Txus/ Ciudadsomnolienta.org
Con el sol a mis espaldas, ese sol matutino que lanza una luz blanca y azul, no la amarilla de los mediodías o la roja anaranjada de los atardeceres, escribo estas impresiones de lo que pasa en Estambul respecto a las manifestaciones últimas y la ocupación de la plaza de Taksim y el parque de Gezi.
En primer lugar decir que no es obvio ni lo que está pasando ni lo que vaya a pasar. Hay muchos frentes de análisis y de ataque, de perspectivas y de preguntas, de posibles futuros, pacíficos y violentos.
Las noticias más recientes que tengo son las de 24 detenidos por twitear mensajes “provocando a la violencia” (no se sabe hasta ahora qué han sido esos mensajes) y, a la vez, de los grupos de partidarios del AKP (el partido en el poder) que son apoyados por las policías locales para pegarle con palos y llaves de metal a manifestantes antagonistas a Erdogan, el primer ministro—esto ha sucedido en ciudades del interior del país, no en Estambul—.
En Taksim la gente celebra cada día y cada noche como si la victoria ha sido conseguida, lo cual a mi me provoca ciertas dudas sobre lo que le depara al movimiento si se comienza a dormir en sus laureles. Pero seguro que no todos bajan la guardia, especialmente la gente de las barricadas, que ni siquiera permiten que les tomen fotos por la represión policial que pudiera seguir, y seguro que tampoco bajan la guardia los que han puesto a circular un primer manifiesto de la ocupación del parque y de la plaza. La mayoría de los ocupas, sin embargo, bailan y cantan y simplemente “estan” ocupando.
En general la cosa es positiva en Estambul: ya no hay ataques policiales, ya no hay ese olor a gas pimienta que abarrotó el centro de la ciudad durante tres días seguidos, ya no hay tanta tensión en las calles. No obstante parece que la violencia se ha trasladado a otras ciudades, especialmente a Ankara, la capital, y a Rize, una ciudad al este de Turquía, más cercana a Siria y a ese país de sueño para los kurdos que se llama Kurdistán. Ignoro si la razón de la violencia para los manifestantes de la ocupación de Gezi (en Rize) esté relacionada por el conflicto sirio-kurdo-turco, pero debido a la proximidad geográfica lo menciono, aunque sea simplemente para tenerlo en cuenta.
Hace algunos días, el domingo me parece, cuando el parque comenzaba a estar oficialmente tomado y la policía todavía intentaba subir la cuesta de Dolmabace hacia Taksim, cuando todavía ardían los carros que hay en la plaza y los autobuses tenían todavía algunos vidrios sin quebrar, cuando apenas marchaban hacia la plaza los partidos políticos desde Istiklal, una de mis primeras impresiones fue la gran cantidad de euforia de toda la gente, y no sería para menos, seguro, pero me pareció también mal encausada. Mis sentimientos hacia esta revuelta oscilan entre el apoyo incondicional y el apoyo que duda entre cual será el mejor camino.
Aquí hago una pausa y aclaro que mis desentendimientos con lo que sucede seguro se ven afectados por el hecho de que no hablo ni entiendo turco. Todo esto que escribo y pienso lo reflexiono sin ninguna traducción precisa de lo que ocurre y sin la posibilidad de preguntarle a la gente, detenidamente, qué, para ellos, es lo que está pasando. Esto me frustra bastante, pero, más allá de intentar en un inglés cortado obtener información, no puedo siquiera comenzar a entender la parte personal de todo este asunto. Para formar esta opinión me guío también de lo que leo en los medios independientes, extranjeros, que reportan desde los lugares por donde, igual que ellos, camino a diario.
