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Las facturas de la guerra infinita (2)

Irán: la guerra que ya nadie quiere pagar

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Desde Vietnam, Estados Unidos no se enfrentaba a una guerra con tan poco margen político como la agresión a Irán en comparsa con Israel. Pero el trauma ya no es uno solo: es Irak, es la retirada de Kabul, son 25 años de conflictos que no se ganan, solo se abandonan. Y lo que ha cambiado es la naturaleza del desgaste. Ya no es el costo en sangre de medio millón de soldados, como en Vietnam. Es la fatiga crónica de una sociedad que paga guerras con inflación, con gasolina cara, con facturas que no terminan. Una sociedad que ya no cree que el siguiente conflicto vaya a resolverse mejor que el anterior deja al descubierto una verdad incómoda: Washington todavía puede iniciar guerras, pero cada vez le cuesta más convertirlas en legitimidad.[1]

Daniel Immerwahr lo dice con precisión en su texto para The New Yorker: una política exterior liberada de las viejas pretensiones imperiales no necesariamente produce contención; también puede producir violencia de golpe y retirada, sin proyecto de orden durable. El punto decisivo no es solo que el imperio muta, sino que muta hacia una forma más errática, menos costosa en apariencia y más peligrosa en la práctica. Trump no hereda la vieja disciplina imperial: la reduce a impulsos, castigos y operaciones sin horizonte. Y ese viraje tiene un costo que raramente se contabiliza: la arquitectura de alianzas que hizo posibles las guerras anteriores se fractura precisamente cuando más se necesitaría.[2]

La soledad imperial no es una metáfora: es una nueva variable estratégica. El orden que la Casa Blanca administraba funcionaba porque casi todos calculaban que era menos costoso que cualquier alternativa. Hoy los europeos se rearman, India, Japón y Corea del Sur recalibran sus alianzas, los países del Golfo Pérsico abren líneas paralelas con Beijing, y América Latina —fracturada entre quienes apuestan al Sur Global y quienes todavía miran al norte— descubre que la neutralidad también tiene precio. Nadie ha roto con Washington. Pero tampoco nadie apuesta todo a él.

La última vez que la arquitectura financiera global se reconfiguró fue en agosto de 1971, cuando Nixon cerró la ventanilla del oro no por convicción, sino porque ya no podía sostenerla. Su fuerza histórica residió en el petrodólar, por la capacidad de ligar energía, moneda, deuda y poder militar dentro del mismo circuito. Pero ese mecanismo ha empezado a resquebrajarse: los BRICS ensayan rutas en yuanes para el petróleo, y la hegemonía, ante esa grieta, se desplaza del control financiero al control tecnológico. Ya no es solo quién imprime dólares, sino quién diseña los semiconductores y gobierna las redes de  última generación. Hoy esta lógica de control sigue viva, pero ya no es tan efectiva como antes.

Irán expone precisamente ese límite. El estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los nodos más sensibles del planeta: por ahí transitó en 2025 un promedio de 20 millones de barriles diarios, alrededor de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo. Cualquier interrupción allí no es una crisis regional, sino una fractura a los flujos mercantiles. Y cuando se rompe la circulación, no solo sube el precio del barril y la inflación, sino que eleva el costo político de gobernar al cuestionar la legitimidad del poder ante las presiones presupuestales y electorales que genera.

En ese punto reaparece el conflicto de legitimidad doméstica. Durante décadas, Estados Unidos pudo sostener guerras lejanas porque combinaba hegemonía externa con consentimiento interno. Ese equilibrio hoy está roto. Una guerra que encarece combustibles, tensiona cadenas de suministro, agrava la inflación y exige nuevos paquetes de gasto militar ya no se vende como cruzada cuando es el elector quien paga la factura. La cuestión no es si el Pentágono puede castigar. Puede. La pregunta es si todavía tiene legitimidad para pedir al ciudadano que cubra por el costo completo de cada castigo.

China aparece entonces no como un reverso moralmente limpio, sino como un rival de ingeniería. El modelo chino no descansa en portaaviones ni en ocupación territorial; descansa en infraestructura, conectividad y estándares. Una alternativa logística que reduce la eficacia de las sanciones financieras de Estados Unidos. La propia narrativa oficial de Pekín define la Franja y la Ruta como una plataforma de conectividad en política, infraestructura, comercio, finanzas y vínculos entre sociedades. En paralelo, China ha construido más de 3.8 millones de estaciones base 5G —más del 60 por ciento del total mundial— e impulsado redes, puertos, cables ópticos y corredores digitales como parte de su expansión internacional.

La subordinación es el campo de batalla entre dos lógicas imperiales. La estadounidense sigue apoyándose en la coerción financiera, sanciones, control de puntos críticos y proyección de fuerza. La china avanza por integración material, estandarización tecnológica y construcción de dependencias estructurales. Una organiza desde arriba; la otra articula a través de la interconexión. Ambas disputan el mismo terreno: quién ofrece la arquitectura más eficaz para sostener los flujos de intercambio global.

Irán importa más allá de Irán. No solo amenaza una ruta petrolera. Obliga a reconocer que el viejo orden del dólar, el petróleo y la superioridad militar sigue vigente, pero ya no gobierna sin fricción. Estados Unidos todavía puede infligir daño, todavía puede golpear con rapidez, todavía puede mover el mercado del miedo. Lo que ya no tiene garantizado es la capacidad de transformar esa capacidad de castigo en un orden sostenible, aceptable y políticamente factible.

Esa misma dinámica vuelve a China todavía más decisiva. No porque reemplace a los Estados Unidos, sino porque articula un orden multipolar como salida a su monopolio del desorden. Si el poder estadounidense se sostiene en mantener abiertas las rutas que puede cerrar —el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz; las principales arterias del tráfico marítimo internacional; y los puntos de estrangulamiento del comercio global—, China avanza construyendo las rutas que otros terminarán usando: puertos, ferrocarriles, cables submarinos y corredores logísticos integrados bajo iniciativas como la Franja y la Ruta. Entre ambos modelos, el mundo queda atrapado en una transición incompleta: un imperio cuyo orden siempre tuvo precio, pero cuya factura hoy se ha vuelto difícil de pagar. Frente a él, un modelo que construye interdependencia como base de su expansión.

El resultado es inestabilidad crónica, una acumulación de facturas energéticas, inflacionarias, políticas y tecnológicas que, a diferencia de las guerras del pasado, ya no está claro quién puede absorberlas sin desestabilizar el sistema que las genera. Porque si el siglo XX se organizó en torno a quién podía financiar la guerra, y el inicio del XXI en torno a quién podía sostenerla, lo que viene se está decidiendo en quién controla las infraestructuras que hacen posible el funcionamiento de la economía global. La siguiente factura ya no se pagará solo en petróleo o en dólares, sino en semiconductores, en poder de cómputo y en el control de redes, nube y estándares que estructuran la economía global.

Esta será la tercera parte.

[1] Gas Prices Are Americans’ Top Iran War Concern | Pew Research Center

[2] What’s Behind Trump’s New World Disorder? | The New Yorker

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