La tarde amenazaba con lluvia, la humedad era cada vez más evidente en el aire y el ocultamiento del sol cada vez más profundo. Esta lluvia potencial hacía que todos comenzaran a apresurar sus labores, inconscientemente se sufría un estrés por la sensación apremiante de salvarse.
Sobre la avenida principal, del lado derecho, había un paradero de autobuses o lo que quedaba de él, mismo que contaba con su ya acostumbrado “techito” justamente por aquello de las lluvias y la espera. El primero en llegar fue un señor de aproximadamente 42 años, un poco alterado y nervioso decidió ocupar el espacio de en medio según sus cálculos, mientas se frotaba las manos y volteaba de un lado a otro incontrolablemente. A media cuadra venía una señora cargando unas prendas en su brazo izquierdo, trotaba mientras volteaba a ver el cielo con cara descompuesta hasta que alcanzó este “techito”, aflojo su cuerpo y tomó una bocanada de aire; después de unos segundos, aunque con poco aliento exclamó —Se viene fuerte, ¿verdad joven? — mientras se asomaba al cielo, expectante. Él la volteó a ver en forma aprobatoria. Los dos entablaron inmediatamente una complicidad silenciosa, de cierta forma sabían que estaban medianamente salvados.
Poco a poco el espacio se fue llenando de personas, de hecho ya no cabían y comenzaban a empujarse sin querer, comenzaron los murmullos de desesperación: — ¡Parece que va a ser la peor tormenta de los últimos tiempos! — exclamaba alguien; — ¡Me arrepiento de no haber agarrado el paraguas!— exclamaba otro. A cada frase que sí lograba entenderse, correspondía como consecuencia un “sí” generalizado en forma de murmullo. En un acto que podría considerarse humanitario, una señora que cargaba con varias bolsas de plástico comenzó a romperlas para extenderlas, regalándolas a los que se veían más vulnerables.
Todos coincidían en los lamentos, la desgracia que se avecinaba era el clamor general y las quejas por habitar en esa ciudad eran impresionantes. —Si logro salir de ésta, prometo largarme de esta horrible ciudad— decía una señora ya entrada en años, obviamente todos asentían ante esta premisa de forma desaforada, mientras un chavo se acercaba al grupo solo para ser recibido por un clamor general que le ordenaba irse a otro lugar porque ahí ya no había espacio. —Yo solo quiero tomar el camión, que por cierto ya viene— contestó a la multitud, mientras se bajaba de la banqueta para poder ser visto por el transporte, segundos después se subió y se fue.
Este joven se quedó extrañado por el acontecimiento, pero lo dejó pasar. Al llegar a su casa su madre corrió a recibirlo, increpándolo por no contestar el celular, —Me quedé sin pila— contestó extrañado por la ansiedad de su mamá. Ella le prestó su celular para que pudiera ver la noticia sobre un hospital psiquiátrico del que habían escapado varios pacientes. —Está muy cerca de tu trabajo, hijo— le dijo angustiada pero respirando aliviada de por fin tenerlo en casa.
La colectividad no es algo bueno o malo si la insertamos por sí sola como concepto en el ámbito de lo moral, sin embargo, las personas que la llegan a conformar llevan este concepto irremediablemente al plano de lo ético. Se ve muy claro en el colectivo conservador, el cual cada día se descubre más y más del lado del mal al no parar de insultar, burlarse y denostar a todo aquel que no piense como ellos; obviamente el centro de su ira gira en torno al actual gobierno, cosa que antes no pasaba porque los gobiernos anteriores formaban parte de ese colectivo.
Como nunca antes, las campañas de odio en contra del pensamiento y las acciones que estén basadas en lo social, en la ayuda a los más vulnerables y en la búsqueda de la igualdad, no solo son atacadas, sino que son cubiertas con gruñidos y mordidas de odio a menos que éstas se acomoden para golpear. Me llaman la atención algunos comunicólogos que ya ni eso son, pues no lograron sostener su máscara y ahora, ya descubiertos, solo podemos llamarlos voceros de los antiguos, como es el caso de Héctor de Mauleón, pues en su columna para el Universal juega a la docuficción tratando de pecar como sorprendido por lo que sucede en Michoacán como si eso fuera algo nuevo nunca visto, como si no supiera ya que existían estos acontecimientos desde hace mucho y haciendo parecer que eso apenas se estuviera gestando en el país, alabando de manera simultánea el circo montado por la triada opositora ante el circo mayor, la OEA.
El reparto de percepciones personalizadas únicamente para este colectivo o secta (ahora que está de moda) viaja desde la aberración de decir que sin el FONDEN el país está perdido, hasta el apoyo casi vehemente hacia él aún no prófugo Ricardo Anaya, donde un Javier Lozano (apellido que ya es obligatorio mencionar para no generar confusión) niega su muy buena actuación en contra de Anaya y digo buena, porque ahora él dice que todo eso que aseguraba con férrea convicción no era cierto, aunque después de años de conocerlos ya no podemos creer ni un dicho, ni otro.
Michel Foucault escribió “Ese delirio, que es al mismo tiempo del cuerpo y del alma, del lenguaje y de la imagen, de la gramática y de la sicología, es en él donde acaban y comienzan todos los ciclos de la locura. Es él cuyo sentido riguroso los organizaba desde el principio. Es al mismo tiempo la locura misma y, más allá de cada uno de sus fenómenos, la trascendencia silenciosa que la constituye en su verdad.”
El peso de esta reflexión impacta en todos los niveles al colectivo opositor en estos momentos, donde ya empiezan a asustar por sus aparentes posesiones demoníacas, donde no solo se retuercen en medio de la nada, sino que hasta se gritan a sí mismos, se niegan, se rechazan y en cuestión de segundos se vuelven a amar con frases como “…si cae el caemos todos”.
La esquizofrenia política no es una novedad, lo que la hace muy llamativa en estos tiempos en nuestro país es el desbordamiento que de la oposición emana, el ímpetu con la que es mostrada y la facilidad de todos los que antes aparentaban tener todo bajo control por no ocultarla.
Muchas preguntas nos dejan estos tiempos de literal locura conservadora, ¿siempre fueron esto que son ahora? ¿Cuánto nos ha impactado esta locura en nuestra formación? ¿Habrá forma de controlarla? ¿Cuánto tiempo tendremos que soportarla?
Lo cierto es que hay muchos grados de locura principalmente partiendo de la premisa de que la locura está hundida en el discurso de la experiencia histórica y en la realidad de los hechos humanos, la convivencia con ella en lo individual y lo colectivo refiere más a la consciencia de la memoria histórica, de la historia personal y del desapego a tratar de entender todo.
Todos tenemos un grado de locura, pero definitivamente la esquizofrenia política tiene un gran ganador en México y está muy apiñada del lado derecho. Por cierto, en el micro relato del principio no llovió ese día, únicamente —y de forma muy esporádica— chispeó hasta muchos meses después.


