spot_img

Latinoamérica coexiste bajo un mismo techo: el Mercado de Medellín (INFOGRAFÍA)

- Anuncio -

Por: Valentina Pérez Botero

Twitter: @vpbotero3_0

 

La diferencia la dan las banderas. Un mercado común en la Ciudad de México repleto de colores que simbolizan países latinoamericanos: franjas que llevan a Cuba, pasan por Colombia, Venezuela y se tuercen para delimitar el rombo de Brasil.

Las banderas albergan una intuición para el inmigrante. Algo propio –parecido, quizá– a lo que dejó en casa. A la experiencia se suma la familiaridad que da rozarse con los vecinos: venezolanos, ecuatorianos y brasileños; si se es colombiano, para relacionarse un poco, como lo hace el país, de manera territorial.

Los marchantes del mercado, casi todos mexicanos y dos cubanos, albergan el mayor directorio de variantes del español latinoamericano. Da igual si se le pide arepa paisa, arepa venezolana, si se dice el diminutivo terminando en cito/ico o en ito: todo lo entienden. Logran que converja la centro-sudamérica que le fue arrebatada en hermandad a México cuando se le catalogó como parte del Norte del continente.

El mercado de Medellín de la colonia Roma, en el centro de la ciudad de México, encontró en su nombre apócrifo su sino. Legalmente el mercado está registrado como Melchor Ocampo, liberal de la época de Juárez, pero una de las calles que lo limita, Medellín, revivió la herencia que esa localidad española dejó en América.

La Medellín de Argentina; Medellín de Veracruz, México y Medellín de Colombia, se encuentran todas reunidas en un mismo estante de productos que toman fuerza al ser reclamados por las distintas manos que los reconocen.

Entre carnicerías especializadas en cortes de estos países, locales de insumos alimenticios, una fonda y una heladería; de los 503 locales que componen el mercado, aproximadamente 100 se dedican a atender la creciente demanda de productos provenientes de la Patria Grande latinoamericana: el mercado de Medellín se ha convertido en lugar de referencia para cualquier latino en México.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, levantados en el año 2010, Colombia es el cuarto país con más inmigrantes en México; le siguen Argentina, Cuba, Honduras y Venezuela. El aumento de colombianos en los últimos años en el país se debe, en parte, a los acuerdos económicos entre los dos países.

Existe el Tratado de Libre Comercio, firmado inicialmente también con Venezuela, pero que sigue en pie para Colombia y México. El último gran tratado comercial se estableció como un bloque opositor al Mercosur: la Alianza del Pacífico.

Perú, Chile, Colombia y México componen lo que ya se considera como el noveno bloque más importante en el mundo. Los cuatro países reúnen el 35 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) total de Latinoamérica, y se inscribe en la intención de los cuatro miembros por diversificar socios comerciales y crear una alianza de negociación con los países asiáticos.

Medellín, la historia de una familia

Su árbol genealógico está en el mercado “Yo soy un hijo de aquí”, dice Rafael Hernández mientras señala su puesto de verduras. Su bisabuela también vendía, le siguieron su abuela, su madre, sus hermanos y ahora sus hijos y los hijos de sus hijos. Tiene 74 años.

“Este mercado tiene más de 100 años”, dice Rafael, y calcula mentalmente en generaciones, no en años, el tiempo que ha existido Medellín. Fue un mercado judío y él ayudaba, de niño, a cargar las canastas –grandes y profundas–, limpiaba la fuentes, acarreaba el agua y entre pasillos y correrías encontró a su esposa refundida entre la misma cotidianidad que lo crió.

“No me quería. Nos caíamos mal, su papá me amenazaba ‘si te agarro, muchacho, ya verás'”, pero él terminó por agarrar a ella y al moñito blanco que llevaba en la cabeza, con sus pantalones parchados. Se ríe: “¡Quién lo iba a imaginar!, mírela, todavía está guapa”.

De judíos el mercado pasó a ser de cubanos. El cambio es borroso. Sólo recuerda que llegaban a preguntar, desde inicios de los sesenta, por cosas que no tenían. La demanda creó la oferta y a lo cubano se sumaron el resto de productos latinoamericanos y el mercado como hoy se ve: lleno de banderas.

Alan es nieto de Rafael e hijo de Rafael. Su papás tienen un local de productos latinoamericanos en el mercado y él,  con sólo 22 años, ya es el primer barista de Juan Valdez, la marca de los caficultores colombianos en México, y tiene la primera franquicia del país.

Fueron más de cuatro años de trabajo. La Asociación Nacional de Cafeteros de Colombia no quería que fuera en un mercado. No entendía. Alan fue a Bogotá a estudiar el curso de barista. “Nos enseñan a amar el café desde que se gesta, a saber cómo se produce el grano que tengo aquí y por qué –bajo que condiciones, qué tierras, qué variedad–”.

Para referirse al otro, Alan ya habla de usted y no de tú como se acostumbra en México, tiene acento de colombiano, reconoce el vocabulario y aprendió a amar el café a través de las importaciones de su papá, del “tintico” que le ofrecían a sus clientes y ahora, ya de manera profesional, al lado de Juan Valdez  “Todo se hace igual que allá, con las mismas cantidades y hasta con la misma leche”. Él es la quinta generación.

La diferencia

El carnicero lo explica: “aquí vienen puras colombianas, brasileñas, venezolanas; los hombres se van para allá” dice mientras señala la esquina de su compañero. Lleva más de 10 años vendiéndole carne a las muchachas que lo prefieren a él, dice, frente a los otros y ha comprendido que la diferencia entre sobrebarriga, suadero, punta de anca y picaña; es lo que se ve: el nombre.

Las variaciones en cómo se lo piden “¡Un kilo de muchacho!”, “Una libra de bistec” no cambia nada. Que una argentina le pida dos kilos de churrasco, da lo mismo.

Toda Latinoamérica se encuentra bajo un mismo techo.

 

 

Infografía mercado de Medellín

- Anuncio -spot_img

MÁS RECIENTE

NO DEJES DE LEER