Rodrigo Rojo / @Eneas
(01 de julio, 2013).- En el solar del barrio de Lavapiés se levanta una bandera, ondea tranquila, movida por el viento cálido de un verano que se había tardado en llegar a Madrid. En medio de las 3 franjas de colores está el escudo que representa los cuatro puntos cardinales. Es el wenufoye, la bandera de la nación mapuche. A su lado, un lienzo negro con una estrella roja, de 5 picos, brillando al centro: el pendón zapatista, meciéndose al lado de la wipala multicolor que representa a los pueblos andinos.

Las banderas están ahí y también su gente, reunida para la Fiesta Multicultural organizada por la Plaza de los Pueblos. El objetivo es conocerse y aprender de las diferentes luchas que la gente está llevando a cabo en diferentes latitudes y que, por diferentes razones, han coincidido en Madrid. Algunos son estudiantes, otros llegaron buscando nuevas oportunidades laborales, no faltan los turistas ni los reporteros curiosos.
Ninguno de ellos es ajeno a sus luchas locales y, por medio de la fiesta, pudimos borrar las fronteras, físicas y mediáticas y conocer qué se gesta en otras regiones de España y Latinoamérica.

A través de un performance, por ejemplo, conocimos de Feliciano, el oscuro político brasileño, presidente de la Comisión de Derechos Humanos y Minorías, quien cree que ser homosexual es una enfermedad. En el performance, una pareja de mujeres asiste a casarse, con Libertad y Democracia como sus damas de honor; la boda es interrumpida por Infeliciano quien, al final, queda enamorado del psiquiatra que lo ausculta. El performance culminó con una boda triple: la de las mujeres, la de Libertad y Democracia y la de Infeliciano y el psiquiatra.

Terminada la representación, un compañero mapuche tomó el micrófono para denunciar el ataque sistemático del gobierno chileno en contra de este pueblo que ha luchado desde hace muchos años por su autonomía. Los peruanos presentes evidenciaron la alineación del presidente Ollanta Humala con los proyectos mineros que van a contaminar grandes zonas de Cusco y Cajamarca y que ya ha ocasionado muertos debido a la represión. También estuvieron los compañeros del Paraguay, recordando la matanza de campesinos en Curuguaty al ser desalojados por la policía.

La participación de México fue amplia. Al templete se subieron tres asuntos:
- Un saludo fraterno de la comunidad las Abejas, en Acteal y la petición de que la gente del mundo se solidarice con los pueblos indígenas en México.
- El caso del profesor Alberto Patishtán, preso político del Estado mexicano que lleva 13 años encarcelado, acusado de asesinato, sin pruebas y con un caso plagado de irregularidades.
- Por último, se leyó la petición de ayuda del pueblo de Xochicuautla, en el Estado de México, cuyos habitantes se oponen a la construcción de una carretera y temen que pronto puedan ser reprimidos por el gobierno estatal priista.

Uno de los asistentes se inconformó: “esto es como predicar al coro”, pues todas las personas reunidas pertenecían a alguna de las luchas o eran de colectivos que buscan cambios en la sociedad. Sin embargo, la reunión en el solar de Lavapíés sirvió para que los miembros de estas diferentes luchas pudieran crear puentes de solidaridad. Desde ahora, en Madrid, el pueblo mapuche se ha hermanado con Chiapas, con Belo Monte, Curuguaty y los andes peruanos. Reconocieron que sus luchas no son muy diferentes: son por la tierra, la dignidad y el derecho a poder vivir sin ser acosados por el Estado.

Quizás, algunos de los asistentes regresen a sus lugares de origen y lleven en la mente, la palabra y los corazones el ondear de estas banderas que fueron agitadas por el mismo viento esa tarde de verano madrileño.



