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Las fosas del silencio – Marcela Turati

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Marcela Turati habla sobre el periodismo bajo la guerra contra las drogas en México (Minuto 07:20)>

(09 de noviembre, 2014).- Estas imágenes son el retrato del día a día en México desde el 2006, cuando el presidente Felipe Calderón Hinojosa declaró la” Guerra contra las Drogas” los soldados y la policía armada llevaron esta lucha contra los cárteles a las calles. Los criminales respondieron con armamento militar y esto explotó en una guerra por el territorio. Guerra que hasta ahora continúa vigente.

Yo era una periodista normal, me dedicaba a cubrir pobreza y antes de darme cuenta, ya estaba reporteando sobre masácres y fosas clandestinas. La violencia ha cambiado mi vida así como las vidas de millones de mexicanos.

He entrevistado a personas que han sido torturadas por militares, a padres a los que sus hijos fueron ejecutados sumariamente. Fui contactada por familias que se vieron obligadas a ser desplazadas, horrorizadas, sin poder pronunciar lo que les había sucedido. Participé en grupos de sesión para niños huérfanos en donde nos compartían sus pesadillas. Una vez conocí a 30 mujeres, ellas traían fotos de sus hijos desaparecidos. Querían contar su historia. En ese momento pensé que no podría entrevistarlas, que sería muy doloroso pero lo hice. Escojí este camino durante estos años. La búsqueda de los desaparecidos.

De igual manera que me sucedió a mi, repentinamente los periodistas mexicanos nos convertimos en corresponsales de guerra en nuestra propio país. Cuando terminó el periódo de Calderón hicimos un conteo de 100,000 personas asesinadas, 27 mil desaparecidos, cientos de miles que han sido desplazados, y un número incontable de heridos, mutilados, huérfanos y/o viudos. Asombrosamente con el gobierno de Enrique Peña Nieto, esas cifras desaparecieron. La violencia se fue al suelo como en un truco de magia.

Entendimos que la razón principal de esta guerra no es por un cártel, es por territorio. Este combate es por control. Por el control de la población, control de la información.

Más de 80 periodistas han sido asesinados o desaparecidos en los últimos 8 años, ellos no murieron en la línea de fuego o porque pisaron una mina como probablemente hubiera sucedido en una guerra tradicional. En México, los periodistas han sido perseguidos en sus oficinas, en las calles en sus hogares frente a su familia.

Por miedo a perder su vida, docenas han abandonado sus hogares, buscan asilo en el extranjero o refugio en otros estados de México. Algunos de ellos eran periodistas de investigación, ahora venden hot-dogs,  se dedican a cortar el césped o a limpiar escuelas.

Los silenciadores han garantizado impunidad. Las amenazas, la tortura, las desparaciones y asesinatos de periodistas siempre van sin castigo alguno.

A pesar de esto el gobierno federal anuncia galantemente en foros internacionales que ha construido un mecanismo para protección de periodistas y ha modificado la ley para que cada ataque a informadores quede registrado como un crimen federal. Sin embargo, la ley sólo se hace válida en papel, en la vida práctica se ha demostrado que no funciona.

En el México de hoy en día hacer periodismo se asemeja a caminar en arenas movedizas. Es muy complicado saber donde se encuentra el verdadero peligro. En ciertas zonas, oficiales gubernamentales son parte del crimen organizado y cuando los entrevistas no sabes en realidad con quien estas hablando. La corrupción es la firma de esta tragedia.

Los reporteros mexicanos estamos atrapados entre varios fuegos: el impuesto por los narcotraficantes, quienes dictan las reglas de la cobertura periodística y castigan a quienes se nieguen a seguirlas, o la censura del gobierno quienes compran el silencio de los medios de comunicación para prevenir un verdadero periodismo de investigación, o la censura de los dueños de las corporaciones mediáticas quienes manipulan la información con tal de no perder los privilegios que la clase política les otorga convirtiéndose así en sus cómplices.

