(08 de septiembre, 2016. Revolución TRESPUNTOCERO).- Cuando nació, sus padres le pusieron el nombre de “Eugenia”, sin embargo 15 años después, un elemento de la Marina se lo cambiaría por “Laura”.
La menor de edad estaba por cumplir los quince años y aunque en ese momento su sueño era una fiesta y un vestido amplio, “como el de las princesas, sabía que nada de eso me lo iba a poder dar mi mamá, en lugar de eso me violaron unos policías, dos días después de llegar a una nueva etapa de vida”, narra la menor de edad, en un testimonio escrito para Revolución TRESPUNTOCERO.
Era enero de 2015, dos días antes a día de reyes y a la madre de Eugenia le habían dado el 6 de enero libre; su patrona le prometió que un día antes le regalaría una rosca, así que el 4 de enero por la noche le envió un mensaje avisándole que pasara por ella “y unas cosas para los niños”.
Aquella tarde, fue Eugenia a quien envió su madre, ella se había quedado terminando unos pendientes, también la acompañó su hermano Jesús, quien tenía nueve años. “Por ahí siempre rondaban los policías, los militares, los marinos, dicen que buscan narcos, ya nos habíamos acostumbrado, pero a las muchachas siempre las veían de manera rara, como queriendo tocarlas”, continúa la menor de edad.

Salió de su casa a las cinco de la tarde y aproximadamente 45 minutos después, Jesús regresó a su casa llorando, “Se la llevaron los azules (policías estatales), se la subieron a su camioneta, me gritaron ‘córrele o aquí te quedas pinche chamaquito pendejo, luego te la devolvemos’, le dijeron a mi hijo, eso me dijo él y yo estaba desesperada, porque no, no la iban a matar, pero sí me la iban a desgraciar”, asevera Luz, madre de Eugenia a Revolución TRESPUNTOCERO.
Eugenia omite detalles en su texto, pero hace un dibujo de quien parece ser ella e intenta señalar las partes de su cuerpo donde fue lastimada, no por uno, sino por tres elementos, en su natal Coahuila. Ella menciona “uno de ellos me dijo, ‘te pondré ‘Laura’’ y mientras hicieron todo lo que quisieron conmigo, los tres me gritaban ‘Laura’, todo el tiempo me estuvieron lastimando en un baldío, después me dejaron en un camino que pasaba por donde yo vivía”.
Ellos no la amenazaron de muerte, no le dijeron que le harían algo si hablaba, porque ellos aseguraron “no te van a creer, y quien te crea se hará de la vista gorda, somos la Marina, la gente nos quiere”. Luego la vieron irse, mientras se reían diciendo “mira cómo camina”.
“¿Sabe por qué llegamos a la capital? y ¿por qué nos quedamos?”, pregunta la madre. Hace una pausa y esta vez no ha logrado aguantarse -como lo hizo durante más de 20 minutos- comienza a llorar, no habla más y solamente llora, durante poco más de 15 minutos.
Un mes después dejaron su hogar, ubicado en una de las zonas marginadas de Coahuila. Prestó dinero y pidieron asilo en casa de un familiar en la Ciudad de México, “mientras conseguía yo qué hacer, yo iba a hacer de todo y lo que fuera, nos dijeron que aquí están las autoridades más importantes de todo el país, pero nunca nos atendieron, nos mal miraron como apestadas.

Una señora me dijo que a ella los policías asaltaron a su hija, no le hicieron nada más que sólo la golpearon, nos hemos acomodado a la ciudad, mi hija dejó los estudios, dice que no quiere seguir, pero tampoco quiere regresarse, ella nada más ve uniformados y se desespera, quiere gritar yo creo, nunca me dijo todo lo que le hicieron”, afirma Luz.
El caso de Eugenia forma parte de la cifra negra a la que a diario se suman mujeres y niñas que han sido violentadas por las policías, marinos, los militares.
Amnistía Internacional ha sugerido este año en un informe que “la policía y las fuerzas armadas mexicanas someten a menudo a mujeres a tortura y otros malos tratos.
Fuertes golpes en el estómago, la cabeza y los oídos, amenazas de violación contra las mujeres y sus familias, semi asfixia, descargas eléctricas en los genitales, manoseo de los pechos y pellizcos en los pezones, violación con objetos, con los dedos, con armas de fuego, son sólo algunas de las formas de violencia infligidas a las mujeres”.
“Bajo la excusa de la guerra contra el narcotráfico a las fuerzas armadas todo les es permitido. Y no necesitan detener o inculpar a las mujeres para someterlas, ultrajarlas, abusar de ellas. Coahuila es una de las entidades donde los ataques a mujeres por parte de elementos de seguridad se documentan con frecuencia por organizaciones.

En este caso los medios locales algunas veces los publican, otras veces prefieren dejarlos en el anonimato. O pasan como noticias que nadie lee, la gente lo toma como invenciones, por tener la cultura de la credulidad hacia las Fuerzas Armadas, que nunca han demostrado haber hecho algo digno para ganarse la confianza de la sociedad mexicana, cuando salieron de sus cuarteles, salieron a ejecutar, desaparecer, torturar, violar”, comenta a Revolución TRESPUNTOCERO la activista Martha Mariscal.
En tanto, Amnistía Internacional ha informado que, “las mujeres sometidas a ese tipo de violencia son en su mayoría jóvenes y proceden de entornos con bajos ingresos.
La discriminación múltiple e interseccional a la que se enfrentan a causa de su género, su edad y su situación socioeconómica incrementa su riesgo de ser sometidas a tortura u otros malos tratos”.
En el caso de Yuritxhi Renata Ortiz Cortéz, (documentado por Amnistía Internacional), cuando fue detenida por la Policía Federal en Ozumba de Alzatil, Estado de México, el 12 de junio de 2013, estaba embarazada de dos meses.
Permaneció́ recluida más de 12 horas bajo custodia de la Policía Federal antes de ser entregada al ministerio publico. Los policías le manosearon los pechos y la zona genital, y la golpearon en cuatro ocasiones en el abdomen.
Cuando la llevaron a la PGR, Renata dijo al agente del ministerio público que estaba embarazada, pero no le ofrecieron atención medica. El examen médico señaló simplemente heridas causadas por los golpes, pero no señaló que Renata estaba sangrando. Según el relato de Renata, el médico no le hizo ninguna pregunta mientras la examinaba y el primer examen ginecológico que le realizaron tuvo lugar más de seis meses después de su arresto.
La organización internacional, agrega que la respuesta de las autoridades a estas violaciones de derechos humanos ha sido sumamente desalentadora. “La tortura y otros malos tratos continúan, y sus autores gozan de una impunidad casi absoluta, pese a que el gobierno mexicano ha establecido varios mecanismos e instituciones para abordar el problema. De los miles de denuncias de tortura realizadas desde 1991, sólo 15 han concluido en sentencias condenatorias a nivel federal”.

Mariscal comenta que, a la madre de Eugenia solamente la vieron entrar, vieron a su hija y cuando ella intentó expresar a qué había llegado, “de inmediato implementaron mecanismos pobres como la confusión, ‘aquí no atendemos esto, debió verlo en su ciudad’, las procuradurías son el brazo ejecutor del gobierno, cómo podrían ejercer castigo sobre quienes reciben órdenes de un Estado que se dirige bajo el cometido de la intimidación, hostigamiento y violencia”.


