Raúl Linares (enviado especial) / @jraullinares3_0
(01 de diciembre del 2014).- Bajo las piedras y la tierra nace un olor a hierbas frescas y especias. La atmosfera es pesada, viscosa y paradójicamente silenciosa. El arribo sobre los caminos accidentados y ocultos de Iguala, Guerrero, contrastan con los residuos de una primavera que languidece entre el vuelo de mariposas y un calor opresivo. Cultivos de Jamaica nos dan la bienvenida.
Pocos, en el camino de terracería en el que ascendemos, trepados al interior de un Jeep, adivinan que estamos a unos pasos del horror y el absurdo. Sólo nuestras cabezas responden como resortes al quejido de las suspensiones. Chillan al vuelo de la vanguardia.
‒Eso que hueles ya, es el olor de las fosas; huele a cadáver –advierte el reportero local, Víctor Wences –, sí –afirma para convencerse y convencernos– ese aroma es muy característico.
A la distancia, después de ascender por un camino de terracería que conecta al Periférico Norte igualteco con Las Parotas, se aposta un enorme cementerio clandestino. No apesta a putrefacción como se podría esperar. No obstante, la cosecha de carne humana se cuenta por docenas. Así lo advierten familiares de desaparecidos e integrantes de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG).
Desde hace al menos dos semanas, con sus propias manos y a contracorriente de la negligencia gubernamental, aquellos ciudadanos emprendieron el trabajo de búsqueda para dar con sus primos, tíos, hermanos, cuñados, hijos y demás parientes, desaparecidos desde hace años. “No nos importa que castiguen a los culpables o que los lleven a la cárcel, sólo esperamos encontrar un brazo o una pierna de ellos para darles cristiana sepultura”, advierte Mayra Fernández Vergara.
Llegamos al lugar donde se realiza el aficionado trabajo pericial. No hay gente, con excepción de los cuatro policías estatales que resguardan la zona.
Luego de pasar algunas brechas y caminos recién descubiertos, nos topamos con el primer hoyo debajo de la maleza, apenas cubierto con una bolsa para cadáveres vacía. Abajo nos saludan los primeros restos óseos. Al ras de la tierra, se distingue un fémur de color ocre. Posteriormente un omoplato suelto. Semi-oculta, una perfecta hilera de dientes clavados sobre una mandíbula pelona.
El cuadro es memorable y al mismo tiempo impresentable. Debe de leerse y componerse como un rompecabezas.
Aquí, allá, ¿qué es eso?
“Muchas gracias por venir y ayudarnos a difundir esto que estamos haciendo”, dice Jorge Popocalt Salgado, el guía de la UPOEG. “Como ustedes pueden ver, aquí la delincuencia organizada sembró el cadáver de esta mujer. No sabemos quién sea. Lleva aproximadamente dos meses desenterrada y un mes abandonada. Intuimos que son los restos de una mujer porque, miren”, remueve con un palo un pedazo de tela. “Esta era su ropa, tiene detalles de encaje”.
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Desde la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el asesinato de seis personas más en la periferia del municipio de Iguala, decenas de hombre y mujeres, antes anónimos y silenciosos, comenzaron, con sus propias manos y básicamente nulos conocimientos en criminalística, un trabajo de búsqueda de fosas clandestinas en las montañas de Guerrero. La cloaca, reconocen, la destaparon los estudiantes.
Así, básicamente desnudos y huérfanos, decidieron salir a buscar los restos de sus allegados. Empezaron el trabajo, observando y mirando el comportamiento de los maleantes. Luego, escarbando a pico y pala donde intuyeron podrían encontrarse con verdades a medias.
Miguel Jiménez, allegado a Bruno Plácido Domingo, el líder de la UPOEG, es uno de los personajes que comenzaron a hacer una labor que el gobierno federal no quiere hacer. O al menos lo hace de forma parcial. Aprendió a identificar la tierra suelta y el terreno donde la hierba no crece. También aprendió a identificar los campamentos clandestinos del Cártel Guerreros Unidos. Por último, se armó de valor y… a remover la tierra.
Durante estos dos últimos meses ha logrado hacer más que años de “investigación” de la Procuraduría General de la República (PGR):
“Cuando comenzamos nosotros queríamos ayudar a encontrar a los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Eso fue por el 5 y 8 de octubre. La gente de aquí, de Iguala, ya nos había dicho que en Pueblo Viejo, Las Parotas, la Joya, la Laguna y otros lugares, la delincuencia tenía campamentos donde escondían a sus secuestrados y después los mataban. En efecto, al subir, nos percatamos que aquí tenían gente retenida, escuchamos sus quejidos”, dice, en una entrevista colectiva al lado de los hoyos.
“Hoy queremos hacer patente que la demanda de justicia no sólo pertenece a los 43 de Ayotzinapa. Hay más. ¿Quiénes son estas personas? ¿Por qué están aquí? ¿Cuánto sufrimiento tuvieron que pasar para estar aquí muertas, abandonadas por estos lugares”, se pregunta. “Esta es una bomba de tiempo que pronto va a explotar. Este es un lugar, pero Guerrero entero es una inmensa fosa clandestina”.
Al lado, vigilan elementos de la Policía Estatal vigilan el lugar y resguardan los restos. No llevan ni 24 horas en la que 7 agentes, en sustitución de Policías Federales, comenzaron a vigilar el Cerro del Tigre, sembrado al menos de 6 fosas más. Aunque Iguala es un pueblo tomado por las fuerzas federales; a ellos, a estos muertos, solos, tristes y sin identidad, sólo los cuidan este grupo de agentes. ¿A qué le pueden temer los muertos?