Donde la prensa esta sometida a los poderes fácticos las personas pierden su derecho a ser informados y aprenden a no confiar en los periodistas. La gente muere y nadie se entera. No existen reportes de los lugares donde pasajeros de autobuses son asesinados de manera fortuita o sobre los cientos de jóvenes que desaparecen en las carreteras o son forzados a reclutamiento en cárteles de droga. Todo esto sucede mientras la violencia desparece mágicamente de la agenda de los medios gracias a un cambio en la propaganda del gobierno. En su desesperación los ciudadanos están usando las redes sociales para contar sus historias, algunos de ellos pagaron con su vida por llevar a cabo esta tarea.

Cuando nosotros los reporteros, nos dimos cuenta que estamos solos y que el gobierno no nos protegerá, comenzamos a crear lazos, redes de solidaridad y entrenamiento, como el que co-fundé llamado Periodistas de a Pie. Empezamos organizando cursos para regresar seguros de las zonas de conflicto, aprendimos a encriptar información sensible y buscamos técnicas para estar emocionalmente sanos, mantener limpias nuestras almas de tanto horror.

Hubieron tiempos en los que nos convertirmos en un centro de crisis, recibíamos llamadas de nuestros colegas en pánico, rogando por ayuda porque alguno de sus reportajes había hecho enojar a alguien.

Una de las llamadas de emergencia que recibimos fue la de Gregorio Jiménez de la Cruz, un reportero del estado de Veracruz. Fue secuestrado en febrero, cinco hombres armados se lo llevaron de su casa enfrente de su familia. Ese mismo día valientes colegas tomaron las calles demandando al gobierno que lo buscara. Mucha gente protestó en solidaridad alrededor del país con la misma demanda, su cuerpo fue encontrado una semana después.

Gregorio era un reportero común, ganaba menos de dos dólares por nota, así que tenía varios trabajos al mismo tiempo ya que el dinero que ganaba no era suficiente para poder mantener a su familia. Él no tenía seguro médico ni derechos laborales, en la pequeña ciudad en la que vivía reporteaba sobre la escasez de servicios básicos, de los problemas en los bares y los secuestros, un tema que alguien trató de silenciar.

Algunos periodistas en respuesta a su asesinato, viajaron a Veracruz para investigar sobre su muerte. Durante tres días estuvimos encerrados en una habitación de hotel entrevistando a otros reporteros quienes se sentían inseguros u observados por los cárteles o políticos poderosos que demandaban su silencio. Preparamos un reportaje sobre la muerte de Gregorio para sacarlo de la fosa en donde los silenciadores pretendían mantenerlo enterrado.

Hicimos lo que los periodistas saben y deben hacer: realizamos una investigación. Esto es lo que queremos seguir haciendo: traer luz a los lugares donde el silencio prevalece, hacer la tarea de los silenciadores mucho más difícil. Lo que necesitamos es asegurar que cualquier que esta siendo amenazado pueda seguir haciendo su trabajo y no tenga que dejar el país.

Es peligroso. Actualmente es imposible esconder que en varias áreas de México quien esta a cargo es la narcopolítica.  El mes pasado vimos su cara más brutal, cuando la policía municipal atacó a estudiantes. Mataron a seis personas y uno de ellos fue encontrado desollado, detuvieron a otros cuarenta y tres. Desde entonces están desaparecidos. Sabemos que estos policías los entregaron a sicarios pertenecientes a un cártel local, existen versiones que aseguran que los estudiantes fueron quemados vivos y luego enterrados. Una vez más me encontré visitando fosas clandestinas buscando por restos, entrevisté padres enloquecidos por el dolor en busca por sus hijos.

En una de las últimas crisis se ha descubierto que el ejército mexicano masacró a 22 jóvenes. El reporte oficial fue que estas personas habían sido asesiandas en combate cuando en realidad fueron ejecutadas. En una investoigación periodística se denunció el crimen. Investigaciones como esta cambian el curso de la historia, las violaciones a derechos humanos que ocurren en mi país.

Esto es lo que necesitamos: Grupos independientes de investigación que lleven luz a las zonas de obscuridad. Equipos que investiguen los crímenes cometidos en contra de la gente. Más colegas que griten los nombres de los asesinos e insistir hasta que la impunidad se termine. Poder investigar sin miedo de terminar en una zanja. No sólo se trata de defender la libertad de experesión sino de defender el derecho de los ciudadanos a estar informados.

Esta es nuestra lucha contra el silencio. Esta es nuestra lucha por la vida.

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