Proyecto Diez / Jorge Gómez Naredo
(10 de octubre, 2014).- De negro dijeron. Y de negro fueron. No todos, es cierto, pero buena parte sí. Algunos con camisas negras solamente y algunos todos de negro. Ayer fue un día negro: negro marcha y negro manifestación.
En todo el país la gente anduvo saliendo a las calles para protestar por la mala costumbre de los policías de matar a estudiantes y por la arraigada práctica de las autoridades de no hacer nada y no castigar a nadie, ni a ellas mismas.
En Guadalajara, ciudad de apatía concentrada, la manifestación no fue de mil ni de dos mil quinientas personas (como hoy un medio de derechas que circula en la ciudad argumentó), sino más de seis mil. Sí, más de seis mil personas marchando por avenida Alcalde rumbo a Plaza Liberación, casi todas de negro, y buen parte con veladora en la mano, prendida: haciendo luz.
II
Decir que ayer los que andaban marchando tenían dolor por lo sucedido en Iguala y estaban indignados es decir poco. Lo que ayer había era algo contenido, una mezcla de muchas cosas: un país que lleva ya más de 7 años viviendo con presidentes nada o pocos legítimos. Un país donde un “mandatario”, para volverse popular, declaró la guerra al “narco”, y lo hizo sin pensar y sin planear, y lo hizo sin castigo. Un país donde hay pobreza, donde hay desesperanza, donde cada día hay más carencia y más bolsillos sin monedas y billeteras sin billetes.
Un país que mata a sus niños “por descuido” y que los causantes de ese “descuido” no son castigados ni evidenciados. Un país que retornó a su verdugo, es decir, que volvió a ganar el PRI. Un país donde ganar cinco mil pesos es “ganar bien”, y donde cinco mil pesos no alcanza para nada, es decir: son una miseria.
Un país de sonrisas, risotadas y lujos arriba y de lágrimas, rezos e impotencia abajo. Un país donde es posible que estudiantes sean secuestrados por policías y éstos los asesinen y les pongan cuchillos en los rostros para quitarles la piel. Un país de fosas. Un país que lleva sangrando profusamente más de diez años. Un país de desaparecidos. Un país de familias amputadas por la violencia. Un país que no funciona, y que a pesar de todo, nos quieren convencer que funciona.
Ayer había una mezcla de todo: una mezcla de lo que nos ha pasado, de lo que nos pasa y de lo que parece que nos va a seguir pasando. Ayer fue día negro: negro marcha y negro manifestación.
III
La ruta era simple: de la glorieta de la Normal a la Plaza Liberación. A las 6:30 ya había alrededor de mil personas. Suele ser que las marchas comienzan con poca gente y se van haciendo grandes conforme pasan los minutos. Ayer no fue la excepción. Cinco cuadras después de iniciada, los manifestantes ocuparon todos los carriles de avenida Alcalde. Para las 7:30, el número de marchantes ya había aumentado: cosa de 4 mil quinientos.
Hubo pancartas y consignas. Apoyo a los normalistas de Ayotzinapa. Indignación por el asesinato y secuestro de estudiantes. Fuera el gobernador de Guerrero. Fuera Peña. Creatividad en los mensajes: “Pienso, luego me desaparecen”, “los desaparecidos nos faltan a todos”, “Mis padres me dijeron, ¡te pones a estudiar! Pero si hay problemas, ¡te pones a luchar!”.
Es difícil contar todas las palabras que se gritaron ayer. Es difícil hacer el recuento de todos los mensajes que se escribieron en cientos de cartulinas. Quizá algo se pueda resumir en esta imagen: una mujer se pinta su rostro de blanco, y debajo de sus ojos, coloca dos lágrimas: una roja y una negra.
El sol se ocultó. La noche llegó con su negro para hacerse una con el negro de quienes marchaban. Fue entonces que aparecieron las veladoras con su luz. Y también los silencios. Hubo dos que vale la pena mencionar: el silencio de cinco minutos que se dio, con los manifestantes sentados, enfrente de Palacio Federal, y el silencio, también de cinco minutos, que se escuchó ya en la Plaza de la Liberación.
No fueron silencios totales. Estaban los autos con sus cláxones que se quejaban del tráfico, como si quejarse de la muerte de estudiantes fuera una afrenta. Y estaban quienes pedían que en lugar de silencio hubiera lucha: “Todos arriba en la lucha, ni un minuto de silencio”. Es complicado que todos nos pongamos de acuerdo. Algunos quieren un silencio como metáfora de un grito. Y otros quieren un grito para que no haya silencio. Sí, es complicado ponerse de acuerdo. Pero ayer, a pesar de que las diferencias, había algo en común: la indignación por esos estudiantes desaparecidos: “vivos se los llevaron, vivos los queremos”.
IV
Una chica vestida de negro está parada junto a una escultura de Miguel Hidalgo, en Plaza Liberación. La chica de negro sostiene una pancarta también negra, pero con letras blancas. El mensaje es claro y contundente: “faltan balas para matarnos a todos”.
Hace ya más de dos años, Enrique Peña Nieto estaba muy lleno de sonrisa haciendo campaña para ser presidente de México. Tenía las encuestas a su favor y a los encuestadores también. Tenía millones de pesos para gastar en lo que quisiera y como quisiera. Tenía al PRI de su lado, y miles de bagatelas para “regalar” a cambio de cruzar en la boleta electoral el escudo del PRI. Todo iba viento en popa. Y fue en ese contexto que llegó a la Universidad Iberoamericana y los estudiantes le dijeron que no lo querían, que no les gustaba, y que lucharían para que el PRI no retornara al poder.
Hoy, los estudiantes vuelven a ser una monserga para Enrique Peña Nieto y para el PRI, y también para el PRD, que de tan junto que andan con el PRI, ya no sabe uno si son lo mismo. Seguro que lo son.
Ayer más de seis mil personas salieron en Guadalajara, una ciudad que suele ser apática, a protestar: no quieren que las policías sigan matando estudiantes. No quieren que los secuestren. No quieren que los criminalicen. No quieren que el país se siga llenando de sangre y de lágrimas.
La actriz Ofelia Medina leyó, al final de la marcha, un pronunciamiento. Ahí, los vestidos de negros gritaron con fuerza: “vivos se los llevaron, vivos los queremos”. El grito fue fuerte. Ese grito se unió a cientos de gritos que en decenas de ciudades del país se pronunciaron. Lo queremos vivos. No es posible que los maten. No es posible.
V
La plaza liberación se fue quedando vacía de gente. Poco a poco, los vestidos de negro y de dolor se fueron. Pero quedaron en el suelo las luces de las veladoras junto a las pancartas y las hojas con los rostros impresos de quienes andan desaparecidos, sí, de los desaparecidos por la policía de Iguala.
¿Por qué tardamos tanto en vestirnos de negro y encender nuestra veladora? Las luces que ayer quedaron alumbrando Plaza Liberación son una esperanza en un país que todos los días sangra. Que todos los días se poner muerto.
















