El procedimiento normal está perfectamente codificado. Entre 15 y 20 días después de la muerte del Papa, los cardenales con derecho a voto –aquéllos menores de 80 años– entran en cónclave y realizan una serie de votaciones hasta que uno de ellos resulta elegido. Sólo que este periodo de Sede Vacante no tiene nada de normal, pues el Papa no está muerto, sino descansando en una residencia de verano a veinte kilómetros de Roma, donde conserva el título de Su Santidad y el nombre que eligió al aceptar el trono de Pedro hace ocho años: Benedicto XVI.
La singularidad de la renuncia del Papa alteró el procedimiento para elegir a su sucesor, por lo que el mismo Benedicto dispuso la manera en que el colegio cardenalicio habrá de actuar. Tras haber anunciado su renuncia, el ahora Papa emérito decretó que los cardenales no tenían que esperar los quince días prescritos para entrar en cónclave, sino que podían hacerlo de inmediato. Sin embargo, han transcurrido ya diez días desde el retiro de Benedicto y el colegio cardenalicio reunido en Roma no se ha decidido a iniciar los ritos sucesorios formales.
Esto podría deberse a que una vez que los cardenales entran en cónclave en la Capilla Sixtina están obligados a guardar absoluto silencio sobre todo lo que ahí ocurra. No pueden hablar con los medios de comunicación ni emitir opinión alguna sobre los resultados de las sucesivas votaciones. Por lo tanto, parece que desean prolongar este periodo de reuniones informales en que tienen ocasión de conocerse e intercambiar opiniones. También podría pesar sobre su ánimo el anuncio del Papa saliente respecto a los resultados de una investigación por actos de corrupción al interior de la curia. Benedicto XVI informó que tenía en sus manos el informe elaborado por tres cardenales en el que se revelan corruptelas y escándalos de altos jerarcas del Vaticano, informe que sólo entregaría a su sucesor una vez elegido, por lo que nadie sabe quién de los presentes saldrá implicado en el informe.
Cuando los cardenales se decidan a entrar en cónclave, deberán realizar dos votaciones al día, escribiendo en una papeleta el nombre de aquél a quien decidan favorecer hasta que uno de ellos obtenga dos tercios de los votos. Al menos en teoría, no se realiza ninguna “campaña” a favor de algún candidato, y son los resultados de las sucesivas votaciones los que permiten a los electores conocer las preferencias de sus compañeros. El fin de las deliberaciones se anuncia mediante el famoso “humo blanco” que sale de la chimenea de la Capilla Sixtina, sede del cónclave. Este humo blanco se produce por la quema de las papeletas de votación una vez que alguno de los candidatos obtiene el respaldo de dos terceras partes de los cardenales. Mientras los resultados de la votación no arrojen un ganador, al quemarlas se les añaden sustancias que ennegrezcan el humo.
Entonces, el decano del colegio cardenalicio –en este caso, Angelo Sodano–, le pregunta al cardenal elegido si acepta el cargo y cuál será el nombre con el que gobierne. El resto de los cardenales le jura obediencia y el nuevo Papa es presentado en la Plaza de San Pedro para pronunciar ante los fieles su primera bendición Urbi et orbi, a la ciudad y al mundo.







