Quise desde la semana pasada elaborar esta columna sobre Julio Hernández López. Mi compañera en esta sección de opinión de Revolución TRES PUNTO CERO, Martha Uruchurtu, me “ganó” el tema. No me sorprende. Como bien ha reconocido el prominente influencer tuitero @ChairoMexicano, desde el año 2013 aproximadamente, Martha y yo hemos expuesto a Carmen Aristegui y a Julio “Astillero” Hernández como enemigos del proyecto obradorista. Lo cierto es que precisamente muchos obradoristas e izquierdistas de otros matices, demasiados diría yo, los defendieron hasta el cansancio o prefirieron ignorar nuestras evidencias. No pocos de esos otrora admiradores, en lo que va de los últimos dos años, ahora resulta que se “sorprenden” indignados del “giro AMLO-hater” de estos mercachifles. ¿Giro?, nos preguntamos nosotros dos, y lo que nos preguntamos más es: ¿en qué estaba pensando toda esta gente?. Qué bueno que tenemos un testigo de lujo como @ChairoMexicano para dejar constancia del grado de desorientación al que se puede llegar en el ágora política en este país, lo cual es peor cuando se trata de la izquierda, que se supone, tendría que ser la multitud más aguda…
Martha, como dije en un Luminol anterior, se encargó de Aristegui con gran destreza en una columna para otra publicación digital, llegando a estar en su top de las más leídas a la fecha. El lunes repitió la hazaña con el “Astillero”, desbaratando una de sus arengas legaloides, la cual entraña una pulsión intolerante que quedó al descubierto con el análisis de la autora. ( https://t.co/TUmZYHiMRW?amp=1 )
Me gustó tanto el Hemisferios de Martha que en vez de buscar otro tema decidí echar mano de nuestra complicidad intelectual de larga data y completar lo que ella inició, porque material para ello no me falta ni por equivocación. Luminol sale los martes, pero al Director de Revolución TRES PUNTO CERO le pareció viable mi planteamiento de, dada la temática, trasladar mi columna al jueves, después de que Julio hiciera su prepotente y caprichoso montaje.
Julio Hernández López es un fenómeno poco saludable para la horizontalidad y transparencia informativa del país, y por lo mismo interesante y necesario de examinar. Siguiendo aquella columna de Martha, Aristegui es algo distinto. Carmen es una empresaria de medios, una marca que no se compromete con nada, que no manifiesta su postura política a menos que se le entrampara en una situación límite. Sólo así emergería su afinidad íntima por el sistema económico favorito de aquellos políticos que ella acostumbraba a golpear de vez en cuando… lo suficientemente “de vez en cuando” para no mover al statu quo total… Por lo demás, de dermis para afuera es una veleta.
Aristegui no presume de “independiente y crítica”; sólo lo da a entender. Su independencia consiste en una libertad de mercado, diría Martha, y no anda por ahí haciéndose la luchadora social de la pluma y el micrófono. Astutamente, deja se trabajo a sus fans…
Pero Julio va de otra cosa. Julio de forma histérica ha construido a su alrededor activamente (no de manera relativamente pasiva, como Carmen) toda una suerte de “lore”, como le dicen ahora. Una mitologería (mitología es una palabra que le queda grande a este asunto) artificial y “heroica” -más de su propia manufactura que de una rectitud ética genuina-, tan seductora que puede hasta dar el aspecto de “orgánica”. A Carmen le sucedió ser una figura de culto, y le saca provecho. Julio decidió conscientemente formar un culto. Ayer alardeó, en un trance rondando lo egomaniaco, que era “un revindicador del periodismo, un periodista crítico, independiente y honesto desde hace décadas.” Lo dicho: declaró su lore, su mitologería.
El “génesis” de su lore, sin embargo, es de lo menos lucidor para alguien que quiere vender ficciones épicas y pasar por el superman informativo de la izquierda: se reduce a la historia de un “mártir” endo-PRIísta al que depusieron en su partido y no lo admitieron otra vez, por más que se los pidió.
