaló Yahir.
No robar y respetar son los valores bajo los que se rigen estos niños de la calle, sin embargo, la gente que transita suelen mirarlos con miedo y asco, e incluso con lástima cuando ellos se acercan con la “mona” en mano a pedir un peso, un taco o un chicle.
Son pocas las personas que rara la vez se detienen a mirarlos y brindarles una oportunidad, como Susana, una cristiana que los vista los domingos y les lleva comida, ropa o cosas que necesiten para su bienestar, y todos parecieran niños en navidad a su llegada, ellos la consideran como una madre, una verdadera amiga en quien confían más, dado que las propias instituciones se han acercado poco a ellos.
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De los 30 chicos que vivían en Barranca del Muerto, después del fallecimiento de Gasparín a los 20 años, murieron más, hoy en día sólo son 15. Es difícil tener una estadística de cuánta gente fallece en este tipo de poblaciones ya que no se cuenta ni siquiera con un registro de natalicios.
Ya sin Gasparín, los chicos se quedaron sin un líder, el difunto era el que los alentaba a dejar la droga, solía dar la cara por alguno de ellos e incluso los señores de los puestos aledaños le tenían un cierto respeto.
“La calle muchas veces no es como la pintan, sí hay maltratos, golpes, humillaciones, pero dicen que cada golpe es un escalón y vas sobresaliendo y es cuando más te das cuenta de qué está hecha la vida”. Cuando suelen tener peleas hay tubazos, correteadas y navajazos, “le doy gracias a Dios y mi San Judas porque ahorita te lo estoy contando”.
Yahir es un devoto de San Judas Tadeo, nació un 28 de Octubre y por ende piensa que es su padrino, trae consigo un escapulario y un rosario colgando en el cuello para todos lados, dice que en muchas ocasiones lo ha salvado de grandes golpizas, incluso de unos disparos.
“Por eso me late una canción que se llama escuela calle, porque habla de todo lo que pasa en la calle, que la vida no es de color rosa, y en la vida hay que echarle huevos, pues no es como la pinta un niño: el arbolito con la sonrisa. Si estoy solo pues yo solo para adelante”, narró a la reportera.
A pesar de los peligros que corre estando en la calle, su hermano Aldahir de 18 años lo siguió, duerme y vive con la “mona”.
“Él que ves ahí no es mi hermano, es la droga, con él habla la droga, siempre se anda madreando aunque siempre anda pidiendo disculpas”. Por supuesto que Yahir ha tratado de ayudarlo mediante las enseñanzas del “difunto Gasparín”, además de que ha estado anexado.
Ahora pareciera que Yahir es quien lleva las riendas del lugar, cuida a sus compañeros, es amable y con ganas de cambiar su forma de vivir, “si me meto a la escuela me salgo de aquí, ni modo que les vaya a decir que mi domicilio está entre Cóndor y los Alpes sobre Revolución, me va a dar pena, sí me gustaría salir de este pedo, pero la verdad voy a extrañar, porque ya me encariñé con el Metro.”


