(29 de noviembre, 2017. Revolución TRESPUNTOCERO).- “Por la tarde, comenzamos a salir de ese lugar hasta llegar a la escuela, en donde vimos que la seguridad pública estaba ahí presente, ellos nos llevaron a un salón.
Yo salí pidiendo permiso a los de seguridad pública y junto con 3 o 4 compañeros, rápidamente nos dirigimos hacia el lugar en donde fue la masacre para prestar auxilio a aquellos que pudieran estar heridos.
Llegamos y rescatamos a dos pequeños niños que estaban junto a su madre muerta, entre medio, el niño tenía una pierna totalmente destrozada y unas heridas enormes que hacía pensar que los calibres que utilizaron fueron muy grandes. La niña también tenía el cráneo completamente destrozado con la masa encefálica salida. Ella tiene 4 años de edad. Su nombre es Zenaida Luna Pérez”, narró Vicente Luna Ruiz.
Lo anterior es uno de los testimonios que se incluyen en un documento que contiene el análisis psicosocial de la masacre de Acteal, en poder de Revolución TRESPUNTOCERO, el cual da cuenta de una serie de hechos, testimonios y datos que fueron desconocidos por más de dos décadas.
Acteal: Resistencia, verdad y memoria, narra hechos no conocidos pero también las consecuencias que hasta hoy padecen Las Abejas, quienes recibieron numerosas presiones y amenazas por parte de grupos priístas y grupos paramilitares que se estaban formando en la región, para que dejaran de promover la paz. Cabe resaltar que el autor del documento es el Doctor Carlos Martín Beristain, quien formó parte del Grupo de Expertos Interdisciplinarios Independientes (GIEI), que se dedicó a investigar la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
El día 22 de diciembre declara: “alcancé a ver un número aproximadamente de 15 personas portaban armas largas y vestían pantalones de color negro disparaban en contra de los asistentes quienes caían heridos y muertos”, el testigo señala que dos hombres: Sebastian Luna y Victorio Oyalte, eran quienes disparaban y agregó: “este último inclusive disparaba contra hombres, mujeres y niños y portaba un rifle de los conocidos como cuerno de chivo”.
Los informes forenses y el análisis y conclusiones de la CNDH, “es probable que al menos tres de las personas podrían haber sobrevivido de ser socorridas en dicho momento. Esto se refiere a las víctimas Marcela Vázquez Pérez de 9 años, Alonso Vázquez Gómez de 46 años y Juan Carlos Luna Pérez de 12 años”.
Durante el momento del ataque, los sobrevivientes entrevistados señalan una situación de shock, de incredulidad sobre lo que estaba sucediendo, y por otra parte una vivencia de la inminencia de la muerte.
“Bueno yo, de mi parte, pues yo decidí morir, yo decidí morir, así dije: bueno ni modos. Porque ya escuchamos que llegaban los disparos hasta en la ermita, llegaban hasta ahí, hasta entraron ya pues los disparos ahí en la ermita. Bueno dije yo pues ni modos, si es que manda Dios, me muero acá, dije. Y así se acercaron. Bueno, lo que hicimos era salir de la ermita, ir a escondernos un poquito ahí abajo, ahí un lugar donde sale agua[…]”, dijo Diego Pérez Jiménez.
El impacto de la violencia cuando el perpetrador es conocido de la víctima aumenta en general el dolor y el sin sentido de los hechos, indica la investigación, en referencia que los sobrevivientes reconocieron a varios de los autores de los hechos, algunos de ellos eran incluso familiares suyos o vecinos de comunidades cercanas.
Además en este caso, a pesar de la denuncia realizada desde el primer momento, ninguna acción se tomó los primeros días frente a los perpetradores. Esto aumentó la sensación de injusticia e impunidad, y el sentimiento de desprecio de las víctimas y por su dolor.
Los sobrevivientes fueron testigos de cómo muchos hombres, mujeres y niños, caían heridos o trataban de huir corriendo mientras eran atacados. Según los testigos los atacantes iban con los rostros descubiertos y llevaban ropa de color azul oscuro similar a la que portaban las fuerzas de Seguridad Pública.
Según su testimonio, cerca de 50 hombres con armas largas y vestidos con uniforme oscuro como el de los policías del Estado comenzaron a disparar contra de toda la gente que se encontraba reunida en la iglesia. La circunstancia que llevaran esos uniformes y armas largas de grueso calibre ha sido señalada en numerosos testimonios de sobrevivientes, tanto en el momento de los hechos como en la actualidad, como un mayor desconcierto y perplejidad.
El Frayba explica que gran parte de las víctimas de la masacre se encontraban desplazadas de sus comunidades, “a raíz de la violencia generalizada en la zona, producto de la estrategia de guerra de baja intensidad, o de guerra irregular como la nombra el Ejército Mexicano que se puso en marcha por parte del gobierno de México después del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994”.