Cuando comencé a percatarme de su existencia fue en una mesa política por la televisión, que compartía con Dresser y Rivapalacio. Era su época amloísta. El tipo apostó su capital retórico a la candidatura de la Coalición por el Bien de Todos, mostrando un perfil anti- PRIPANista aparentemente convencido y debatiendo a favor de la opción de izquierda electoral. Después del ascenso impuesto de Calderón, continuó moviendo sus cartas del lado opositor. Se le veía en todos los actos de protesta social contra la gestión del PAN, como No Más Sangre. Puede decirse que este periodo, algo así como entre 2004 y 2011, le fue crucial para forjar su supuesta identidad contestataria; primero, sacó raja de su adhesión obradorista, lo que le reportó una muy buena cantidad de seguidores. No obstante, después del fraude de 2006, algo comenzó a operar en su ejercicio periodístico. Era como si hubiera esperado algo de una eventual victoria de la CPBT, un beneficio que no le llegó. Porque los beneficio$ le gustan, y grandes. En su lore hay un reino, una comarca que gobierna llamada San Luis Potosí, uno de los estados más irremediablemente reaccionarios del país. Ahí es dueño de un palacio llamado La Jornada San Luis. Es otro empresario de medios en toda regla, más que la misma Carmen.
Fuera cual fuera la expectativa que depositó en el triunfo de López Obrador, la “derrota” de 2006 parece haberlo decepcionado, detonando en Julio un cambio de rumbo sutil, quirúrgico, finamente táctico y paciente, muy paciente. Se ganó la confianza y el respeto de miles debido a su afinidad periodística al obradorismo. Les entusiasmaba su hábil y elocuente discurso pro-AMLO. Y así, reitero, con una paciencia milimétricamente calculada, de una manera casi subliminal, a lo largo del tiempo él se convirtió en el protagonista de su propio trabajo arremetiendo contra otros, y el macuspano, del cual extrajo la simpatía de grandes audiencias, pasó -antes de que muchos nos diéramos cuenta- de ser la vía política más adecuada para cambiar al país, a un villano de rutina en las narrativas del Astillero. Cambió la apuesta, y sólo quienes no se dejaban atolondrar por el lento y muy poco perceptible retorno de Julio a su arraigada vena reaccionaria potosina, se mostraron escépticos cuando se comenzó a proyectar como una especie de prócer de izquierda anti-panista, anti-priísta y anti-obradorista… pero más esto último que lo otro. Por supuesto, este “back to the roots” en clave de “justiciero independiente”, no era en algún modo “gratis”…
En efecto, para mantener la credibilidad ganada, Julio no tenía problema en atacar a los partidos y gobiernos de la derecha. Pero lo realmente recurrente en su trabajo se volvió, mediante una progresión discreta, la animadversión hacia AMLO “por la vía zurda”. Aunque hablamos de un proceso difícil de detectar, puede esbozarse un quiebre que precipitó al Julio que conocemos ahora. De inicio, es muy plausible que haya anticipado la segunda derrota del ahora Frente Progresista en ese 2012 (no se necesitaba ser un genio) y quizá especuló que López Obrador no iba a levantarse lo suficiente para una nueva candidatura. El regreso del PRI no le inquietaba dada su filiación medular, sin necesidad de renunciar a la imagen “neutro-crítica” que tan redituable le había sido. En suma, todo tranquilo; pero cuando se enteró de que Morena se iba a convertir en partido, su colmillo oscuro entró en alerta roja: ello aumentaba sustancialmente las probabilidades de Andrés Manuel, puesto que el FP había quedado en segundo lugar en la última elección.
Ahí empezó su nueva campaña, y la versión de Julio que vimos ayer en la plenitud de su gloria. Ya no era más su interés que AMLO tomara la presidencia; de hecho, el pensarlo le provocaba urticaria torrencial al priísta que corre por su hemoglobina. Para muestra, comenzó a apalear sistemáticamente los procesos de Morena. Una de las misiones más importantes que se había trazado era convencer a la opinión pública de que el nuevo partido no era más que una mutación de la “partidocracia” de siempre, con idéntica genética. Por otro lado, al mismo tiempo no pudo evitar que se le deslizaran, para quien quisiera verlos, indicios fugaces pero captables de sus filias políticas. Estos indicios conectados revelan lo que este sujeto es en realidad, y ello está lejos del pistolero solitario que cabalga en la mente de sus admiradores.
