(14 de agosto, 2016. Revolución TRESPUNTOCERO).- “Iba en busca de trabajo legal y me llevó la chingada, como le pasa siempre a los jodidos. Soy menor de edad, pero la edad no importa cuando tienes que conseguir para comer. Hace unos meses, un amigo de mi hermano le avisó que conocía gente que se iba al norte a trabajar, así que me decidí a ir, me entusiasmé porque además de viajar, salir de la comunidad, comería (tres veces al día dijeron), tendría donde dormir y además me pagarían bien.
Llegar ahí, fue llegar a casa del diablo. El lugar está en San Luis Potosí, nos contrataron para cortar limones, no quiero decir en qué sitio exactamente, porque siempre nos amenazaron que de decir algo, nos iban a chingar, que estábamos lejos de nuestros ‘mugrosos pueblos’ y en el norte cualquiera desaparecía, decían los cuidadores, quienes también nos golpeaban, sin motivo”, afirma a Revolución TRESPUNTOCERO, Julio, un menor de edad, quien fue víctima de migración interna, por motivos de pobreza, y llegó, asegura, a un sitio donde fue convertido en esclavo.
Julio viajó de Tapachula, Chiapas, a San Luis Potosí. A su llegada al lugar donde prestarían sus servicios como recolectores de limones, después de casi tres días de viaje, de inmediato fue trasladado, junto a otro grupo, al lugar donde comenzarían sus labores, sin agua, sin comida y con el cansancio de un largo recorrido; la actitud de quienes lo contrataron cambió y comenzaron a ejercer violencia verbal hacia el grupo de muchachos que había llegado a trabajar.
“Alguien se atrevió a pedir agua y le dijeron que ahí no iban a soportar que un pendejo llegara a pedir cosas sin habérselas ganado. Y el que parecía el cuidador, nos amenazó que si incumplíamos, si nos quejábamos o pedíamos cosas que no nos correspondían nos golpearía y ‘podía pasársele la mano’, desde ahí comenzó nuestro sufrimiento”, agrega el muchacho.
Quien relata que durante las semanas que estuvo, vivió en un cuarto con piso de tierra húmeda, donde comían solamente si el cuidador (capataz), consideraba que “lo merecían”. El agua era medida, pese a la gran cantidad de movimiento que realizaban en las plantaciones, lo que provocaba deshidratación, y al final derivaba en otras enfermedades que no eran atendidas en ningún momento.
“Esa fue mi salvación, enfermarme, tomé agua sucia, sí pues la pinche sed me mataba; eso fue uno de los primeros problemas, porque comencé a tener fiebre y dolor intenso en el estómago, vomité y los cinco que vivían conmigo en el cuartito, se salieron, pero los obligaron a meterse, cuando le dijeron a quien nos cuidaba que yo estaba muy mal me sacaron a patadas de ahí, me abandonaron como a un perro moribundo.
Todos los que fueron contratados trabajamos desde las seis de la mañana, hasta ya entrada la noche, como a las siete de la noche, no sé perdí la noción del tiempo, luego de ahí sin comer y a veces con poca agua o sin nada de agua durante el día, nos hacían cargar cosas o demás después del trabajo, nos dejaban sin comer, cuando querían y los cuidadores estaban borrachos, nos golpeaban, al otro día teníamos que levantarnos a trabajar y si nos quejábamos nos daban de golpes.
Siempre que terminábamos el trabajo, nos encerraban, no teníamos libertad, nos vigilaban y por las noches, quedábamos bajo llave, no fuéramos a escapar, porque ahí éramos esclavos, ni alimentos, ni un espacio donde medio dormir, porque ni una colchoneta había y mucho menos nos pagaron en algún momento”, afirma Julio.
Sin embargo, el caso de Julio no es aislado, a inicios de este mes, cinco fueron los jornaleros que lograron escapar, todos ellos originarios de Chiapas; quienes han dado a conocer que 23 más de sus compañeros se quedaron trabajando en condiciones inhumanas.
Ellos han señalado que al llegar a trabajar a la huerta Flor de María, que podría pertenecer a la empresa transnacional Wonderful, fueron víctimas de explotación laboral que, según han declarado, derivo en esclavitud.
