Revista Hashtag / Ricardo Bernal
(24 de noviembre, 2014).- Las demandas que en los últimos días han movilizado a grandes sectores de la sociedad civil expresan con claridad el hartazgo de la ciudadanía ante una situación insostenible en cualquier nación con aspiraciones democráticas. La consignas que se dejan oír en las calles del país no son, como consideran algunos personajes desde las impolutas alturas de un teoricísmo ingenuo, frases vacías e irreflexivas de una masa enajenada, tampoco son expresiones utópicas de deseos irrealizables o andanadas de verborrea populista; por el contrario, son eficaces instrumentos de comunicación y aglutinación política, son, también, consistentes significantes que permiten unir a amplios sectores al reconocerse en un descontento común.
La exigencia de Paz, la petición por restituir el Estado de Derecho, así como la alusión a la responsabilidad del Estado, han permitido que esferas cada vez más heterogéneas y no precisamente afines ideológicamente, se articulen en una movilización que tiene al menos dos mensajes claros: 1. La situación de inseguridad es tanto más insoportable, cuanto ha sido solapada y alentada por instituciones anegadas por la impunidad y la corrupción, y, 2. Los hechos ocurridos en Ayotzinapa no se reducen al abuso de poder de un funcionario público, sino que nos lanzan a la cara la crisis sistémica de un Estado en el que se cuentan casi 100 mil muertos y 30 mil desaparecidos en menos de una década.
La fuerza discursiva de la frase #FueElEstado no sólo proviene de su cada vez más incuestionable evidencia, sino también de su capacidad para deshabilitar los dispositivos narrativos echados a andar tanto por el gobierno panista de Felipe Calderón como por el actual gobierno priista. Nadie olvida que la política de comunicación calderonista pretendía minimizar la tragedia vivida durante su sexenio repitiendo una y otra vez lo mismo: la sangre que se acumula a diario en el país no proviene de los mexicanos sino de un montón de criminales apátridas dispuestos a morir en una guerra salvaje e irracional.
Por su parte, la llegada al poder de Enrique Peña Nieto trajo consigo otro modelo comunicativo. En él, la responsabilidad del Estado ya no era desplazada mediante la alusión a un conflicto bélico entre narcotraficantes, sino a través de la invisibilización y la reformulación de una agenda informativa seguida a pie juntillas por los principales medios de comunicación.
Sin embargo, detrás del paraíso que el gobierno en turno vendía a los grandes inversionistas había un país que seguía llenándose de sangre. Día a día, la colusión entre el gobierno y el crimen organizado, así como la trama de corrupción, impunidad y debilidad institucional que atraviesa todo nuestro sistema político, ayudaban a aumentar las fosas que hoy nos explotan en el rostro.
Esa realidad oculta e inombrada es la que aparece hoy en las consignas de miles de ciudadanos. Esa irrefutable verdad es la que se materializa en los carteles y en las marchas que hemos presenciado en las últimas semanas. #FueElEstado no es la compresión lexicográfica de nuestra ignorancia jurídica, es la muestra de un entendimiento de la vida política más fino y elaborado que el de muchos politólogos refugiados en sus textos. Y es que la disputa política también se da en el terreno simbólico y también ahí es preciso ganarla.


