El escándalo en redes en torno al supuesto viaje del presidente Andrés Manuel López Obrador en un simulador de tren, evidencia un rasgo cómico y al mismo tiempo preocupante al interior de la derecha mexicana.
El tema detonó cuando el comunicador (que no periodista) Joaquín López-Dóriga, famoso por ejercer una labor desinformativa siempre al servicio de la oligarquía neoliberal, difundió un mensaje en Twitter acusando al mandatario mexicano de simular un viaje en tren durante una gira de trabajo en las inmediaciones del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, el pasado 5 de diciembre.
“Subieron a López Obrador en un simulador. Y lo dio como real. Así la 4T. Y todos felices. El vagón ni se mueve”, dijo quien fuera durante muchos años, el titular del principal noticiero televisivo del país.
El tamaño del disparate no es cosa menor, viniendo de alguien que supuestamente vive de dar noticias. Con una facilidad asombrosa, delirante, López-Dóriga acusó al presidente de engañar a la gente sin una sola prueba, más allá de un momento en el video difundido por el mandatario, en el cual, las ventanas del vehículo cambian de color debido a un desajuste en la iluminación de la cámara. Esta posibilidad, tan común entre quienes graban video, ni siquiera fue tomada en cuenta a la hora de lanzar acusaciones sin el más mínimo sustento en la realidad. Bastaba que el seudoperiodista echara un ojito en redes para darse cuenta que además de López Obrador, había todo una comitiva que incluía también al exgobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo, a lo largo del recorrido y confirmar que el supuesto simulador de realidad virtual era producto de su imaginación.
Lo más sorprendente es que el tema no quedó ahí, sino que la versión del simulador fue replicada por otros conocidos actores políticos como el expresidente Felipe Calderón y analistas en medios corporativos como Macario Schettino, entre otros, quienes lanzaron acusaciones sin el más mínimo asidero a la realidad. Lo mismo pasó con muchos otros simpatizantes de la derecha mexicana, tan predispuestos a creer relatos excéntricos sobre pantallas de realidad virtual con tal de externar su animadversión a López Obrador.
El episodio va más allá de un acto deliberado por compartir noticias falsas con fines políticos y habla también de un brote esquizofrénico colectivo, entre algunos sectores de la oposición. Lo más increíble, es la nula capacidad autocrítica de estos personajes, quienes parecen no advertir que hacer un ridículo semejante, lejos de debilitar a su adversario político, los termina exhibiendo como tontos, dispuestos a inventarse cualquier locura para golpear al actual gobierno. Esto desde luego, facilita enormemente la labor a López Obrador a la hora de exhibir, con un dejo de burla de por medio, la saña y el desquiciamiento que priva entre algunos ejemplares del conservadurismo.
“La verdad que es hasta para decirles ‘ternuritas’, es para aplaudirles. Es que hay grupos conservadores, lo hablábamos hace unos días, en otras partes, pero muy violentos y acá no pasa de esto. Un aplauso”, dijo López Obrador el pasado 8 de diciembre, en alusión al increíble y sorprendente tropiezo de sus opositores.
Aunque el nivel de irrealidad en que viven inmersos algunos de estos personajes se presta a la mofa y las carcajadas, no deja de tener un punto preocupante, debido a la imposibilidad de dialogar o construir acuerdos con actores completamente disociados de la realidad. Este, desde luego, no es un fenómeno exclusivo de la política mexicana. El mandato de Donald Trump como presidente de EE.UU. estuvo plagado de estos arrebatos delirantes y afirmaciones sin ningún sustento en la realidad. Algo similar ocurre con los llamados ‘terraplanistas’, quienes han llevado su sospecha y desconfianza a la autoridad en turno a niveles que rayan en el delirio. Y esto hace todavía más difícil mantener el delgado equilibrio del consenso político que impide que el desbordamiento de la violencia como mecanismo para arreglar las diferencias.
Al mismo tiempo, esta desconexión con la realidad explica también la brújula errática del bloque opositor en México, toda vez que su falta de autocrítica ha derivado en hacer aún más profunda la aplastante derrota y el hundimiento del régimen neoliberal tras las elecciones presidenciales de 2018 y el surgimiento de la 4T.
En su formidable libro, ‘La construcción social de la realidad’, los sociólogos Peter Berger y Thomas Luckmann señalan que “la realidad de la vida cotidiana es algo que comparto con otros”. Es decir, que la realidad social es un consenso que nos permite comunicarnos con otros. Esta incapacidad de las derrotadas élites neoliberales para compartir una realidad común con los más de 125 millones de mexicanos que viven en el país, cuya situación social es muy distante de la que predomina entre las cúpulas empresariales y académicas, explica en buena medida la profunda crisis por la que atraviesan los partidos de derecha como PAN, PRI y PRD. Mientras los simpatizantes y militantes de la derecha no sean conscientes de esta situación y sigan apostando por el aislamiento, por comunicarse entre su pequeño séquito antes que empaparse de esa otra realidad apabullante en la que viven millones de mexicanos, seguirán estampándose contra la pared sin siquiera entender por qué.
Ese es el nivel de irrealidad que ha alcanzado la derecha mexicana: delirante, hilarante, ridículo. Algo que deja puesta la mesa para que el presidente López Obrador pueda consolidar su proyecto reformador a lo largo de todo una década.


