13 familias han sido expulsadas de su comunidad en el sur de México por motivos electorales. “Las autoridades” hacen presencia a fuerza de machete.
Por Aldo Sotelo
Las instrucciones eran simples, “a las cuatro de la tarde seguro lo encuentran.” El poblado pequeño, humilde pero con pequeños rasgos de desarrollo como un par de “cafés Internet”. La única calle “pavimentada” es la principal y atraviesa por completo a Galeana, un ejido ubicado en los últimos kilómetros del sur de México, en el estado de Chiapas. A la entrada, un letrero anuncia que ahí viven 2,650 personas y también una multa por conducir a más de 20km/h dentro de la localidad. Casas aún adornadas con propaganda electoral del PRI y Partido Verde Ecologista de México (aliado del PRI en las más recientes elecciones locales y federales), todas ellas con patios llenos con el producto de la última cosecha, excepto 13 que están vacías.
Delmar Aguilar Alfaro, quien preside el Comisariado Ejidal no se encontraba en nuestra primera visita a su casa poco después de las cuatro de la tarde. Calle por calle, que no son muchas, fuimos preguntando por los siguientes “funcionarios”. Arnulfo Aguilar Santiago del Consejo de Vigilancia y Julio César Vázquez Hernández, Agente Municipal, todos ellos integrantes de lo que denominan “Autoridad Ejidal” (órgano rector comunitario encargado de cuestiones agrarias). En cada una de las casas, se repetía la historia, en la última, un niño se escondió para no salir más al vernos llegar desde el patio de una casa cuya arquitectura resaltaba en el contexto socioeconómico prevaleciente de las demás y del poblado entero. En el auto azul de los guías, nos dirigimos hasta la biblioteca local, también conocida como la Casa Ejidal, que es el lugar en donde se llevan a cabo las asambleas y se discuten temas relevantes para los ejidatarios, aproximadamente 240 en Galeana. Cerrada.
Castigo a la desobediencia política
Mientras inspeccionábamos el lugar en busca de las autoridades, mujeres y niños se asomaban desde sus casas, quizá ahora el pueblo entero sabía que habían llegado unos foráneos. A un costado de una plaza con juegos infantiles y canchas deportivas, la cárcel, pequeña construcción de no más de 15 metros cuadrados, resguardada por una reja de metal, lugar donde pasaron al menos dos noches algunos de los ahora “desplazados de Galeana”.
Es el caso de las 13 familias de Galeana que se negaron a obedecer la Autoridad Ejidal, cuando el pasado 27 de mayo se les informó que por acuerdo de la asamblea ejidal, toda la comunidad estaba comprometida a ejercer su voto a favor de los candidatos locales del PVEM y a nivel federal de la alianza PVEM-PRI, que resultara ganadora en las elecciones del 1 de julio y que dio como resultado el nombramiento de Enrique Peña Nieto como nuevo presidente en México. Luego de expresar su inconformidad y de ejercer libremente su voto el día de las elecciones, las 13 personas fueron notificadas de la sanción correspondiente debido a su desobediencia. El castigo: encarcelamiento arbitrario. Después de sufrir distintos tipos de amenazas y daños físicos, así como privación en la alimentación o daños materiales a sus hogares y cosechas, fueron obligados a firmar un documento en el que a cambio de su libertad, tendrían que pagar 30 mil pesos de multa (que en esta región representa poco más de dos años del salario mínimo vigente) y fueron expulsados de Galeana desde el 23 de agosto.
El ruido de los machetes
Unos minutos antes de las 5 de la tarde, regresamos a la casa donde la búsqueda había comenzado. La respuesta: ”todavía no llega”. Resignados, procedimos a dar la vuelta en la calle tan estrecha. Cuando ya la dirección del auto apuntaba al regreso, desde la calle de atrás, aparece una pick-up blanca “de redilas”. Se estaciona frente a la casa y de ella desciende el señor Delmar, acompañado por otros 8 que estaban en la parte de atrás, todos con sombrero, bigote y machete. Detrás de la pick-up blanca, una roja se estacionó con algunos otros que nunca se bajaron de ella. Mientras, los 9 de la primera bajaron súbitamente, saltando desde la caja de la pick-up siempre luciendo sus machetes desenfundados y sus ropas impecables para ser de un día normal de trabajo. Todos sobrepasaban ya los 30, incluso la mayoría estaban entre los 40 o 50 años, excepto uno, el más desconfiado y perspicaz.
La actitud enérgica mostrada al inicio se apagó un poco al estrechar las manos de cada uno de los que íbamos en aquel auto azul, pero los machetes permanecieron fuera. Después de las formalidades y presentaciones, se sentía un ambiente tenso, hostil. La primera impresión fue generalizada entre mis compañeros: “lo de los machetes es normal, quizá vienen de trabajar…” Explicamos la razón por la que estábamos ahí, queríamos saber más sobre la manera en que se rigen como comunidad y hacer unas preguntas sobre el Sistema de Usos y Costumbres y su relación con la Autoridad Ejidal. Siendo el orador y expositor principal de las intenciones de investigación, tuve la sensación de que cualquier palabra ambigua podía resultar en el uso de los machetes y en esas condiciones teníamos clara desventaja. Afortunadamente, las palabras fueron las necesarias y el señor Delmar aceptó, mientras los demás no dejaban de hablar entre ellos en voz baja.
Bajo el argumento de tener un “detalle” (el caso de las familias desplazadas), uno a uno fue adoptando la postura de no dejar a Delmar hablar. El más joven que desde el inicio mostró desconfianza, no dejó de hacer un exhaustivo escrutinio al vehículo, anotó las placas y con tono autoritario nos pidió el nombre a cada uno de los 5 que lo ocupábamos. Al darse cuenta de las cámaras en el maletero de pronto dijo: “no”.
Después de los varios intentos por persuadir aquella decisión que en lugar de cambiar se iba reforzando aún más en palabras y actitud de los representantes de la autoridad que asesoraban colectivamente al señor Delmar quien se mostraba confundido; algunos comenzaron a ondear ligeramente los machetes, uno más desenfundó un puñal de unos 30 centímetros, en medio de tanta confusión y tensión en la conversación, decidimos que era momento de retirarnos y respetar su decisión. Frases que eran repetidas constantemente quizá para justificar su decisión: “aquí la comunidad está muy unida”, “aquí se hace lo que la comunidad dice…”, “aquí la autoridad municipal no tiene nada que hacer… nadie viene a poner órdenes”.
Nos retiramos de Galeana apenas después de las 5 de la tarde, sin saber muy bien lo que acabábamos de vivir, ni entender por completo aquel temor a hablar, que ahora sabemos es igual o mayor al tamaño de lo que hay que ocultar.
/RNW
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