Dos personas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), secundan: “tenemos que estar aquí para vigilar la garantía de sus derechos.” Alguien bromea. “¿A poco creerá que el narco le importan los derechos humanos?”
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Mayra y Mario Hernández Vergara, originarios de Huitzuco, Guerrero. Todos los días suben a los cerros buscar más fosas. Su método de identificación pericial es sencillo. Al lado de los caminos o brechas, identifican donde la tierra está suelta. Posteriormente observan, a detalle, si la hierba dejó de crecer ahí. Si se ha producido un hundimiento. Aunque no están de acuerdo, llaman a uno de sus compañeros para que piquen el terreno. Si se hunde, es porque abajo ocultaron a alguien.
Mayra y Mario, aprendieron esta técnica de identificación sólo con la práctica. Con esa resignación de quien sabe que su familiar está muerto, pero al que no le pueden guardar un luto porque se les aparece como un fantasma.
A partir de la segunda quincena de noviembre, una vez que notaron la tenacidad de la lucha de los padres de Ayotzinapa, buscaron el apoyo de la UPOEG para encontrar a su hermano Tomás, desaparecido desde el 5 de julio del 2012. Ellos, junto a Miguel Jiménez y Jorge Popocalt Salgado, les indican a Derechos Humanos de la PGR y a sus peritos, el lugar donde intuyen se puedan encontrar los restos de alguna persona.
‒La verdad es que le agradecemos a la UPOEG, porque gracias a ellos aprendimos a perder el miedo en esta lucha por encontrar a nuestro hermano.
Más allá de la solemnidad, Mario se ha convertido el guía que nos conduce por ese laberinto de horror sin nombre. Debajo de un sombrero, gafas negras y una playera que reza “Hasta encontrarlos”, este hombre humilde, que sobrevive atendiendo un billar, recuerda los años donde la sombra de “El Tirantes”, como le llamaban a su “carnal”, era un punto de dolor que su familia soportaba en la intimidad, sin el valor para decirle a nadie.
‒Mucho tiempo nos negamos a salir a buscarlo. Teníamos miedo. No sabíamos a quién recurrir ni dónde podría estar. Nosotros somos de una comunidad que se encuentra a pocos kilómetros de Iguala. Mi hermano, antes de desaparecer, era taxista allá en el Pueblo; un día, cuando pensábamos que iba a llegar de trabajar, nos llamaron diciendo que lo tenían secuestrado.
“Nos trataron de sacar el dinero, de verdad, pero nunca pudimos juntarlo. Somos una familia humilde y, al no pagarles, supusimos que lo mataron, primero Dios esperemos que con la organización de los desaparecidos, logremos por fin enterrar a Tomás”.
Ante dicha expectativa, todos los días, a partir de las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche, suben a las montañas, con el miedo de que puedan ser tiroteados, para hacer la labor de búsqueda. Pacientemente, él y su hermana, se rebelan contra el terror. Y así, de cara al vacío, mal duermen y apenas comen. Han aprendido a sortear las moscas. Esos insectos que revoletean encima de los huesos, las únicas testigas, mudas, del destino de su hermano.
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Pese a que los días de búsqueda han arrojado poco más de 50 fosas, el peritaje apenas ha podido arrojar 16 exhumaciones. Pasan los días y la ironía, el misterio, ha aglutinado a 300 familiares de desaparecidos. Muchos provienen de Puebla, Morelos y diversos municipios de Guerrero. Iguala, como ha rezado algunas mantas, es la punta de un iceberg de violencia generalizada. Todo puede suceder en estos lugares minado por hoyos y la atención que se concentra sobre este lugar de muerte fácil y silenciosa, sin esquela.
Antes de descender nuevamente, Jorge Popocalt Salgado, integrante de la UPOEG, nos brinda la última sorpresa del día.
A la orilla del camino, donde se puede adivinar aún quedan restos de lo que fue un campamento improvisado de los secuestradores, permanecen enseres de vida, restos de comida y latas de cerveza. Es posible que muchas de esas cosas, no sólo pertenecieran a los delincuentes, nos dice. En la clandestinidad, víctimas y victimarios, habitaron por esas montañas entre negociaciones fracasadas y la muerte tocándole los talones.
‒Sí –confirma–, por allá encontramos otra fosa y un cuerpo que las autoridades se llevaron. Nunca dieron el parte oficial de quienes se trataban los restos.
‒Este es de una mujer, ¿y el de allá de quién era?
‒Era de un niño o una niña como de tres años. Mira, ven, acompáñame –caminamos por un trecho y señala– ¿ves ese vestidito que está atorado en una enredadera? Bueno. Creemos que aquí traían a familias enteras y que mataron a la mamá y a su niño. Creemos que ese era un vestidito de fiesta. Las levantaron y las mataron. Sus huesos se los llevaron… sí.
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En el descenso hay completo silencio. Nuevamente saltamos sobre piedras, literalmente, en estos mismos caminos donde, suponemos, subieron las víctimas. El rechinido de la suspensión se detuvo una vez que llegamos a la ciudad. Es el único ruido hasta el momento. Saliendo de la ciudad, alguien grita: Miren: “Estamos transformando Iguala, ¡Ciudad con historia! Lic. José Luis Abarca Velázquez. Acciones reales”, dice una pinta.
Luego nos largamos.







