Por: Elvira Arellano
(11 de julio, 2013).- ¿Cuál ha sido nuestro delito, el delito de los indocumentados? Seguimos a otros amigos y familiares hasta la frontera y luego, no cargando prácticamente nada con nosotros, y siguiendo las instrucciones que otras personas nos han proporcionado, cruzamos. Cruzamos para buscar trabajo, para reunificarnos con nuestras familias o con alguien que amamos, a veces con nuestros propios hijos. Lo hacemos porque la economía de nuestro país no es adecuado. No es adecuado para apoyarnos por razón de la corrupción y mal manejo, y porque ha sido atropellado por proyectos como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que logró eliminar el trabajo de cinco millones de agricultores, en algunos casos obligando que abandonen el campo completamente, o por políticas como “la reestructuración de la deuda”, bajo las órdenes de banqueros estadounidenses, que ha destruido a tantos negocios.
En los Estados Unidos, luchamos para hallar empleos proporcionados por los que nos desean ocupar y a quienes no les importa si tenemos papeles o no, siempre y cuando estamos dispuestos a trabajar duro a cambio de salarios miserables. Con mucho cuidado vamos construyendo nuestras vidas. Ahorramos lo suficiente para comprar casas y autos. Apoyamos a nuestros hijos y les guiamos en su educación y en la formación de su carácter. Compartimos nuestra alegría con otros, inclusive con los que no tienen la palabra “ilegal” escrito en algún papel en alguna parte. Nos parece que no existe ninguna diferencia entre ellos y nosotros, todos somos seres humanos.
Pero todos los días, en una forma arbitraria, seleccionan a 1,400 de nosotros, nos detienen, nos esposan y nos meten en lugares encerrados con rejas y alambre de púas. Por medio de amenazas y mentiras nos persuaden firmar papeles que significan que tenemos que dejar atrás a todo lo que hemos logrado a duras penas y a todos los seres humanos, como si fuera el caso que todo aquello ya no tiene nada que ver con nosotros. Pasamos tiempos muy duros y a veces nos abusan, y nos despojan de lo poco que llevamos en nuestras bolsillas. A veces estamos enfermas o embarazadas y no hay médicos para atendernos, a veces ni siquiera la medicina. Luego nos meten en autobuses o trenes o aviones y nos llevan al otro lado de la frontera que podemos haber cruzado hace 5, 10 o hasta 20 años atrás, cargando con nosotros nada de lo que hemos ganado o amado. Todos aquellos años son como una basura que se bota simplemente.
Así es nuestra realidad. No nos asesinan en masa, como sucedió a los judíos en los tiempos de Hitler. La mayoría logramos sobrevivir. Podemos agarrar el teléfono y platicar con los que hemos dejado atrás, pero no los podemos ver o tocar. Hay un aspecto positivo: Vemos amigos y familiares que no hemos visto en años. Nos dan una bienvenida calurosa y nos ayudan a reconstruir nuestras vidas.
Las condiciones que nos obligaron a tomar el sendero peligroso hacia el norte existen todavía. Nos vemos en la calle. Pensamos que reconocemos alguna cara que hemos visto en Chicago o Los Ángeles, de una vida que nos quitaron en una forma tan repentina. Quedan muchas memorias. Hay también personas que ya no podemos tocar, inclusive a veces nuestros esposos y esposas, hijos e hijas.
Así es nuestro delito, y nuestro castigo. Para algunos es mucho peor: A veces la muerte o cadenas largas en la cárcel. Pero es la realidad de los 1,400 que se deportan todos los días. Hay la perdida de cosas y personas, y la memoria de haber sido tratado como seres infrahumanos, que no se puede olvidar.
¿Cuál es el delito de los que tienen la responsabilidad para esta situación; que nos contrataron y sacaron mucho lucro de nuestro trabajo mal pagado, que beneficiaron de los impuestos que hemos pagado, de las cosechas que producimos, cocinamos y servimos, de los negocios que creamos, de las casas que compramos, de las personas con las cuales compartimos una broma, una comida, un beso?
¿Cuál es el delito de los que se levantan y gritan palabras de odio, o que hablan o votan en el Congreso como cosa normal que a todos nosotros hay que deportarnos, 1,400 cada día y dos millones desde Obama se hizo presidente e incumplió sus promesas? ¿Qué impacto tiene con los agentes de inmigración cuando nos buscan, nos esposan, nos llevan como manadas de ganado y apuntan nuestros nombres y apellidos y números en sus archivos? ¿Qué sentido de poder les da a todos ellos? ¿Qué crueldad, que racismo disfrazado como una actitud de superioridad moral les da?
¿Qué clase de sociedad puede resultar de esta realidad? ¿Cómo es posible que enseñan a sus hijo servir, respetar y conocer a Dios cuando a la vez les enseñan que esta realidad es la manera correcta de hacer las cosas?
El presidente Obama tiene la autoridad de poner fin a esto, una autoridad que le dieron en una forma democrática. La mayoría de los senadores han acordado que se debe dejar de deportar la gente. También es el caso que el presidente podría expandir el aplazamiento que ha otorgado, antes de las elecciones, a los “soñadores” a las madres y los padres de ellos, y a las madres y padres y cónyuges de los 5 millones de niños ciudadanos de los Estados Unidos que tienen padres y madres indocumentados.
La Cámara de Representados ha intentado quitar el poder de hacer estos aplazamientos del presidente, pero fracasaron. Todo el mundo sabe que el presidente tiene la autoridad.
Si él se intenta ocultarse detrás de la ley que el mismo ha dicho, públicamente, es injusta, entonces no es diferente de los racistas que utilizan la ley para justificar su racismo y su crueldad. Esta es la realidad.