¿Por qué Julio “Astillero” deja -diario- el alma en lograr que todos piensen que AMLO es una continuidad de la corrupción y la colonización ideológica que el partido de sus amores trae en el ADN?
Será por la misma razón por la que -mientras ayer se lanzaba contra las intenciones depredadoras empresariales- tiempo atrás dejó claro que le parecía muy viable que Carlos Slim fuera presidente; la misma razón que lo llevó a deshacerse en elogios ante un debate interno del PAN entre no recuerdo quien y… Javier Corral, celebrándolo como un acto ejemplar de seriedad democrática, mientras lapidaba lo que hiciera -cualquier cosa- Morena en sus procesos internos; no importaba si se movían a un lado o al otro: todo era indicador de que la nueva plataforma de AMLO era un cochinero. Su famoso término “zanahoria electoral” se ve aquí muy chistoso. En el PAN, la vía de las urnas luce elegante, pero en Morena es una zanahoria…
Estos detalles de criterio selectivo desde una superioridad moral de dudosa procedencia, los justificaba Julio arengando que AMLO debió de haberse quedado como un impoluto líder social, antes de adulterarse como licor falso persiguiendo “la zanahoria”. Lo mismo para Morena y su conversión de movimiento en partido.
Al día de hoy ya sabemos qué conveniente habría sido, y para quiénes, que Andrés Manuel y Morena se hubieran guiado por los “consejos” y “preocupaciones” consignados en el Astillero de La Jornada, y hay que ser muy ingenuos (o idiotas) para confiar en que el objetivo de Julio era preservar una resistencia libre de la “partidocracia”, conociendo su historial político y de “sugerencias críticas”.
También se necesita esa ingenuidad para creerse que Julio es independiente y crítico. Cualquier conteo numérico comparativo entre el número de ataques -perdón, “críticas”- que destina a AMLO y a lo que se asocie con este, y los que dirige a otros actores, seguramente resultaría en una desproporción escandalosa, dejando muy mal parados a sus defensores de taburete. Julio Hernández López NO quería que López Obrador llegara a la presidencia. Las evidencias avientan que no es imparcial: milita con los bloques de adversarios a la 4T; por eso insiste tanto en negarla. Sabe que mientras más gente se beba su cuento de que el actual gobierno es una prolongación indistinta del lodazal en el que nos sumergieron los partidos y magnates a los que Julio les hace guiños aislados pero puntuales, más posibilidades hay de que ese lodazal regrese y sea muuuy complicado volverlo a empezar a dragar…
La derecha no puede contar con un arma biohazard más tóxica que un sujeto que niega tener nexos con ella, pero en sus acciones hace todo a la medida para empoderarla. Este miércoles fue un laboratorio muy representativo de lo que Julio es, muy completo.
Tiene que aceptar, no le queda de otra, que AMLO se ha pronunciado contundentemente, más de una vez, contra la depredación ecológica, y que para ello evoca el caso de Cerro de San Pedro como evento paradigmático de la relación ultraneoliberalismo-deterioro ambiental. Con la precisión de un alacrán, Julio, que todos los días piensa en nuevas formas de hacer ver a Morena como el PRI… para que el PRI se reinstale ( o de perdida el PAN), tomó este caso, de carga ya simbólica, para revertirlo contra el mandatario: “Miren todos, habla del Cerro, pero él hace lo mismo.”
Y es que Julio no mintió: sólo manipuló hechos para dar una impresión. El asunto de San Miguelito y San Juan son una excusa. Sus pobladores, la biodiversidad y “ la verdad” son lo que menos le importa. Su objetivo real es que en el cerebro de las mayorías AMLO y Morena se mimeticen en el PRIAN.
