La historia de KAWS (Brian Donnelly) no es la típica de un artista que triunfa, sino un golpe directo a las reglas del arte. Pasó de pintar graffiti en tejados de Jersey City a trabajar brevemente como animador para Disney. Hoy es una de las marcas más importantes del mundo, una señal de que el arte ya no se mide por lo que es profundo, sino por lo que cuesta: millones de dólares. Su obra no critica a la cultura pop, sino que se convirtió en la prueba de que el estatus y el precio ganaron la batalla al high brow (arte elevado).
Ya en el siglo XX Marcel Duchamp había demostrado que algo es arte solo porque una institución decide que lo es. KAWS hizo la versión 2.0, la que viene con merchandising. KAWS toma ese objeto común (un personaje pop materializado en un juguete) y le pone su sello: una ‘X’ en los ojos. Es un gesto simple que desafía las reglas del high brow solo para volverse una máquina de hacer dinero. Su figura más famosa, Companion, con los ojos tachados, no es una broma, es un personaje que representa la muerte de la inocencia pop, y el público lo compra sabiendo que está “muerto”. KAWS heredó la idea del Ready-Made de Duchamp, pero lo usa para mandar un mensaje irónico sobre cuántas imágenes vemos todos los días sin sentir nada. Al final, KAWS le hizo a la teoría del arte lo que sus Companion le hacen a Mickey Mouse: lo tomó, le puso unas X en los ojos, y lo revendió por millones de dólares.

Pensemos en Andy Warhol: él usaba latas de sopa Campbell’s para criticar que todo en la industria era igual. KAWS no critica, él usa sus propias figuras (Companion, BFF) para que las veamos hasta la saturación. Es la ironía que el arte elevado se niega a ver. Su trabajo no parece mercancía; es mercancía desde que se diseña. Si ponemos atención a las palabras del filósofo Guy Debord, esto es el triunfo máximo del Espectáculo: la imagen ya no nos ayuda a ver el mundo, sino que se convierte en nuestra principal forma de relacionarnos. La ‘X’ en los ojos no funciona como una protesta, es un logotipo de marca (branding) tan fuerte que transforma cualquier cosa (un juguete de $10 o una escultura de $10 millones) en un símbolo de estatus global.

Los expertos en arte no lo validan como arte porque KAWS no critica nada, solo acepta su papel como líder de la logística del capital. Su valor está en lo mucho que circula, no en lo mucho que confronta. El teórico que mejor predijo este giro fue Walter Benjamin. Él analizó cómo la producción masiva destruye el aura (la sensación de pieza única y mágica) de una obra, volviéndola más democrática. KAWS se apropia de esta idea y la tuerce con una ironía brutal: por un lado, está la Producción Masiva de sus juguetes de vinilo, que es la democratización, dirigida al público aspiracional, que llega a millones ; por el otro, la Obra Única (sus esculturas de 40 metros), que cuestan una fortuna.
Aquí la magia (el aura) no desaparece, se transfiere al dinero. El aura, la singularidad que los museos tanto cuidan, muta a ser un simple marcador de exclusividad financiera. El aura no está en la obra, sino en el precio ridículo y los tamaños monumentales, que sirven para demostrar el estatus de la marca. El precio récord de KAWS en subasta se convierte en la única prueba real de que eso es una “obra de arte”. El curador busca originalidad, pero KAWS lo evita. Es una ironía gloriosa: no critica a la institución; la abraza y la monetiza con una sonrisa en el rostro. Su único gesto conceptual es la X que, al tapar la mirada del personaje, nos obliga a nosotros, los espectadores, a dejar de lado la crítica, y simplemente disfrutar de una caricatura global.
KAWS ignoró las reglas: su precio es tan obvio y exitoso que no necesita el texto curatorial, porque su precio es la curaduría perfecta. Se legitima a sí mismo a través de los likes y las inversiones.
Arthur C. Danto, al decir que el arte había “terminado” como lo conocíamos, abrió la puerta a esta era post-histórica. KAWS es el artista post-histórico perfecto, no por su teoría, sino por la fuerza incontenible de su éxito económico. El rechazo de los académicos es un intento desesperado por no aceptar que el Capital Simbólico (el valor que da la crítica y la historia) perdió contra el Capital Financiero (el valor que da el precio en subasta). KAWS ignoró las reglas: su precio es tan obvio y exitoso que no necesita el texto curatorial, porque su precio es la curaduría perfecta. Se legitima a sí mismo a través de los likes y las inversiones. El teórico Hal Foster exigía un arte que dejara una cicatriz o que nos hiciera sentir algo incómodo. KAWS es lo contrario.
La ironía final es que su arte no perturba el orden social, sino que lo decora con figuras amables y melancólicas. KAWS no es un error en el sistema del arte, sino la prueba más clara de cómo funciona hoy en día. La X en sus ojos no solo mira a otro lado, sino que nos exige que nosotros también lo hagamos. Nos pide que ignoremos las preguntas serias y que aceptemos que en el Arte del Espectáculo, la marca es el nuevo ready-made, y la única “historia del arte” que importa es cuánto genera. Su éxito es la prueba final de que el mercado ganó la guerra contra el academicismo.



