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La actitud posesiva entre los sexos

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Sexólogo Alfonso Aguirre

(4 de junio, 2014).- La actitud de posesión sobre las mujeres que la cultura aún promueve en los hombres probablemente sea un remanente de aquellas épocas en que la sociedad otorgaba al hombre la propiedad legal (religiosa y jurídica) sobre la mujer. Aunque la relación de pareja ya no se basa en este tipo de acuerdos, muchos más hombres de los que quisiéramos siguen aferrados a la creencia de que al establecer una relación de pareja adquieren de forma automática y justificada, el derecho de controlar una serie de aspectos de la vida privada de la mujer.

Bajo esta tendencia, la mujer que se compromete con un hombre que piensa de esta manera, se ve obligada a redefinir no solo su proyecto de vida sino tiene que aprender a adaptar su comportamiento a su nuevo status de pertenencia. Es fácil darnos cuenta que el vocabulario que seguimos utilizando para referirnos a la pareja no ha cambiado desde aquellos tiempos en que la mujer pasaba a ser una más de las posesiones del marido: “mi mujer”, “mi esposa”, “mi pareja”; “la Sra. de…”, etc.

En el mundo moderno, esa arraigada actitud de posesión del hombre sobre “su” mujer (que constituye parte de esa subcultura masculina compartida) se relaciona comúnmente con la idea de que este, al adquirir la responsabilidad de proteger y defender a su pareja debe ser correspondido mínimamente con la obediencia. Toda mujer –aunque ella no lo sepa-, necesita de la protección de un hombre muy hombre al que ella se somete en virtud de sus méritos propios; a pesar de la popularidad de que goza esta idea en la cultura machista nada más alejado de la verdad, paradójicamente la actitud posesiva está relacionada con algunos rasgos de la personalidad masculina.

Es sabido que ciertos contextos familiares no favorecen la adquisición de una identidad adulta independiente; más bien se cultiva un estado de dependencia emocional del joven en relación a papá y mamá durante mucho más tiempo del necesario para evitar que el joven adulto busque su propio camino y abandone la casa de origen antes de haber retribuido a sus progenitores (real o simbólicamente), parte del esfuerzo invertido en su crianza. Pareciera ser que mamá ha sido históricamente la encargada de impedir que el joven adulto rompa “el cordón umbilical emocional”. Este procedimiento pocas veces cuestionado por la sociedad, se convierte en una verdadera tragedia para el joven porque para mantenerlo en casa ha sido necesario minar la seguridad en sí mismo a través del proceso temprano de formación con burlas, culpas, descalificaciones, recalcando su incapacidad a cada momento, negando su sexualidad, haciendo comparaciones desfavorables, etc.

Un hombre inseguro tendrá muchas dificultades para establecer relaciones entre iguales, relaciones que involucren una negociación adulta y toma de decisiones; su fragilidad emocional le impedirá sentirse pleno, desarrollará sentimientos de inferioridad, sentirá que no es capaz de despertar un aprecio y un amor genuino de parte de su pareja, que otros hombres son mejores, etc. No será capaz de depositar la permanencia de una relación de pareja en las vicisitudes de la vida cotidiana porque no confía en sí mismo y teme fracasar.

Es incapaz de manejar situaciones de alejamiento y perdida por lo que se orienta a establecer relaciones de tipo complementario en las que él aparece por un lado, como un ser dependiente de la autoridad (mamá y papá) y por el otro, como protector/propietario de las personas que están debajo de él (“su” mujer). Su misma inseguridad lo hará desconfiar a cada momento de las atenciones de su pareja, se volverá celoso, y su mejor manera de enfrentar las situaciones será la violencia.

Este modelo de educación que aún perdura en nuestro contexto, es extremadamente perjudicial para hombres y mujeres, ambos víctimas de circunstancias que no logran identificar y que inevitablemente afectan su vida personal y de relación. Su solución tiene que ver con asegurarnos de no seguir educando hombres y mujeres inseguros de sí mismos; tiene que ver con la eliminación de la creencia de que hijos e hijas nos pertenecen y que podemos manipular sus sentimientos y su comportamiento. Este es un asunto que tiene que ver con la modificación de la educación informal y la generación de una cultura alternativa basada en principios y valores basados en el respeto, la igualdad, el reconocimiento y la libertad.

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