En tanto, Pablo Romo Cedano, Ex director del Frayba, dijo que, el ejército entrenó jóvenes. “Resulta que como yo visitaba con frecuencia la comunidad, una día llego en la mañana muy temprano con un camarógrafo y tomamos vídeo, de cómo estaban entrenando jóvenes.
Empezamos a ver que también había mariguana en donde se pone la policía, había ya matitas de mariguana ahí y empezaban a crecer las matitas después de un mes que estaban ahí presentes. Y dices pues estas cosas son muy claras quien las trae y para qué, y se las daban a estos jóvenes que estaban entrenando”.
Dicho entrenamiento suponía un proceso de selección, actividades propias de entrenamiento militar, presencia de algunos agentes del estado en los mismos, o incluso uso de drogas como parte de dicho entrenamiento.
Además las armas utilizadas fueron de grueso calibre y consideradas como armas de guerra. Según los casquillos encontrados en la zona y los testimonios de quienes conocieron los entrenamientos previos y de quienes fueron sobrevivientes, se trataba de AK47 y AR15 entre otras.
Las descripciones de los sobrevivientes recogidas en las entrevistas muestran que la masacre se dio como un ataque generalizado, con grupos de hombres armados entrando por varios puntos a la comunidad de forma coordinada para sitiar o encerrar a a la población.
Tres de cada cuatro víctimas fueron mujeres, y casi la mitad del total de víctimas fueron niñas y niños. El número de personas muertas es de 45, 18 mujeres adultas, cuatro de ellas con embarazos de entre 5 y 8 meses de gestación, 7 hombres adultos, 16 mujeres adolescentes o niñas de entre los 17 años y 8 meses de edad, más 4 niños entre los 15 y 2 años. El número de familias directamente afectadas con la muerte de entre uno y 7 miembros (que aumenta hasta 19 en un solo grupo familiar por parentescos como tíos/as, sobrinos/as entre los sobrevivientes) es de 20.
De dichas familias quedaron 78 personas vivas, de las cuales 48 son menores y de estos 35 pierden a su madre, padre o ambos. Sobrevivieron al ataque 26 heridos, en su
mayoría menores, 16 de los cuales fueron hospitalizados con heridas graves, que ponían en peligro la vida, que han dejado lesiones permanentes como dolores, cicatrices y afectando la función de órganos o extremidades.
“Yo estaba al lado de mi mamá, vi cómo le disparaban a mi mamá, a mí me dieron en la mano y quedé inconsciente, los que estaban corriendo para salvarse, me pisoteaban y los que iban cayendo quedaron encima de mí, me cubrieron de sangre, todo yo tenía sangre, hasta mis zapatos, y así subí a San Cristóbal de Las Casas.
Mi hermanito Emilio fue herido también, le pasó rozando la bala por la cabeza. Sólo se oían los gritos de mujeres, solo veía como se estaban desangrando, y se fueron quedando callados porque se iban muriendo”, dijo Javier Luna Pérez.
Por su parte, Catalina, una sobreviviente, describió: “nos empezaron a disparar por parejo todos los que estábamos ahí. Nos mataron a todos. Yo me salvé porque me escondí en un barranco con mi hermanito […] Mi mamá murió. Dos hermanas mías, uno de mis hermanitos estaba vivo cuando salimos. Me dijo: ‘a mí no me dieron, sólo le dieron a mamá’, empezó a llorar. Yo le dije: ‘no llores porque si no nos van a escuchar y van a venir a matarnos’ y se calló, pero mi otra hermana ya nunca salió.
Yo creo que se fue hasta abajo y ahí le dieron. Mataron a mi mamá y mis dos hermanas. Mataron a tres de nuestra familia. Otros de nuestros compañeros estaban ahí tirados. Las balas cruzaban las cabezas de los niños y los agresores decían: ‘eso sí, eso sí’. Se sentían aliviados ellos. Pensaron que todos habíamos muerto y fueron bajando hacia abajo en el arroyo. Fueron buscando a todos lo que estamos dispersados”.
El estudio cuestiona por qué un grupo armado de carácter paramilitar, organizado y entrenado con anterioridad; cuya actuación había sido denunciada ante la autoridades; portando armas de grueso calibre; que forzó la colaboración material y práctica incluso de personas que se oponían al mismo a través de pagos forzados y amenazas de muerte si no se posicionaban con ellos; con un fuerte discurso político sectario (Las Abejas son también zapatistas si no nos apoyan) del que formaban parte incluso algunos familiares de las víctimas; en un contexto de territorio sometido al control militar; atentó contra una comunidad en postura de neutralidad y pacífica, mientras las autoridades no respondieron ni a las denuncias previas y durante la realización de la masacre o incluso ayudaron a los perpetradores a escapar, es parte de la verdad que aún esperan las víctimas y sin cuya respuesta la herida abierta en Acteal no puede cerrarse.

