Por Roberto Mendoza / @Tejedordesuenos
“Un postor anónimo desembolsó doscientos mil pesos por un escrito original del conquistador Hernán Cortés”
(12 de febrero, 2014).- Para donde uno mire los puede ver. Nadie sabe con exactitud cuántos son ni cuál es su historia, pero todos esperan volver a causar suspiros, lágrimas, enojos, dichas y momentos inolvidables. Acomodados perfectamente en los estantes de madera que los contienen, parecen mariposas monarca descansando sobre troncos de árboles tras un pesado y largo viaje.
Contrastan en tamaños, en las texturas de sus lomos y tapas, pero no en el color de sus hojas que el tiempo ha terminado por volver amarillentas; ni en el olor que les caracteriza y que puede percibirse a metros de distancia.
Si se alza la cara, un letrero azul con letras blancas nos hace saber que caminamos por la calle de Donceles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, lugar que desde hace más de 30 años se ha convertido en un referente obligado para quien busca ejemplares raros, descontinuados o simplemente a un precio mucho más accesible que en los centros comerciales.
Conocidos como “libros de viejo” o “libros usados”, estos materiales son una opción cultural idónea para quien comienza a adentrarse en el mundo de la lectura debido a la gran variedad de temáticas concentradas en los locales (religión, política, historia, arte, literatura, etc.).
Sin embargo en el último lustro su venta se ha visto amenazada por las nuevas tecnologías, en especial por el libro electrónico, que conforme pasa el tiempo y las políticas para su adquisición, lo han vuelto más rentable, hecho que ya preocupa no sólo a los comerciantes de Donceles, sino a grandes grupos editoriales.
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Rosario Hernández lleva más de 35 años en el oficio de librera. Acomodar, limpiar y vender son algunas de sus actividades dentro del local donde labora. Si uno entra a su espacio de trabajo sólo se asoman libros: repisas y repisas llenas de estos tesoros, aunque sólo es el principio de un mundo indescifrado, puesto que el segundo piso, las bodegas, y el balcón se ven atestados de montones conformados por revistas y textos sin clasificar todavía.
El gusto por ellos se lo debe a su marido, Juan Manuel López, descendiente de una de las familias de libreros más importantes en la capital: los López Casillas, quienes desde los años treinta percibieron buenas posibilidades de negocio en este rubro.
Juan Manuel y todos sus hermanos se dedican a los libros de viejo por tradición familiar. De niños vivieron en el Tepito de la compra-venta de artículos usados. Ahí su mamá conoció a un señor aficionado a la recolección de ejemplares que venían entre todos los artículos de segunda mano; juntó el mayor número que pudo durante años hasta que una complicación económica le llevó a desprenderse de ellos.
Había nacido una gran idea. La respuesta para adquirir esos materiales fue inmediata y floreció rápidamente el negocio que pasó de estar en el piso, sobre una lona, a un establecimiento que llevó por nombre “Otelo”, en la Avenida Hidalgo.
Una serie de coincidencias acercaron a los López Casillas definitivamente a los libros. Otelo (así conocían al señor, cuyo inicio fue como el del Señor tlacuache de Cri-Cri, según cuenta Rosario) fue amigo de la familia de Juan Manuel, en especial de sus padres. Tras una desgracia personal cayó preso y los López le ayudaron con el local, para después despuntar, por su parte, la tradición que tocó lugares como la Lagunilla, la Roma y Donceles.
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Es difícil no encontrar algún material bibliográfico luego de buscar en las quince librerías que forman el complejo de Donceles. Entre sus más de 150 mil libros aproximados por dependencia, los que no se encuentran es porque son muy recientes, son piezas de colección o porque su demanda es alta incluso para las librerías tradicionales.
Los precios varían según la disponibilidad, oferta y demanda. El promedio aproximado del ahorro comparado con un texto recién desempacado es del 30 por ciento, sin embargo, en algunos establecimientos se aplican descuentos especiales a estudiantes y profesores.
Pero hay unos libros más valiosos y viejos que otros y por lo general suelen encontrarse en clasificaciones especiales, guardados en vitrinas, visibles sólo para quienes están dispuestos a pagar una cifra considerada por llevarlo a casa.
Un ejemplo de ellos, es el que vendió Rosario a un postor anónimo, que desembolsó doscientos mil pesos por un escrito original (mismo que nunca supo cómo llegó a sus manos) del conquistador Hernán Cortés.
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Jesús Rivas, librero de profesión desde hace diez años, ha visto andar a todo tipo de personas en los pasillos de su sitio de trabajo: desde sus clientes fijos, hasta los alumnos que sólo se aparecen en principio de ciclo escolar.
Menciona que las ventas han bajado en los últimos tres, cinco años. Se lo adjudica a varios fenómenos: la piratería, el alto costo de los libros originales, a las condiciones económicas del país, pero principalmente a los libros electrónicos.
Fermín López, hermano de Juan Manuel, es más severo en las percepciones económicas. Menciona que las ventas han bajado cerca de un cincuenta por ciento en los últimos años y, aunque cree que el negocio no se extinguirá, teme que las deudas y los nuevos impuestos terminen por obligarlo a cerrar la cortina de acero de su local.
Rosario, por su parte, se confiesa lectora de los libros electrónicos, principalmente por la portabilidad que ofrecen. No obstante, aclara, que prefiere los libros de papel como Fermín y Jesús por la misma razón: son duraderos y evocan a una nostalgia que no sólo a ellos contagia, sino a muchos de sus visitantes.
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En unos días los ojos de los ciudadanos se posarán en uno de los eventos culturales más importantes de la capital mexicana, la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, se olvidarán de las hojas amarillas y cafés para cambiarlas por páginas blancas, vírgenes y con un olor a juventud que sólo las editoriales nacionales e internacionales pueden ofrecer.
Las historias clásicas serán compradas como nuevas, con portadas recientes y tipografías más agradables, mientras que los libros narrados en dos columnas empezarán a estorbar en los grandes anaqueles y estantes, hasta quedar en las mesas conocidas como “botaderos”, pidiendo una última oportunidad para ir a una casa, para ser abrazados y leídos por la módica cantidad de diez pesos, cuota que los salvaría de ser vendidos como “kilo de papel”.
Los tres vendedores expresan sus dudas ante este tipo de exposiciones, pues saben que bajará considerablemente la afluencia de usuarios ante el fervor de ver a los escritores, de poder platicar con ellos o recibir en sus adquisiciones unas palabras de aliento acompañados de una firma o un rayón improvisado.
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Los comercios bibliográficos de esta calle cierran en punto de las ocho de la noche y abren casi todos los días esperando que la gente pierda el miedo a la lectura, al conocimiento enclaustrado en las débiles hojas de papel.
Como anécdotas quedarán las visitas de personajes como Carlos Monsiváis o Guillermo Tovar y de Teresa -quienes se enriquecieron intelectualmente en Donceles; o la entrevista que un canal de televisión le hizo a Pilar de Río, esposa de José Saramago, en una de estas librerías- si no se fomenta el uso y comercio de estos materiales que en la mayoría de casos sólo fueron leídos una o dos veces antes de que las viudas de bibliófilos decidieran vender sus fortunas literarias.