Las anomalías en las consultas con los comuneros son obra del Implan de San Luis, en manos de los partidos de derecha, al igual que las instancias estatales encargadas del medio ambiente. Al parecer, según Julio Hernández López, la CONANP debió de haber negado el documento que él citó ayer, a los líderes de más de trescientos comuneros con el argumento: “oye, comunero engañado y comprado por las empresas inmobiliarias mediante consultas amañadas de nivel municipal panista, me niego a concederte lo que pides aunque lo hayas acordado y la ley me obligue, por tu bien y porque Julio Astillero me va a venir a regañar…”
Querid@ lector@: le invito a investigar el asunto del Cerro de San Pedro. Las complicidades son múltiples y evidentes. Se trata de una trama de colonización, expolio neoliberal y corrupción clara, extendida y patente. Es lo que el autor del Astillero quiere equiparar con un asunto de consulta en proceso, con o sin el cual, la última palabra la tiene el Ejecutivo. El documento que presentó de la CONANP en la conferencia matutina es irrelevante en el intento de Julio para “demostrar” que se ha consumado otro “San Pedro”. Forma parte, reitero, de un proceso sujeto, a final de cuentas, a un compromiso que el Presidente actual dejó claro desde 2019, al participar en una recolección de firmas por parte de defensores ecológicos de la zona. La respuesta de AMLO fue transparente: no conoce al empresario que está forzando todo esto.
En el caso San Pedro, TODOS se conocían.
La SEMARNAT ha dado su respaldo a los luchadores ambientalistas, ello se puede revisar en internet fácilmente. Si los procesos legales le dan derechos a los comuneros por muy comprados que estén, las instancias federales tienen que seguir las leyes. Alegar que esta es una vía para regalarles “envueltas” 1805 hectáreas a empresarios, basándose en un antecedente cuyo contexto es comprobablemente muy distinto, es un despropósito descarado. También lo es darle el crédito a Julio cuando esto no suceda, estando de por medio una serie de declaraciones presidenciales y mediaciones de la SEMARNAT que, con o sin el periodista egomaniaco, claramente están encaminadas a bloquear el despojo inmobiliario.
Lo más interesante como fenómeno multimediático es la especie de culto sectario que se ha creado alrededor de Julio Astillero. Recuerda al poder pastoral del que hablaba Foucault. Su personalidad autoritaria ha logrado que sus defensores entren en fases francamente irracionales -una cuestión de fe en el líder, en el profeta, en el oráculo- durante las cuales le ofrendan, contra quienes se atreven a cuestionarlo, unas falacias de autoridad individual que dejan a uno con el ojo cuadrado.
Julio el emperador habló ayer: “Yo soy la honestidad, la única crítica incriticable y la independencia de pensamiento”. Sus creyentes dijeron “así sea”, y hoy seguirán en la cruzada por el Profeta, pendejeando a los herejes, en un desprecio pseudomístico por su propio sentido común, al tiempo que el Profeta “independiente” chambea para los dueños financieros de México, así tenga que ponerlos como “los malos” con tal de hacer convincentes sus elucubraciones públicas
Lo vi una vez debatiendo con Juan Ignacio Zavala, cuando jugaba sus naipes con AMLO. Señaló a un fondo de inversión donde el otro mequetrefe ese estaba involucrado para financiar propaganda calderonista, si mal no recuerdo. En un momento, Zavala le increpó falazmente que si conocía el fondo de inversión con detalle: con qué países trabajaba, cómo operaba. Julio se puso a titubear todo intimidado, en lugar de responder “Juan, nada tiene que ver lo que me preguntas, eso vale madres. Es una manera de evadir lo importante: el rol que el fondo juega en la propaganda.”. Pero no. En vez de eso se quedó callado y vacilante.
Lo más curioso es que ayer él quiso hacer lo mismo con el Presidente. Cuando este le dijo no conocer a uno de los empresarios que están presionando a favor de sus intereses en San Luis Potosí, Julio le espetó “ah, entonces ¿firma (en una recolección de firmas a favor de los luchadores ambientalistas) sin conocer?”. El Presidente también le debió haber contestado: “Eso es irrelevante Julio, no necesito saber nombres, porque mi NO ES NO, PARA TODO AQUÉL QUE QUIERA ABUSAR”.
Ni modo, no siempre el Profeta obtiene lo que merece…