Turquía ha tenido y tiene problemas sociales y económicos parecidos a los mexicanos, esto es, que existe en el país un gran vacío y una gran distancia entre sus clases sociales, lo cual hace a una gran parte de la población pobre de nacimiento y muerte, mientras otros tantos nacen y mueren clasemedieros, mientras otros (no tantos) nacen y mueren ricos. Menciono esto porque en las calles de Estambul, como en las calles de muchas ciudades, mexicanas o no, hay gente que vive de recolectar materiales reciclables de la basura para cambiarlos por dinero y subsistir; mucha gente. Y una imagen que me ha quedado grabada fue precisamente con dos hombres de estos en la primera noche de protestas fuertes, la que iba del viernes al sábado, en el barrio de Beşiktaş:
Estábamos Irma y yo en el bulevar Bárbaros mirando cómo se desarrollaba la acción al final de la calle, cerca de la costa y de las plazas que están allí, cuando detrás nuestro, nos dimos cuenta, estaban dos hombres jóvenes, recolectores de basura, tirados sobre sus carros recolectores mitad llenos (una especie de canasta gigante hecha de lona, con ruedas) fumando cada uno un cigarrillo. La imagen me parece reveladora, ya que estos dos tipos veían el cuadro como si fuera algo de lo más casual, como si para ellos el fin del mundo estuviera siempre a la altura de estirar un brazo o levantar un dedo. Ellos no habían dejado de trabajar toda esa noche, como muchos otros recolectores que se metían hasta el fondo de las protestas para agarrar algunas de las botellas vacías de cerveza que la gente iba dejando, y no parecía importarles mucho lo que pasaba ahí abajo: el cambio social de Turquía, el momento histórico que se estaba viviendo y del cual eran testigos, la lucha contra el poder que tanto les conviene y que tanto necesitan… ellos estaban acostados sobre sus carros de lona fumándose un cigarrillo viendo el espectáculo. Claro que no sé lo que estarían pensando, pero imagino la siguiente reflexión: ¿Para qué me levanto y voy al frente, si gane el que gane yo seguiré juntando basura mañana por la noche? — La gran tragedia del movimiento, de este y todos los que ha habido, me parece, es esta: las exclusiones y los excluidos, por decisión propia o colectiva, ahí estarán.
Las noticias internacionales han dado el número de más de 600 mil manifestantes en Estambul sólo (eso me parece haber leído), sin embargo, Estambul es una ciudad de 14 millones de habitantes. A pesar de que la plaza mayor esté ocupada, el número de esta gente sigue siendo una minoría absoluta. Que nadie confunda ni malinterprete mis palabras: no estoy diciendo que esta lucha es vana ni que por ello hay que regresar a casa y bajar la cabeza. No. El Estado turco es un Estado opresor, represor de la gente que piensa diferente a sus normas, que no respeta las diferencias ideológicas ni prácticas, intolerante, corrupto; por eso hay 600 mil personas afuera en su ciudad más importante, por eso hay 20 mil bellos durmientes en el parque de Gezi, por eso le han aventado piedras y lo que fuese a la policía, a los representantes del Estado, por eso han aguantado tanto gas pimienta, por eso la policía ha matado a tres (hasta ahora confirmados) manifestantes, por eso Turquía es el país con más periodistas encarcelados en el mundo, por eso los medios de comunicación no dicen lo que está pasando en Taksim, por eso al primer ministro no le gusta twitter.
Según lo que reportan medios internacionales, el primer ministro, Erdogan, desde un primer momento amenazó a los manifestantes con “sacar” a su 50 por ciento del electorado. Como ya se ha visto en estas protestas, y como en todos lados, hay gente dispuesta a ser grupos de choque contra esos “revoltosos” (capulines, así llamados por Erdogan) que simbolizan para unos la pérdida de valores, la amoralidad, la falta de orden, la perdición, el pecado, el infierno, en suma, el ser diferente. Pienso que acaso son ellos, y no los policías, el mayor peligro físico que corren los manifestantes; no tanto en Estambul, pues aquí la plaza está llena de internacionales, turistas y reporteros, curiosos y residentes, sino para las ciudades y pueblos donde los medios de comunicación no llegan ni han de llegar a tiempo. De hecho ha habido rumores en twitter en los cuales grupos de manifestantes han sido rodeados y atrapados por grupos pro-AKP, en donde la policía ha tenido que intervenir para evitar linchamientos (otra vez, ese conflictivo trabajo de ser policía), aunque, en este caso, se ha dicho en twitter, la policía no reprimió a los agresores pro-AKP.
En suma, a mi ver, lo que toca hacer ahora en Taksim es lo que se ha empezado a construir esta tarde: la gente que quiere un cambio tiene que ponerse de acuerdo y poner condiciones para entregar la plaza.
Y claro, siempre está la posibilidad de que el gobierno no acepte las condiciones. Para tal caso, habrá que irse agarrando.