Los jóvenes fueron contratados para la pizca de limón, y les prometieron un sueldo de 2 mil pesos, sin embargo no solamente no les pagaron ninguna cantidad monetaria, sino que tampoco les daban de comer y las horas de trabajo, “eran casi un día entero, interminables”.
Por lo que comenzaron a observar cómo escapar, puesto que todo el tiempo eran vigilados, precisamente para que no se fueran del sitio y abandonaran el trabajo. Los denunciantes fueron Julio César Martínez Rosas, Manuel de Jesús González Hernández, Ramiro de Jesús Cruz Mazariegos y otros dos jóvenes que prefirieron mantenerse en el anonimato.
“Llegamos a finales de agosto, y de inmediato nos obligaron a trabajar, unos ya llevaban tiempo ahí, nosotros logramos escapar, porque el trabajo era de seis de la mañana a seis de la tarde, sin pago alguno, sin comida e incomunicados. Si nos quedamos otro tiempo igual y nos morimos por todo ese trabajo físico y sin alimentación”, menciona a este medio, uno de los jóvenes, quien permanecerá en el anonimato.
El supuesto pago que los jóvenes recibirían y por el cual se convencieron de ir, eran los 2 mil pesos semanales, tres comidas y una despensa también semanal, sin embargo esto no fue cumplido y por el contrario, los malos tratos comenzaron desde que llegaron al lugar, ubicado en el ejido Laguna del Mante en ciudad Valles, San Luis Potosí.
Contrario a lo prometido, los muchachos fueron enviados a “mal dormir”, en un espacio de tres por cuatro metros, en un piso de tierra, donde aseguraron había insectos e incluso pulgas, lo que causó daños en la piel de los jóvenes, en ese mismo lugar dormían hasta ocho personas, y los otros ‘dormitorios’, estaban en las mismas condiciones.
“Peor que animales, algunos sí quieren escapar pero les da miedo que si los llegan a descubrir, los ‘ultiman’, porque a gente es muy mala y si se atreven a engañar a los chavos que tenemos necesidad, para explotarlos, pueden hacer cualquier cosa, incluso desaparecernos”, comenta el entrevistado.
Luego de escapar del lugar, los jóvenes buscaron ayuda en la Junta de Conciliación, pero negaron el apoyo, argumentando que no contaban con recursos, aun cuando los jóvenes les aseguraron llevaban dos días sin comer, esto no importó a las autoridades.Por ahora los jóvenes se encuentran en busca de ayuda para regresar a Chiapas, argumentando que, conocieron el caso de otros jornaleros que escaparon por las condiciones inhumanas a las que fueron sometidos.
Por ahora no piensan en demandar legalmente a la empresa, puesto que además del temor que tienen a que “con el poder” de la compañía, sean ellos quienes terminen inculpados por algún falso delito, no tienen los recursos para hacerlo y lo único que quieren es regresar a sus casas.
“Pero no por ello se debe pedir a las autoridades que investigue a esa empresa, y lo que ahí está pasando, que tengan tantita piedad y no se dejen sobornar, que les hagan justicia a todos aquellos que se quedaron sufriendo, porque ya no tienen fuerza para huir o porque de plano tienen miedo”, afirma Julio.
Quien no escapó con el grupo de jóvenes, sino que lo hizo semanas antes y se encuentra en busca de trabajo en la capital del país. “Voy de ciudad en ciudad, juntando para llegar a Chiapas, no debí salir de ahí. Pero allá la situación está crítica, a todos nos está llevando la chingada, ya hasta los empresarios hacen manifestaciones, imagina ahora los pobres que no tenemos ni para una comida al día”, agrega Julio.
Puntualizando que no pondrá ninguna denuncia, “cómo lo haría, si yo soy pobre, y no solamente por el dinero que se invierte en una demanda, sino que es ponerse a luchar contra los ricos y respaldados por el gobierno, o me desaparecen por andar de revoltoso o me meten a la cárcel y ahí sí que ya me chingué, mejor es regresar, buscarle en otro lado y olvidar, ya no caer en eso”.
Hasta el momento no existe una denuncia para la huerta Flor de María, sin embargo, se ha señalado que la empresa, aún sin comprobar que sea así, podría estar buscando convenios con Ayuntamientos para atraer a jornaleros. En el caso del municipio donde se encuentra la huerta, las autoridades han declarado que la empresa ha llevado “empleo a la población y generado beneficios”.


