Nizcub Vásquez Cerero/ @nizcub3_0
(03 de diciembre, 2013).- María es maestra, trabaja en un albergue escolar en el municipio de Santiago Tilantongo, perteneciente al distrito de Nochixtlán, región mixteca del estado de Oaxaca.
En el albergue reciben a alumnos de primaria y secundaria de diversas comunidades mixtecas aledañas. Los estudiantes de éstas deben caminar cada semana hasta 2 horas para llegar a Tilantongo y permanecer ahí durante los días de clases.
María, al igual que sus alumnos, cada semana debe viajar junto al 20 por ciento de su sector hacia la Ciudad de México para instalarse en el Monumento a la Revolución en búsqueda de mejores condiciones de enseñanza.
Natalia es profesora de segundo grado en la telesecundaria de Santiago Tepitongo, localidad situada en el municipio de Totontepec Villa de Morelos, en la sierra Mixe del mismo estado.
Ella debe viajar cuatro horas desde la ciudad de Oaxaca para todos los lunes recibir a ocho alumnos que muchas veces llegan a clases sin desayunar o, en su defecto, sólo hacen algunas comidas a base de frijoles. La telesecundaria tiene en total a 24 alumnos, por ello corre el riesgo de ser cerrada debido a la “baja” demanda.
Natalia está en la capital, no para luchar contra la evaluación educativa, sino para que ésta se realice de manera justa. “No es el mismo contexto el de un maestro en el norte del país que uno en el sureste mexicano”, asegura.
Ambas maestras coinciden en que su proceso de lucha ha sido difícil. Abandonar a sus familias y a sus comunidades para trasladarse a la Ciudad de México es una de las barreras a las que se tienen que enfrentar a cambio de pelear por el derecho a la educación de todos los niños y jóvenes oaxaqueños.


