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Jueves, día de bordar nombres de periodistas muertos (VIDEO)

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Natalia Antezana / @Natalia3_0

(7 de junio, 2013).- Unos pedazos de tela blanca, aros para bordar, metros y metros de hilo verde y rojo, agujas de muchos tamaños, 20 personas y decenas de historias son los elementos que se conjuntan los jueves en las noches en el centro de la Ciudad de México para traer a la memoria a los periodistas asesinados y desaparecidos.

Magda es ama de casa y una vez a la semana se sienta en una butaca del auditorio del Club de Periodistas y con la mano izquierda sostiene el aro, mientras que con la derecha borda, con punto hilván, el apellido “Olvera”. Cuando termine, recorrerá con sus manos las marcas de lápiz en el manto blanco, donde se lee “27 años”.

Olvera es el apellido de Hugo, periodista del diario La Voz de Michoacán, quien fue asesinado el 6 de julio de 2010 con tres impactos de bala. El entonces gobernador de su estado, el perredista Leonel Godoy, declaró que por “el modus operandi” se trataría de un homicidio cometido por el crimen organizado.

“No es fácil este punto, hay que tener cuidado para que las líneas salgan rectas y se entienda bien el nombre que estás bordando”, le dice Magda a su compañera Lety, quien también pertenece a ese grupo que borda pañuelos por los periodistas ausentes.

El 19 de febrero de 2010 –cinco meses antes de ser asesinado– Hugo presentó una denuncia ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos por agresiones que sufrió por parte de policías mientras cubría una nota. De poco sirvió su queja, pues el cuerpo del periodista fue hallado a las 2 con 15 minutos de la madrugada del 6 de julio, a la salida de Tepalcatepec, Michoacán, adentro de su camioneta.

Lo encontraron con las manos esposadas en la espalda y agujeros en el cuerpo hechos por balas calibre 32; luego, se supo que varios hombres entraron a su oficina y saquearon expedientes y computadoras.

Ni los militares en el operativo de seguridad, la Policía Federal, la Policía Municipal ni el organismo estatal de derechos humanos lo protegieron.

“Es una responsabilidad de nosotros bordarlos. Tenemos la responsabilidad histórica de defenderlos”, explica “Juanjo”, un joven de 32 años, quien pertenece a éste círculo de estudios que se reúne desde hace 7 años para informar sobre temas coyunturales a la población “de a pie”.

 

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En septiembre del año pasado, un representante de la iniciativa Bordados por la Paz –que cose pañuelos con los nombres y apellidos de desaparecidos durante la “guerra contra el narcotráfico” que emprendió el ex presidente Felipe Calderón– se acercó a este grupo para proponerles que bordaran mantos con los nombres de los periodistas asesinados o “levantados”.

“Fue muy buena idea, nosotros tenemos muchos nexos con los periodistas, su información es con la que nosotros estudiamos, ¿cómo nos íbamos a negar ante tal solicitud?”, explica “Juanjo”, politólogo de profesión, mientras con la mano derecha mete y saca la aguja con hijo rojo, para formar el nombre del siguiente en la lista.

“Los movimientos sociales pugnan por la verdad en los medios, entonces ¿a quién le toca velar por que haya el libre ejercicio de la prensa? No sólo a los periodistas, sino a la sociedad”, dice con una voz que denota orgullo en este auditorio prestado.

Cada jueves, los asistentes donan metros de hilo, pero sólo son válidos dos colores: el verde es para los reporteros que están desaparecidos y su tonalidad fuerte y brillante simboliza la esperanza de volverlos a ver.

El otro, que es mayoría, es rojo y significa la muerte, el asesinato, la sangre de los periodistas.

“El primero de diciembre, quisimos despedir a Felipe Calderón con los pañuelos bordados, para recordarle el genocidio que cometió y a los periodistas que fueron asesinados. Pero también recibimos a (Enrique) Peña Nieto con estas historias de prensa acallada por la balas, para que sepa que aquí vamos a seguir y no vamos a dejar que sigan matando a quienes nos informan todos los días”, culminó Juanjo.

 

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Roberto estira un cuadro de tela blanca de 30 centímetros por 30 centímetros. Sus manos hacen la función de plancha, para dejar bien estirado lo que sería el receptor del siguiente caso. Toma el lápiz y empieza a escribir el próximo nombre que será bordado con hilo verde: Adela Jazmín Alcaraz López.

A esta presentadora de noticias nocturnas del canal 12 de Río Verde, un pueblo pequeño en San Luis Potosí, no la han vuelto a ver desde el 26 de octubre de 2012, cuando la secuestraron junto a sus dos hijos, quienes luego fueron entregados con vida… pero sin su mamá. Desde entonces está desaparecida.

La mesa es grande, de dos metros y medio de largo y uno de ancho. En toda la amplitud que significa este mueble antiguo, están tendidas las decenas de pañuelos con nombres, fechas, edades y lugares.

En un pañuelo bordado con hilo rojo se lee el nombre de Raúl Marcial Pérez, asesinado a 8 balazos el 8 de diciembre de 2006, por presuntamente escribir su columna “El otro lado de la moneda” que le daba voz a los maestros de la sección 22 y arremetía contra el gobierno priista del estado de Oaxaca; al lado, cuelga el pañuelo que plasma el nombre del periodista estadounidense Bradley Will, ultimado en Oaxaca el 27 de octubre de 2006, por policías preventivos, ligados al PRI.

Las balas perforaron los cuerpos de aquellos periodistas para callarlos y olvidarlos. En contraofensiva, estas mujeres y hombres perforan el manto blanco con aguja e hijo, una y otra vez, para rescatarlos y traerlos a la memoria, a nuestro presente.

Hasta el momento, cuentan con 125 pañuelos bordados y en su lista hay 50 nombres pendientes, todos de reporteros ausentes, cuya labor los llevó a la tumba o a desaparecer.

Un día, anhela este grupo, ya no habrá nombres que bordar y podrán ocupar las tardes de jueves para otra actividad, que no sea coser nombres de muertos.

 

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