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Grupo en el poder le corta la cabeza a la soberanía y al rumbo democrático*

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*Artículo de opinión

(07 de agosto, 2014).- Es preciso insistir en el imperativo de que el grupo en el poder actúe con un mínimo sentido social, porque de no hacerlo corremos el riesgo de una más acelerada descomposición del tejido social en muy poco tiempo. Entonces no quedará otra alternativa que la represión sistemática para acallar las protestas sociales, cuya justificación será por demás obvia, aunque en su cerrazón la oligarquía no lo considere así. Por lo pronto, no hay visos de que vaya a cambiar su estrategia central, de actuar sólo en el sentido que conviene a la élite oligárquica.

​La burocracia dorada entiende la política como el medio para favorecer intereses de la minoría que detenta el poder económico y financiero, no como el arte de arbitrar justa y equitativamente las relaciones sociales, de manera que se eviten conflictos por los abusos de los poderosos sobre las mayorías carentes de voz y de recursos para hacerse escuchar. Por eso estamos como estamos, de manera por demás evidente desde que los tecnócratas se hicieron del poder a mitad del sexenio de José López Portillo. De ahí que al final de su mandato dijera que él era “el último presidente de la Revolución Mexicana”.

​Estaba convencido de que así serían las cosas de allí en adelante, en lo que mucho contribuyeron él mismo y sus antecesores, en mayor o menor medida, conforme a la ley no escrita del péndulo político. Sobre los mexicanos pendía, desde tiempo atrás, la espada que finalmente le cortaría la cabeza al nacionalismo, a la soberanía, al rumbo democrático de un pueblo al que siempre se le ha negado una vida justa y progresista, acorde con sus muchas posibilidades de desarrollo social y cultural. Esa espada de Damocles, acabó con las aspiraciones de una sociedad que alguna vez, en 1938, atisbó amplios caminos de progreso.

​En la actualidad, el círculo de la historia dio un vuelco de ciento ochenta grados, para colocarnos de nuevo en un régimen de privilegios para una minoría insaciable que no tiene conciencia del drama que está ocasionando. De ahí que Enrique Peña Nieto se sienta plenamente satisfecho con su labor, a un año y medio de haber llegado a Los Pinos. “Desde un principio -dijo al inaugurar un libramiento carretero en Veracruz-, se tuvo claro que era importante hacer cambios en el orden institucional para acelerar el crecimiento de la economía y generar los empleos que demandan los mexicanos”.

​El hecho concreto es que seguimos los mexicanos sin acceder al crecimiento ni tampoco a los empleos que hacen tanta falta. Los datos oficiales son concluyentes a este respecto. El Inegi acaba de dar a conocer el índice de confianza del consumidor (ICC), en el que concluye que durante julio bajó 2.5 por ciento. En cuanto al indicador de confianza empresarial (ICE), para el mismo mes cayó 3.8 por ciento. Esto significa que tanto consumidores como empresarios están perdiendo confianza en la forma en que se está gobernando al país. Sin embargo, esto no es obstáculo para que el discurso presidencial siga regido por un optimismo que nadie comparte, con la excepción de las pocas familias oligárquicas ampliamente beneficiadas por el régimen.

​En este contexto político, es fácil asegurar que la tan cacareada estrategia de ampliar la infraestructura del país, con inversiones que no se ha explicado de dónde van a salir, no tendrá repercusiones positivas para el futuro, porque las obras estarían desconectadas de un proyecto nacional de país democrático, del cual nos alejamos cada sexenio a mayor velocidad. Se trata simple y llanamente de obras planeadas para garantizar más beneficios a la minoría que usufructúa la riqueza, tal como lo hizo el dictador Porfirio Díaz, aunque con una visión de futuro más amplia de la que se tiene en la actualidad.

​La clase política no entiende que el progreso no se logra únicamente con obras públicas, sino integrando a la sociedad a los mecanismos que favorecen su inclusión en la economía, cosa que actualmente no sucede, sino todo lo contrario como lo prueba que de cada diez personas en edad de laborar, seis lo hacen en la economía informal. La realidad nos confirma que caminamos en reversa desde hace tres décadas, marcha que se quiere acelerar en este sexenio. ¿Hasta cuándo?

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